El medio día arrancó con rapidez, Brie ya tenía su teléfono móvil cargado al tope, era una manía suya salir a todas partes con la batería al cien por ciento, también tenía el dinero listo por si luego a la salida del teatro, le apetecía tomar algo dulce como la golosa empedernida que era desde el día que nació. La mochila con los libros la dejó encima de la cama de Shelly con el cargador dentro, se la llevaría a la salida. Si algo odiaba, era a ir a sitios públicos cargada con mochilas en la espalda o bolsos en las manos. Las dos amigas salieron juntas de casa, por suerte, el recinto estaba a tan sólo diez minutos a pié y no tendrían que hacer cola para las entradas ya que las tenían guardadas en los bolsillos bajo cremallera. Justo en la entrada, junto a la enorme puerta antes de entrar, había un joven vendedor de pulseras preciosas, Brie no pudo controlar su instinto de verlas de reojo, entonces, el muchacho, detuvo a las chicas. Brie se paró sin duda y, como no, Shelly hizo lo mismo parándose a ver todas las pulseras. Quería llevarse una, pero eran todas tan bonitas que le costó decidirse hasta que el vendedor, le ofreció llevarse una con piedras verdes que podían compararse con las mismísimas esmeraldas que tenía por ojos. Brie sonrió ampliamente al ver aquella pulsera tan cerca, algo la impulsó a quedársela y sí, así tal cual lo hizo. Pagó lo que costaba nada más ponérsela sobre la muñeca derecha y marchó junto a Shelly al interior. El edificio por dentro era enorme, frente a ellas, tenían una gigantesca escalera blanca que se dividía en dos direcciones: derecha e izquierda. Al parecer, la planta de abajo estaba compuesta por salas llenas de exposiciones antiguas, como un museo. No tenían ni idea de adónde ir, pero siguieron a toda la gente que subía las escaleras y tomaba la dirección izquierda. Merodearon por unos pasillos hasta llegar a uno bastante largo, decorado el suelo con una alfombra roja, Brie se sintió por un momento actriz de Hollywood, aunque seguro que no sería la única en sentirse así. Llegaron al final del pasillo, ambas frente a un portal con dos puertas ya abiertas, encontrándose en un gigantesco y brutal escenario de teatro con su palco arriba en ambos extremos, un telón rojo tapando lo que sería la guinda del pastel y asientos forrados de terciopelo de color escarlata con tacto cómodo, apto para todo el público. Shelly y Brie sacaron sus entradas para buscar el número de fila y de asientos correspondientes, asegurándose de que ningún intruso se había colado en sus respectivos sitios. Por suerte, las personas de allí cumplían con la norma básica de sentarse donde les correspondía, era la parte positiva de los ciudadanos de Atlanta, aunque como en todos lados, siempre había algún irresponsable que se colaba. Una vez colocadas, Brie sacó del bolsillo de su chaqueta, el móvil para enviarle un mensaje a Paul para decirle que lo estaba extrañando allí, y él, en menos de cinco minutos, le respondió que contaba las horas para volverse a encontrar. Brie sonrió a través de la pantalla y la bloqueó al instante para guardar de nuevo el aparato en su bolsillo, la función estaba a punto de comenzar. Cinco minutos más tarde, el rojo telón se abrió, apareciendo dos chicas vestidas con un camisón blanco en una especie de ruinas griegas de la época de Alejandro Magno. La obra teatral era, al parecer, histórica, reflejando el papel de la mujer en Esparta y Atenas, dos ciudades griegas totalmente diferentes en cuanto a educación y costumbres. Estaba interesante, Brie no dejaba de prestar atención a cada escena, a cada guion, a las interpretaciones llevadas a cabo por cada actor, si algo le había encantado siempre, había sido la historia griega y romana. En cambio, Shelly bostezaba, estaba muerta de aburrimiento, deseando que terminara para poder volver a casa. La pelirroja se levantó de su asiento, necesitaba salir cinco minutos al baño para echarse un poco de agua sobre la nuca. Brie se ofreció a acompañarla, total, los aseos estaban cerca de la sala de teatro, si se daba prisa no se perdería ni dos minutos de función. Se levantaron del asiento y salieron de allí, la rubia no quería dejar sola a su amiga por si se encontraba mal, a pesar de sus gustos y vicios, estaba la lealtad a una compañera. Mientras Shelly se metió a un aseo, Brie esperaba fuera frente al espejo, arreglándose la coleta y recogiendo los pelos que se le salían con un par de horquillas. Sonó la cadena del agua, después la puerta del baño abrirse por la que salió la pelirroja un poco pálida.
