La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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Benjamín se temía lo que le dijo el viejo Archer a continuación pero no estaba preparado para escucharlo a voz de pronto.
Y le sentó como un puñetazo en el estómago.
Su futuro suegro lo miraba colérico, con aquellos intimidantes ojos felinos; el viejo Archer apretaba con fuerza los puños de sus grandes manos. Hacía tiempo que había sobrepasado los sesenta años, pero conservaba un aspecto imponente.
—¿Por qué habría de acceder a concederte la mano de mi querida hija? Tu madre mató a mi biznieto...—tronó la voz de Thomas Archer.
Sus verdes ojos gatunos se le clavaron como cuchillos. No obstante, Ben lo conocía lo suficiente para saber parar su estoque con gracia.
Ariadna ya le había advertido que debía mantener las formas, pero le costaba trabajo no volver a caer en la trampa. Es decir, ceder y darle un buen puñetazo. Como al principio, como cuando osó a faltarle al respeto a su querida "Larice". Ese recuerdo y la manera en que se había referido a su medio hermana en aquella desgraciada ocasión hacía que Ben tuviera serias dificultades para dominar su temperamento y no ceder al impulso de volver a ponerlo en su sitio.
Pero debía mantener la calma, por Ari, por él mismo. No se iba a rebajar por muchas ganas que tuviera de agarrarlo de la pechera y zarandearlo como el desgraciado que era.
Ben tomó aire, adoptó una postura afable y volvió a centrarse en lo que le había llevado a aquella reunión.
—Olvida que también era mi sobrino, señor Archer. Todos lamentamos esa pérdida —dijo sin inmutarse, mientras intentaba olvidar el sentimiento de tristeza que aún albergaba por él.
Había compartido la pena con Ariadna y reconfortado a su sobrina lo mejor que había podido, pero la pérdida de un futuro miembro de la familia y en aquellas trágicas circunstancias no dejaba de ser algo dramático, penoso, difícil de sobrellevar sobre todo para su madre.
Thomas llevaba su leonado cabello atado en una coleta y esto le confería un aspecto aún más feroz del que ya tenía de por sí. Se había rasurado la barba y había dejado una elegante perilla que le favorecía.
No aparentaba la edad que tenía.
Robusto, casi majestuoso, aún conservaba la autoridad de los hombres de antaño y él lo sabía. Como siempre, llevaba puesta su kilt, su chaleco y su camisa blanca arremangada hasta los antebrazos. Esto le daba toque rudo y salvaje a su aspecto.
Tras observarlo con atención su interlocutor no quería que él se diera cuenta de lo mucho que le intimidaba. A Ben no le habría gustado conocerlo en su juventud.
Tenía la camisa entreabierta y una visible cicatriz le cruzaba el pecho. Se preguntó qué era lo que le habría pasado para ganársela.
—Muchacho, tú no tienes ni idea...—farfulló llevándose inconscientemente la mano a aquel lugar, como si aún le doliera y se diera cuenta de lo que estaba pensando.