La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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Jacksonville. Mansión Lagan, Florida. Abril 1917
—Ahhh...! ¡Uahhh...! ¡Malditos bastardos! ¡¡Quiero que me saquéis a este niño ya!! ¿Dónde está el tío William? ¡Quiero que venga...! ¡Quiero que venga inmediatamente! ¡Me lo prometió el maldito!— espetó Eliza Lagan cogiendo por el cuello almidonado a la robusta partera que a duras penas podía contener el ímpetu de la joven mientras su cuerpo se crispaba de dolor por las contracciones del parto.
El médico estoicamente palpaba el vientre abultado de la joven comprobando la posición de la criatura, suspiraba y miraba su reloj de bolsillo para comprobar el intervalo de tiempo en que se presentaban las contracciones. De este modo se aseguraba de que todo iba desarrollándose con normalidad.
Detestaba asistir a los partos de las señoritas de bien y sobre todo, detestaba a las madres primerizas como aquella que se retorcía entre maldiciones contra el padre de su hijo.
— Ehem...tranquilícese, señora. Todo está yendo bien, ¿dónde está su marido? Creo que le podría hacer bien hablar con él antes de que nazca el bebé.
—Mi marido no es asunto suyo, doctor. Usted ocúpese de sacarme a este maldito niño de mis entrañas, antes de que me destroce por dentro. Para eso le paga mi familia...—espetó la joven con el rostro enrojecido y lágrimas rodando por sus mejillas mientras se agarraba a las sábanas con fuerza.
—¡Ahhh...!—gritó Eliza mientras le sobrevenían nuevas contracciones cada vez más intensas y frecuentes.
El doctor levantó las sábanas y observó que había roto aguas. Había dilatado, pero no lo suficiente.
Su madre, que había decidido acompañarla en aquellos momentos, se acercó para a confortarla. Se compadecía de ella, no podía evitarlo. Aunque en su fuero interno pensaba que se lo tenía bien merecido por haberse entregado a un hombre sin estar casada.
Acarició sus cabellos castaños con cierta ternura. Eliza, mirándola con ojos llorosos por el dolor tomó un vaso de agua que le había traído una de las criadas, tenía la garganta seca de tanto gritar y cerró los ojos mientras apoyaba la sudorosa cabeza en la almohada de suave plumón. Algunas de las doncellas le mojaban la frente con un paño para refrescarla mientras Sara Lagan intentaba calmar a su hija, susurrándole palabras de aliento. Sabía que el jefe del clan se había ofrecido a tutelar al niño que estaba por nacer pero ella albergaba la esperanza de que ese niño fuera mucho más en el futuro. Para Sara representaba su salvación.
Puede que su nieto fuera bendecido por el privilegio de ser nombrado heredero de William Albert Ardlay por eso le insistió a su hija en darle un nombre.
—Si es un varón debes llamarlo William Raymond, querida, de esta forma podrás cumplir con la tradición de los Ardlay. Él va a ser la respuesta a nuestras plegarias—le susurró para consolarla.