Capítulo 61: Un jinete bajo la lluvia

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El príncipe Stephan Leonidovich Artamonov  se adelantó a caballo, mientras el resto de su familia iba en coches alquilados hasta Archer Hall donde Clarice y Scott los esperaban desde hacía días

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El príncipe Stephan Leonidovich Artamonov  se adelantó a caballo, mientras el resto de su familia iba en coches alquilados hasta Archer Hall donde Clarice y Scott los esperaban desde hacía días. No era que le disgustaran los vehículos de gasolina pero prefería la naturalidad  de sentir la montura  bajo sus muslos obedeciendo sus órdenes; adoraba sentir el aire sobre su rostro...le gustaba esa sensación de libertad que solo le daba el poder ir a galope por los caminos a lomos de un brioso semental. 

Era de las cosas que más  echaba de menos de su antiguo estilo de vida.

Esa visita de cortesía no era algo que él hubiera planeado, pero no podían negar a los Archer, ni al resto de la familia el conocer a su nieto Leonid. Además, tampoco tenía ninguna excusa razonable para visitar a Marnie en la mansión de los Cornwall, donde sabía que estaba de invitada junto con el joven francés y sus amigas: Patty, Annie, la tímida y bella Millie.
Por otra parte, tampoco le apetecía exponerse a la posibilidad de  encontrarse de nuevo con Candy. No olvidaba el triste y lamentable episodio de su encuentro en Almack's.

Sonrió con ironía.

Ella le había recolocado el hueso de la nariz que su maldito prometido le había roto de un puñetazo. Su orgullo había sido herido, pero un caballero sabía cuándo debía retirarse y desde que había regresado a Chicago, había sabido reconducir su vida.

Candy era un sueño lejano, apetecible...inalcanzable. Y solo eso, un sueño de juventud que se desvanecía entre los recuerdos de los amores apasionados e irracionales de su vida afectiva. Él como hombre sensible a la belleza, no había podido reprimir sus sentimientos y no se arrepentía de haberle expuesto a aquella fascinante criatura lo que sentía.

Pero su violín ya no lloraba por ella y se alegraba. 

Candice merecía a un hombre que estuviera a su altura y aquel tipo: William Albert Ardlay parecía estarlo. De modo que se alegraba de que estuvieran juntos. Él estaba feliz, si ella era feliz.

 Su madre , la princesa Ada, deseaba ver a Clarice  desde hacía tiempo y quería contarle todo lo que había estado haciendo en Londres desde la última vez que se habían visto. Allí había una próspera comunidad de exiliados rusos que habían logrado reconducir su vida con resultados óptimos e incluso con casos notables de éxito.

Sin embargo, Stephan sospechaba que su madre ocultaba otros motivos.

 Ada era una mujer muy bella y todavía despertaba admiración entre los hombres y murmullos de envidia entre las mujeres de su edad e incluso más jóvenes.

A su hijo no se le escapaba que   también había hombres que aspiraban a ganar  su corazón. Las tarjetas de visita no dejaban de llegar a su casa y ella los ignoraba porque  aún añoraba a su marido muerto en Petrogrado. 

Y aunque Stephan no tenía inconveniente en que su madre volviera a encontrar el amor, entendía que no quisiera encontrar un sustituto de su padre enseguida. Para ella, aún era demasiado pronto y no se sentía preparada para construir nada con nadie.

Esmeraldas bajo un cielo sin nubes [Libro 2 ] Tu destino: Mi suerte  [Libro 3]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora