Los pies de Brie subían y subían escaleras, su interior se sentía cansado y su espíritu vencido, pero siguió subiendo cada vez más rápido mientras el olor del ramo de flores que tenía en una de sus manos, penetraba lentamente en sus orificios nasales. Al llegar a su destino, recorrió un par de pasillos, observando las pequeñas placas grabadas con números sobre cada una de las puertas cerradas de aquel lúgubre hospital. La habitación número doscientos treinta estaba frente a sus ojos, depositó sus finos dedos sobre el picaporte, girándolo como si fuera un objeto delicado que podría romperse. Los rayos del sol alumbraban su tez blanquecina, Paul la observó desde el momento en el que la vio entrar, su hermano mayor le estaba haciendo compañía sentado en un negro sillón, el cual se salió con la excusa de ir a por algo de comer con el único propósito de dejarlos a solas. Los labios carnosos y pequeños de Brie formaron una sonrisa cuando sus ojos verdes vieron la figura de Paul sana y salva.
—¿Qué haces aquí? Deberías estar entrenando para tu próxima competición —dijo él, intentando incorporarse sobre la cama—.
—¿Cómo lo sabes?.
—Me enteré de que eras la campeona de Atlanta, así que tomé cierta libertad para saber un poco más de ti.
—No me puedo concentrar.
—Tu futuro no es aquí. Y lo sabes.
—Después de todo lo que ha pasado ya no creo que pueda ganar.
—Con mayor motivo debes hacerlo.
Se produjo un silencio, Brie avanzó y colocó las flores sobre un pequeño jarrón con agua que había encima de una de las mesitas que tenía en los laterales de la cama, sentándose por último, en el sillón negro.
Habían pasado dos días desde aquel tiroteo en la Universidad. La policía logró rodear a los asesinos así como lo hicieron con el edificio entero hasta que los apresaron a los cinco. El juicio todavía estaba pendiente, Brie debería ser una de los testigos claves, pero era menor de edad para todos esos trámites judiciales. Por el momento, los culpables permanecían en prisión hasta nueva orden. La Universidad también había cerrado sus puertas durante una semana, todos los pasillos estaban llenos de flores y dedicatorias en homenaje a las víctimas caídas que no pudieron hacer nada por sobrevivir, la puerta principal tenía colgado un enorme lazo negro de lana que entre todos los alumnos y profesores lograron construir al día siguiente de la catástrofe.
Lexie y Chandler tuvieron que llevar a Brie al psicólogo por las mañanas todos los días, su mente había quedado totalmente afectada, no lograba hacer las cosas con la misma soltura como las hacía antes, se encerraba en su cuarto sin querer ver a nadie, como tampoco quería coger el arco para entrenar. Por suerte, aquellos días de psicología, la estaban ayudando a recuperarse de la maldad humana, de la sangre derramada que había visto en sólo unas horas, del estridente sonido de un arma de fuego como lo era la escopeta. Para Brie, había sido todo un logro el haber podido ir al hospital para ver a Paul, y sí, verlo vivo le sentó bien, tanto, que estaba dispuesta a visitarlo cada día hasta que saliera de allí.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó ella—.
—Mejorando, pero todavía me duele. Dentro de tres días me dan el alta médica.
Ella se le quedó mirando, parecía a simple vista que no se alegraba de la noticia, pero en realidad le pasaba otra cosa, ya que su día de salida coincidía con una fecha especial.
—Vaya, sales el día de mi cumpleaños —añadió Brie—.
—¿En serio? ¿Y qué has pensado para celebrarlo?.
—¿Qué?.
—Porque lo vas a celebrar, ¿verdad?.
La rubia negó con la cabeza, estaba totalmente convencida de no hacerlo.
—No te encierres en tu cabeza, deberías salir y divertirte. Lo peor ya ha pasado y a ti te queda mucho que hacer —intentó convencerla—.
Brie apretó los labios con fuerza mirando hacia abajo y, después de tragar saliva, se levantó del sillón y depositó sobre la frente de su compañero, un cálido beso. Decidió que ya era hora de marchar a casa, y sin embargo las palabras de Paul no dejaban de rebotar en su cabeza. Brie se volteó hacia la puerta para salir, la voz de Paul detuvo sus intentos.
—Sabes que eres fuerte. No te dejes vencer por las malas circunstancias. Podrás salir de ellas. Yo confío en ti.
El corazón de Brie se conmovió de repente, notando un frío inmenso que se lo congeló con tan sólo unas palabras. Su vista miró atrás, siendo él el único punto de mira y, después salió de la habitación sin parar de pensar en él. Llegó a casa, sus padres estaban trabajando como cada día en uno de los hospitales de Atlanta. Tenían ambos un horario bastante amplio por lo visto y hasta las diez de la noche no solían regresar. Suerte que Brie sabía cuidarse sola y había aprendido a cocinar desde pequeña gracias a su madre. Su estómago no se sentía hambriento a las dos del medio día, pero por primera vez se sentía fuerte gracias a Paul, así que subió a su cuarto para coger el arco, las flechas y tirar a la diana que tenía siempre en el jardín trasero de la casa donde solía entrenar. Sacó a su bestia roja, mirándola de arriba a abajo mientras se mentalizaba de que podía hacerlo, de que podía lograrlo Cargó una flecha lentamente, apuntó con certeza a su objetivo y disparó veloz la flecha de vidrio que se clavó justo en otro punto distinto al que había apuntado. Negó con la cabeza, aún así lo intentó de nuevo y, de nuevo, volvió a equivocarse. Por cada disparo, una imagen cruel se le cruzaba en la memoria de ese tiroteo, cada compañero caído, la puñalada a Paul, el tacto frío de la escopeta sobre su cabeza. Cada flecha que lanzó se desvió de sus propósitos, era como si hubiera empezado de cero, como si fuera una novata tonta que acababa de tirar por primera vez con un arco. Lanzó su arma al suelo de impotencia, sentando su trasero en el césped húmedo del jardín, derramando lágrimas que, feroces caían de sus ojos. Todo el esfuerzo que había puesto por acertar aunque sólo hubiera sido una flecha, no había servido de nada, parecía que todo se olvidó de repente. Unos minutos después, recogió las cosas y las guardó dentro de un armario con la intención de nunca jamás volver a tocarlas. Volvió a rendirse, o más bien, el miedo hizo que Brie cayera rendida a sus pies como siempre lo lograba.
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INMUNIDAD.
Misteri / Thriller< El mundo ha sido cautivo por un virus letal que convierte a las personas en muertos vivientes y, un poderoso científico, es el causante de tal atrocidad, creyendo que nadie es capaz de detener su horrible plan de destruir la humanidad, pero no...
