La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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Patty, Millie, Archie y Stair estaban increíbles vestidos con sus trajes de gala. Millie vestía un modelo color tostado que acentuaba su piel cremosa, su cabello negro y sus ojos violetas enmarcados en unas espesas pestañas oscuras que buscaban con la vista a un embobado Gilbert que había quedado en shock tras verla aparecer en la fiesta. Candy por supuesto, había enviado en persona las invitaciones a sus amigos y ellos no habían dudado en aceptar encantados.
Annie se había fundido en un cálido y lloroso abrazo con Patty. Millie por otra parte, se mantenía en un discreto segundo plano mientras buscaba con la mirada a Marnie quien enseguida había acudido a saludarla con efusividad y lágrimas en los ojos para contarle las nuevas circunstancias de su vida. Se sentía el centro de atención y procuraba responder con educación a los saludos de los invitados que poco a poco iban ocupando más y más espacio en Archer Hall, que aunque era una nada desdeñable propiedad en cuanto a dimensiones, parecía comprimirse por la presencia de tantas personas venidas de toda Escocia.
Archie por otro lado, se había quedado sin habla al ver a Marnie vestida con un modelo recién traído de Paris. Su abuelo Thomas no había reparado en gastos para compensar a su nieta por todo el sufrimiento vivido durante años.
Él en persona se iba a encargar de que nunca le volviera a faltar de nada; era su niña, su preferida y por nada del mundo estaba dispuesto a que nadie le volviera a hacer daño. No estaba dispuesto a perder a nadie más de su familia...nunca más. Todavía recordaba con gran dolor lo sucedido a su Loreena y lo cerca que había estado de lanzarse por un despeñadero cuando supo de su muerte. Esta vez, no iban a estar cerca los Murray para salvarlo y estaba seguro de que su viejo corazón no resistiría otro disgusto similar.
Charlotte Archer brillaba con luz propia en su fiesta y muchos jóvenes contuvieron el aliento, hechizados y celosos, cuando la vieron bailar con algunos de los herederos de las principales familias escocesas en el amplio y vetusto salón de baile de la mansión Archer. Las cornamusas, los violines y el piano forte de Loreena, de manos de su propio marido, sonaron hasta altas horas de la madrugada durante los cuatro días de festejos que hubo por primera vez en décadas en el viejo Archer Hall.
Y de entre esas risas, destacaron los suspiros de dos jóvenes amantes que finalmente se habían encontrado entre los arbustos cuidadosamente recortados del jardín mientras sonaba de fondo la música de las cornamusas.
La joven Charlotte Archer, estaba sofocada por las emociones. Había visto al príncipe venido del mar hacerle una seña desde el balcón principal. Ella había dejado a las otras muchachas hablar entretenidas en sus asuntos en cuanto su hermana Candy le dijo que él la buscaba.
—Stephan...—dijo con voz temblorosa.
Él sonrió en la penumbra.
—Marnie, por fin...había deseado con desesperación hablar contigo—susurró.
La joven estaba algo mareada, no solo porque había probado el whisky del abuelo por primera vez, sino porque sentía que el aire perfumado de la tarde le embargaba los sentidos. Había visto a algunas parejas colarse furtivamente, como ellos dos ahora, buscando en la penumbra protectora de los rayos mortecinos de la tarde, dar con un lugar donde poder dar rienda suelta a sus sentimientos y despertar sus pasiones dormidas. Todo el mundo sabía lo que solía pasar durante esos eventos; el alcohol afilaba las lenguas y desinhibía los sentimientos, las emociones, los deseos. También había que tener en cuenta que muchos de ellos eran aún jóvenes e inexpertos, ansiosos por experimentar lo que se sentía tras dar el primer beso. Aunque era complicado escapar del control familiar, no era difícil que entre algunos de los amantes furtivos se encontraran personas perfectamente adultas infringiendo los votos de fidelidad matrimonial. Lo cual era un asunto en el que los Archer preferían no interferir.