—¿Te pasa algo?—preguntó Brie—.
—Un leve mareo. Se me pasará.
—Si quieres, nos vamos.
Shelly negó con la cabeza justo en el momento en elque comenzaron a escucharse avionetas, unas cien al menos. El sonido eraensordecedor, las chicas se taparon los oídos fuertemente con ambas palmas delas manos hasta notar una especie de temblor acompañado por el sonido de variasexplosiones, parecía una guerra. Se miraron asustadas sin entender qué sucedía,pronto empezarían a escuchar a los espectadores del teatro gritar y correrhacia fuera para salvar sus vidas como si algo terrorífico y muy gordoestuviera pasando. La pelirroja tomó el brazo de Brie, llevándola fuera de losbaños, corriendo a su lado entre la multitud de gente por los pasillos hastallegar a las escaleras, donde por las cuales, muchos cuerpos rodaban haciaabajo por un mal equilibrio o por un empujón a traición. Consiguieron bajar condificultad, un mal paso podría significar una muerte segura, ya fuera por ungolpe en la cabeza rodando escaleras abajo, o entre pisotones por toda la genteque ahora mismo quería protegerse. La puerta principal estaba abierta, pero nopintaba nada bien lo que se veía fuera; el vendedor de pulseras ya no estaba,al parecer se había largado antes de que cientos de avionetas sobrevolaran el cielode Atlanta tirando una especie de gas que impedía ver con claridad y obstruíalas vías respiratorias con extrema rapidez. Muchos coches se chocaban unoscontra otros, provocando caos en el asfalto, accidentes, gente herida y hastapuede que muerta en el acto debido a la gravedad de los impactos. Brie no pudoavanzar como los demás, que se perdían tras las nubes de gas, tenía una enormepresión en la cabeza, el dolor del cuello similar al que tuvo al despertarvolvió nuevamente, pero más que el dolor, era el miedo lo que no le dejabaescapar de allí. Shelly tiró de su brazo un par de veces entre una toshorrorosa, parecía que iba a echar los propios pulmones por la boca, pero Briese resistía a los intentos de su amiga, intentando convencerla de que lo mejorsería quedarse dentro, pero no obedeció, Shelly echó a correr cual cobarde sinver absolutamente nada, teniendo el mal pié de cruzar la calle en los peoresmomentos; su cuerpo corría entre dos coches, llegando uno por detrás del queella tenía a su derecha. Su torso se partió y, con él, la columna vertebral dela chica. Brie gritó su nombre con fuerza al ver la grotesca escena yretrocedió varios pasos, creyó que la mejor idea era no salir de allí, así queintentó subir escaleras arriba mientras todos los demás bajaban, siéndole elesfuerzo cada vez más pesado. No llegó a completar la misión, pues recibió unfuerte golpe en la cabeza de un hombre que pareció haberse vuelto loco a causadel pánico. Brie cerró los ojos, su cuerpo cayó rodando todo lo que habíasubido inútilmente, quedándose a unos metros de la puerta de salida peroinconsciente.
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INMUNIDAD.
Misterio / Suspenso< El mundo ha sido cautivo por un virus letal que convierte a las personas en muertos vivientes y, un poderoso científico, es el causante de tal atrocidad, creyendo que nadie es capaz de detener su horrible plan de destruir la humanidad, pero no...
