La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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La joven Marnie Williamson empezaba a encontrarse realmente cómoda en compañía de aquellas personas. Eran elegantes, educadas, consideradas y le ofrecían una visión muy distinta a la vida que ella había vivido en el Hospicio de monjas donde solo había conocido lo que era la soledad, el dolor, el maltrato y la desolación de saberse sola en el mundo.
Ella había aprendido por sí misma a valerse de su voluntad, de su astucia, de su determinación para conseguir salir adelante y sobrevivir al ambiente de abuso al que también le habían sometido sus padres adoptivos en Boston. Aunque siempre tenía un pensamiento para sus hermanos adoptivos, Marnie conseguía serenarse, conseguía sentirse a salvo entre ellos, entre aquella familia acomodada.
Aunque fuera por unos breves instantes quería aprovechar al máximo aquellos momentos que atesoraría en el corazón como uno de los mejores recuerdos de su corta vida. ¿En verdad existía algo así? Era como vivir en el país de las maravillas.
No podía olvidar que los hermanos Cornwell le hubieran obsequiado con aquel hermoso vestido, sin conocerla de nada, como si ella fuera la protagonista de un cuento de hadas.
¿Por qué...? ¿qué querían de ella?
Se había dado cuenta de la mirada brillante y apasionada con que la obsequiaba en ocasiones el más joven de los dos. No había sido insensible a lo que suponía ser blanco de los celos de su tonta novia Annie Bennet-Brighton.
Pero Marnie, gran conocedora de la condición humana pese a su juventud, podía percibir que no había ninguna maldad en él. Todo lo contrario: era dulce, delicado y tenía un gusto por la moda bastante exquisito. Lo consideraba bastante atractivo, muy guapo, a decir verdad. Si no fuera porque su corazón estaba prendado de un par de enigmáticos ojos azules con extrañas vetas doradas, lo habría dejado entrar en su mundo. Habría sido más receptiva a los cumplidos que le hacía porque Archie era encantador y coqueto. Un imán para las muchachas, sin duda y sabía cómo hacerse querer. Desde luego que sí. Además conseguía hacerla reír en la mayoría de los intentos.
Estaba enamorada del vestido verde que ellos le habían regalado de forma desinteresada, del estilo de vida cómodo y relajado que tenía aquella gente e intentaba trabajosamente mantener sus sueños bajo control.
No quería aspirar a algo así, ni si quiera se atrevía a soñarlo porque temía que la dura realidad de su día a día le acabase por romper el corazón. En cuanto regresara a la botica, todo aquello se desvanecería para residir en sus recuerdos.
Pero ahora no estaba en Chicago, no tenía que trabajar.
Cada día que pasaba en Dunnottar Park le parecía más increíble que el anterior. Y a veces le resultaba imposible de creer que hubiera otro tipo de vida donde la preocupación por cosas tan vitales como la comida, pagar el alquiler o conseguir un trabajo no existieran. Se levantaba del lecho sintiéndose culpable por no tener que ir a trabajar y tampoco se creía que su único deber ahora fuera relajarse, descansar y disfrutar de la hospitalidad de aquella gente encantadora.