***
Domingo por la tarde, ya casi anocheciendo, una habitación con las persianas bajadas, una cama de matrimonio con las sábanas deshechas y dos cuerpos durmiendo en ella con la televisión encendida. Un hombre de unos treinta y seis años se despertó, viendo a su lado a la mujer con la que había pasado el fin de semana y que ahora le daba repulsión mirarla y acordarse de las mismas locuras de siempre, de aquella puta rutina que le asfixiaba con el paso del tiempo. Su pelo castaño claro estaba revuelto y despeinado, su torso estaba todavía sudado y las sábanas húmedas. Se levantó, totalmente desnudo para alcanzar su ropa interior y una camiseta de tirantes de un color verde pistacho pero más oscuro. Mientras se la ponía, sus ojos azules se fueron a la televisión, viendo la entrevista de una joven rubia que parecía ser la campeona número uno en tiro con arco. La verdad es que vio a una más, pero más guapa que el resto de mujeres que había visto. De pronto, la puerta de la habitación se abrió de golpe por la que entró otro hombre de cabellos rubios, rizados y alborotados, de unos años más mayor que el que estaba sentado sobre la cama. Comenzó a dar voces por toda la sala como si fuera un loco, despertando a la chica morena que había estado durmiendo casi todo el día. El muy bruto, retiró las sábanas del cuerpo de la muchacha, cogiéndola del brazo y tirándola de allí después de haber lanzado la ropa de esta por la puerta.
—Vete, coño —dijo el más mayor—.
La contraria miró a su acompañante para ver si la defendía, pero siguió mirando la entrevista de la televisión. Allí supo lo poco que valía como hombre y lo estúpida que había sido.
—Eres un cabronazo, Dexter. ¡Y en esta puta cama donde dormían ellos!.
—No jodas, sólo estoy siendo igual que tú, ¿no es eso lo que querías? ¡Pues aquí tienes el jodido resultado!.
Dexter y Mac, los dos hermanos que siempre se estaban peleando por ser uno más que el otro. Dexter seguía mirando la televisión, a Mac se le fue la vista ya que lo veía bastante entretenido. Señaló a la rubia y alzó los hombros soltando una carcajada.
—¿Te la pone dura o es que te jode que ella con dieciocho años haya logrado algo que tú ni siquiera has podido oler? —preguntó Mac—.
—Cállate, Mac —le pidió Dexter—.
—Mírate, de puta en puta sin sentir nada. Como un jodido vegetal.
Dexter se levantó de la cama, dirigiéndose hacia su hermano, tomándolo del cuello con fuerza, respondiendo a las provocaciones de todos los días.
—No me des consejos, tú eres peor. Si soy el monstruo que soy es porque tú me has ayudado.
—Exacto, estás en lo cierto. Así somos más fuertes. ¿Cómo iba a permitir que mi hermano pequeño sintiera amor por alguien? ¡Eso es de maricones y nenazas! Es mejor no sentir nada por nadie.
