La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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—¿Y por qué quieren verme? —Inquirió Marnie cada vez más intrigada.
La chica que la había venido a buscar hacía poco que había dejado atrás la adolescencia. Tenía modales bruscos, la expresión de su rostro le parecía demasiado severa para una joven de su edad. Pero Marnie no quería sacar una falsa impresión de la muchacha, sabía lo que las malas condiciones de vida hacía con las jóvenes y no quiso indagar más.
—No lo sé, señorita. Yo solo obedezco instrucciones.— Dijo la doncella incómoda por las preguntas de la invitada de los Cornwall.
La mansión Ardlay era impresionante tanto por dentro como por fuera. Por donde quiera que mirara había obras de arte colgadas de sus paredes adornadas en muchas ocasiones con tapices donde se podían ver representaciones de batallas bélicas. Incluso había visto alguna armadura expuesta con esmero sobre una peana de mármol de Carrara, pero Marnie no podía evitar sentirse nerviosa. Nada de lo que observaba a su alrededor, los jarrones de porcelana llenos de flores frescas, los enormes espejos enmarcados en caros marcos cubiertos de pan de oro... Nada lograba captar su atención, incluso los cuadros con escenas de caza le parecían insulsos, anticuados. Marnie no podía dominar sus sentimientos, estaba nerviosa.
—Está bien...supongo—Marnie se retorció las manos que empezaron a sudarle sin razón aparente. El corazón le latía desbocado, no conocía a nadie en aquella maldita isla ¿quién podía estar interesado en verla más allá de la señora Clarice a la que debía una vista?
—Señora Ardlay, le traigo a la señorita Marnie.
—Estupendo, gracias Lily.— Dijo la matriarca dirigiéndose a la doncella quien se marchó después de hacerle una breve reverencia.
Marnie se quedó a la entrada de la imponente sala de reuniones. Era más sobria que el resto de la casa. Presidiéndola había un gran cuadro que representaba con gran realismo a los miembros prominentes de la familia Ardlay.
Marnie observó a un atractivo hombre rubio con un elegante, cuidado y gran bigote, vestido con el traje de gala de su familia y el emblema de los Ardlay sujetando sobre el hombro derecho el tartán de su clan; sonriente a su lado, posaba una hermosísima mujer peinada con un elegante recogido en la nuca con una diadema de rosas engalanando sus dorados cabellos. Ella también llevaba un elegante, femenino traje de gala y relajada lucía el mismo tartán que su marido sujeto al hombro con un broche de perlas y un enorme rubí. Luego observó a una hermosa niña de unos doce años a quien la madre abrazaba desde atrás, vestida con el mismo tartán que sus padres, en versión más infantil y la niña sonreía. Era un retrato ideal de familia unida y feliz. Marnie pudo deducir por la dulce expresión de sus caras que no solo habían sido hermosos, sino también buenas personas.
Rosas blancas de fondo equilibraban la composición del cuadro que representaba al antiguo jefe del clan y a su familia.
Sin embargo, Marnie ignoraba todo eso. Solo podía sentir lo que le transmitían aquellas personas que ya no estaban en el mundo de los vivos.