Capítulo 91 Mudanza

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La señora Hernández sonrió y cedió.

-Esta bien, entonces puede comer cuando le apetezca. Por cierto, el señor Álvaro mandó poner un columpio en el patio y arregló el jardín, ¿le gustaría salir a ver?

Podía darme cuenta de que su única intención era que me relajará y que me pusiera de mejor humor, por eso, con cariño la tomé del brazo y sonreí:

-Esta bien, señora Hernández, pero me iré a mi habitación a descansar. Usted debería hacer lo mismo.

Después de entrar en la habitación me fui directamente a mi armario y saque toda mi ropa de ahí, después la coloqué sobre la cama y la doble para meterla en una maleta; cuando Álvaro entró y miró lo que estaba haciendo, su mirada se tornó fría

-¿Por qué estás armando una maleta?

Con la cabeza agachada, seguí doblando mi ropa y contesté:

-Pienso quedarme un tiempo en los Apartamentos Glenwood.

Me tomó de la mano y la furia era evidente en su mirada.

-Samara, ¿qué estás haciendo?

Tenía un gran dolor en mi corazón, tiempo atrás le habría contestado con una misma pregunta desgarradora porque entendí que yo no había hecho nada mal, por el contrario, no hice nada y aun así, ¿por qué terminé lastimada? Sin embargo, me limité a mirarlo con calma.

-Álvaro, no tengo intenciones de hacer nada, solo no quiero que lo que pasó esa noche se vuelva a repetir. -Después de una breve pausa aparté mi mano de su agarré y continúe guardando mi ropa-. No podemos seguir cometiendo el mismo error una y otra vez y los dos sabemos que no podemos hablar del problema porque simplemente no llegaremos a ningún lado; también sé que no me quieres así que, solo trataré de dejar todo atrás.

-¿Qué quieres decir con que quieres dejar todo atrás? -dijo burlesco-, Samara, ¿te refieres a olvidarte de mí?

No entendí por qué estaban tan molesto, solo suspiré y dije:

-Deja de pensar en ello, voy a dar a luz y voy a criar bien a mi bebé, tampoco voy a intervenir entre Rebecca y tú.

-¡Samara! -exclamó al tiempo que volvía a sostenerme las manos, su expresión era tan fría que se mostraba a la defensiva-, ¿Cuántas veces tengo que decirte que no hay nada entre Rebecca y yo? Te vas por qué ya lo tenías planeado?

Fruncí el ceño porque no quería discutir con él.

-Álvaro, ¿en verdad crees que no has hecho nada mal?

Se notaba decepcionado.

-¿Quieres que admita que me equivoque?

Estaba sin palabras y como se negó a dejarme seguir empacando, simplemente salí de la habitación sin llevar nada conmigo, sin embargo, ante de que pudiera hacerlo, él me tomó por la espalda y me sujetó al tiempo que cerraba la puerta.

-No impediré que te mudes a otro lugar, pero mientras no hayas dado a luz seguirás viviendo en esta casa.

-¡Ja! -sentí el gran impulso de reírme a carcajadas-, Álvaro, ¿te preocupa nuestro hijo o tu reputación? Si en verdad te importa tanto el bebé, ¿por qué he tenido tantos intentos de aborto debido a ti? No es esto muy ridículo? -Al darme cuenta de la expresión que tenía en el rostro me sentí muy satisfecha-: ¿Qué planeas con obligarme a que me quede? ¿Quieres que todos los días me despierte para mirar esta casa con dolor? ¿Tu intención es que me deprima pensando en cómo me vas a arruinar la existencia?

Una vez más su mirada era sombría, parecía que mis palabras en verdad lo habían herido; se acercó un poco más a mí y preguntó:

-¿En verdad soy tan despreciable para ti?

Me burlé.

-¿No lo eres?

Álvaro se veía muy disgustado.

-¿Así que hasta aquí ha llegado tu amor?

Yo ya no quería hablar, sin importa cuánto lo amaba lo miré con calma y contesté:

-Poco a poco dejaré de amarte, no te preocupes por eso y no volveré a molestarte.

-¡Ja! -exclamó, mientras salía de la habitación y azotaba la puerta detrás suyo.

Después de haber tenido unas cuantas experiencias cercanas a la muerte, había logrado mantener la calma. Me encontraba todavía empacando mi ropa cuando de pronto, la señora Hernández entró corriendo a mi habitación, me tomó de la mano e intento persuadirme.

-¡Sami, no debe irse! Aunque el señor Álvaro tenga mal genio, es sincero. Y las personas tan jóvenes como usted no deberían tomar decisiones tan de repente, porque podrían arrepentirse en el futuro....

La señora Hernández me bloqueaba la salida, lo que me hizo sentir exasperada.

-Señora Hernández, es que no quiero estar aquí pero tampoco me iré a un lugar muy lejos.

Ella negó con la cabeza y me tomó del brazo con firmeza, pero al ver mi determinación, comenzó a llorar.

Yo por mi parte, me toqué la frente sin saber qué hacer. Después de un rato que estuvo tratando de persuadirme terminé cediendo, pero decidí que no me quedaría en la habitación principal, sino en la del último piso que daba a un Jardín en la azotea.

Para entonces, ya tenía un embarazo de 3 meses, lo que me complicaba hacer muchas cosas, así que me la pasaba yendo de la oficina al chalé; para mi buena suerte no había mucho trabajo que hacer en HiTech, solo tenía que ir para revisar los informes de mercado las estadísticas. También me enteré de que Álvaro se había ido de viaje de negocios pero no le di mucha importancia, pues a pesar de que vivíamos bajo el mismo techo, lo que sentíamos el uno por el otro no era mutuo y ya no me importaba a donde fuera.

Un viernes por la noche, Mayra me llamó y me invitó a ir de compras, dado que mi bebé nacería en un par de meses decidí que sería buena idea por que necesitaba comprar algunas cosas, así que acepté. En ese momento, Estela puso una pila de documentos sobre mi escritorio y dijo:

-Señorita Arias, casi hemos terminado con la auditoría del Corporativo Ayala, puede que esté lista en unos días; aquí le dejó el informe de la auditoría de Créditos Herrera, así que ya puede revisarlos. Mañana también traeré el de Créditos AC.

Reticencias de amor Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora