Capítulo 72: <Disparos>

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Al caer la noche, las dos se fueron a dormir, a Brie le quedaba muy poco para partir a un destino desconocido y peligroso sobre todo. A pesar de todo, estaba tranquila porque confiaba en su valía, en sus habilidades y experiencia con el manejo de armas y artes marciales, así como también le había enseñado a escalar árboles y a observar desde las alturas y saltar de rama en rama para cambiar sus vistas. Tenía la certeza de que ya nunca más volvería a saber de Ellen, pero al menos, el hecho de irse y saber que seguía viva, la dejaba marcharse bien. Dos días después, Ellen y Brie estaban desayunando en la terraza de la parte principal de la casa, la castaña sacó un pequeño mapa dibujado por su propio puño y se lo entregó a Brie.

—Así sabrás dónde estás en cada momento mientras te mantengas dentro de este bosque. Yo también tengo el mío propio.

Brie lo desplegó sobre la mesa, observando cada punto.

—¿Ves la señal roja? —le preguntó Ellen—.

—Sí, ¿qué hay aquí?.

—Una ermita donde podrás refugiarte. Sigue este camino, lo encontrarás cortado por ramas y matorrales, pero deberás encontrar la entrada. Es la parte más segura. Yo misma me ocupé de que así fuera para cuando llegaras. La ermita está escondida.

—Me sorprendes. Ni siquiera yo habría sabido qué hacer. Lo tenías todo perfectamente controlado.

—Así soy yo.

Brie asintió satisfecha por aquel mapa y por la seguridad que Ellen le proporcionaba. Una vez más, se había encontrado con el bando aliado. Dobló el mapa y lo guardó en uno de los bolsillos traseros de su pantalón, levantándose de la silla para coger un par de hachas que equipó a la espalda, sus botes de ácido bien atados por la parte de los gemelos y su arco con la aljaba y flechas nuevas.

—¿Adónde vas ahora? —preguntó Ellen—.

—A cazar. Quiero traerte algo como agradecimiento por todo lo que has hecho por mí.

—¡Qué pelota eres!

Brie rió, dándole después una pequeña patada en el trasero antes de cruzar la alambrada.

—Volveré pronto, ¿vale? —dijo Brie—.

Ellen asintió y Brie cruzó los matorrales hasta que desapareció por completo, perdiéndose entre la maleza para poder cazar algo considerable con lo que Ellen pudiera aguantar durante meses a ser posible. Como bien ella le había enseñado, Brie escaló por la corteza de un árbol hasta ponerse de cuclillas sobre una de las ramas más fuertes en la cima, observando cada ángulo lentamente sin dejarse ni un sólo detalle. Aprovechó esa soledad para ponerse el antifaz sobre el rostro, ya se había acostumbrado a estar con él incluso para cazar, ya que al principio le resultaba bastante incómodo. Un par de crujidos llamaron su atención, sabía que había llegado la hora de empuñar el arco, una presa es posible que estuviera merodeando muy cerca de ella. Cargó una flecha, manteniendo el equilibrio de sus pies y, por ende, de todo su cuerpo, apuntando a un venado que hizo una radiante aparición detrás de unos arbustos. Una sonrisa ladeada se posó sobre la boca de Brie, llevaba mucho tiempo sin ver uno de esos por ahí, así que se aseguró de apuntar a la perfección antes de disparar la flecha. A escasos segundos de soltar la cuerda de su arco, un par de disparos asustaron al animal haciéndolo huir. Los ojos de Brie se fueron hacia la dirección del disparo, pudiendo susurrar un nombre antes de bajarse de aquel árbol.

—Ellen...

Estaba en apuros, sus piernas corrían dirección a surefugio, su boca estaba a punto de escupir el corazón, Ellen jamás habríautilizado un arma de fuego que hiciera ruido a menos que se tratara de algo muygordo.

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