Dexter soltó a su hermano, retirándose de él para sentarse sobre la cama y seguir mirando a la campeona de Atlanta, pero ya se había esfumado cual nube de polvo. Se maldijo, la entrevista estaba interesante y era su deporte preferido desde niño, pero nunca antes tuvo la oportunidad de presentarse a clases o de hacer alguna competición por falta de dinero, ya que tanto su padre como su madre se lo gastaban en alcohol y otras drogas. Dexter había sido la excepción de la familia; educado, un alma libre y de espíritu cariñoso hasta la separación de sus padres, donde dejó lo bueno para convertirlo en algo detestable y odioso gracias a Mac, el que siempre había pasado desde su adolescencia hasta día de hoy, delinquiendo cual bandido, robando dinero, pasando y consumiendo droga. Aunque lo peor vino tras la muerte de su madre cuando Dexter cumplió los veinte y Mac los veinticuatro. A partir de entonces, Mac se encargó de pudrir y saquear todo lo bueno que aún quedaba en Dexter, hasta el extremo de hacerlo alguien de piedra, sin sentimientos hacia nadie, ni hacia su misma persona. Nunca había amado a ninguna mujer y tampoco se había dejado querer por ninguna. Sólo fingía un lado bueno que no tenía para llevárselas a la cama para un día, dos como mucho y nada más. Desde los veinte, siempre había estado solo, en compañía de Mac, el que llevaba el dinero a casa ganándolo de la forma más ruin y cobarde. Y era cierto, sin su hermano no era nadie, ni siquiera para buscar un buen trabajo en condiciones que por culpa de su carácter, era incapaz de aguantar ni una semana. Lo peor de todo aquello, fue pedir ayuda a su padre tras la muerte de su madre, una ayuda que a ambos les denegó, desentendiéndose por completo de sus hijos para no volver a saber nada de ellos nunca más. Esa misma noche, Dexter salió de casa para distraerse, ni siquiera se puso una chaqueta que cubriera sus brazos al descubierto, parecía inmune al frío, tanto como en otras muchas cosas. Se desplazó al centro, sentándose justo en frente del edificio donde Brie daba sus clases de tiro con arco desde pequeña. Muchas veces, Dexter se había ido a ese lugar, a imaginarse la vida que jamás pudo tener, imaginando la vida perfecta que hubiese tenido si tan sólo hubiera tenido una oportunidad de elegir hacer lo que más le gustaba, y él, habría elegido el mismo deporte que la nueva y tan famosa campeona. Pero, a pesar de todo, Dexter escondía un secreto que solamente sabía él, y era que tenía un arco guardado desde hacía años con flechas que había utilizado en varias ocasiones cuando Mac pasaba días sin ir a casa, practicando por su cuenta, siendo él, su único maestro. Era bastante bueno, lo único que le diferenciaba de Brie, era que ella se conocía en el mundo del deporte y él no, pero más o menos, eran casi similares en cuanto agilidad con la misma arma entre las manos, tal vez ella algo más profesional.
Dexter fumaba tranquilamente un cigarro frente a aquel edificio cuando de pronto, sus puertas se abrieron de par en par, viendo cómo una joven de dieciocho años, de pelo rubio platino y ojos verdes, salía de éste, bajando las escaleras despacio, bien arreglada y tan preciosa como siempre. Dexter la estuvo contemplando desde la lejanía, quería acercarse a ella para preguntarle por el mundo en el que él, por circunstancias de la vida, nunca pudo estar. Se levantó de la acera donde estaba sentado y comenzó a seguirla, pensando mientras tanto si tendría valor a detenerla y así charlar con ella, pero nunca logró hacerlo, ni con Brie ni con ninguna mujer. Dexter era extraño, detestaba los acercamientos con las personas y de vez en cuando, hacía esfuerzos inútiles en intentar socializar, pero odiaba a todo ser viviente que rondaba a su alrededor sin que ese odio lo llegara a transformar en la mala persona que llegaba a ser Mac. Brie notó algo raro, como si alguien la estuviera siguiendo. Se detuvo un par de veces, girando la vista atrás y viendo siempre al mismo hombre de espaldas con la camiseta de tirantes color verde pistacho intentando disimular, pero Brie ya se había dado cuenta y eso no le estaba gustando demasiado, por lo que no tardó mucho tiempo en acelerar su paso, perdiéndose entre la gente para despistar a Dexter. Cuando él vio que Brie se había dado cuenta y de que se puso nerviosa, éste se detuvo y se fue a casa, no quería tampoco que la chica se pusiera a gritar paranoias que no eran ciertas, pues él sólo estaba buscando una manera de salir de sí mismo, como siempre en vano, atrapado en lo detestable y odioso que resultaba ser el noventa y nueve por ciento.
ESTÁS LEYENDO
INMUNIDAD.
Misterio / Suspenso< El mundo ha sido cautivo por un virus letal que convierte a las personas en muertos vivientes y, un poderoso científico, es el causante de tal atrocidad, creyendo que nadie es capaz de detener su horrible plan de destruir la humanidad, pero no...
