Capítulo 78 Aliada

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Sorprendida, estaba a punto de negar con la cabeza cuando la señora Hernández me guiñó un ojo y agregó:

-Es una lata tener calambres, casi no se puede hacer nada durante los primeros meses, incluso se corre el riesgo de sufrir un aborto... -Álvaro estaba a punto de irse a trabajar cuando la señora Hernández exclamó -: ¡Señor Álvaro, sufrir de calambres es muy molesto, más tarde debería darle un masaje! Incluso compre unos aceites esenciales, están en su habitación.

Debo admitir que la señora Hernández estaba haciendo un increíble trabajo como aliada. De pronto, Álvaro dejó a un lado los papeles que llevaba consigo y pregunto:

-¿Te duelen mucho?

Tarde un poco en reaccionar pero me di cuenta de que se refería a que si me dolían las piernas debido a los supuestos calambres. La señora Hernández me estaba haciendo señas para que dijera que si, por lo que forcé una sonrisa y dije:

-¡Si!

Álvaro frunció el ceño y dijo:

-¡Ven conmigo!

Mientras el iba camino a la habitación yo me giré para mirar a la señora Hernández.

-Disculpe pero yo no tengo calambres.... -Tenia otros síntomas pero los calambres no eran problema todavía.

Entonces la señora Hernández me miró exasperada.

-¡No importa, igual los tendrá en el quinto o sexto mes, solo vaya a su habitación ahora!

Al tiempo que iba subiendo sentía las piernas cada vez más pesadas pues no sabía que esperar. Cuando llegué, Álvaro se estaba bañando. Me puse a mirar alrededor de la habitación y encontre que sobre la mesita de noche en verdad estaba un aceite esencial; ¡No podía creerlo, la señora Hernández en verdad era un estuche de monerías! También me di cuenta de que a pesar de que estuve de viaje durante unos días y de que surgió el rumor entre Nicolás y yo, Álvaro no fue lo suficientemente cruel como para tirar mi ropa.

En eso, salió del baño con el cabello mojado y el agua de deslizaba sobre su pecho desnudo hasta llegar a la zona de la cintura, que estaba envuelta en una toalla.

-¡Báñate! -ordeno , su voz fue la razón por la que salí de mis pensamientos.

Me giré y me encontré con su mirada, por alguna razón me sentía culpable y dejé de verlo, entonces me escabullí hasta el baño. El sonido generado por la regadera era muy fuerte pero aún así podía escuchar el ruido que provenía de la habitación, alcance a escuchar que un teléfono sonaba pero no le di importancia, ya que creí que sería el de Álvaro, hasta que salí de la ducha y lo encontré con el mío pegado a la oreja. Me acerqué a él y pregunté:
¿Quien es?

Pero no dijo nada, en cambio, me entregó el teléfono con frialdad. Al ver la pantalla mire el nombre de Nicolás y fruncí el ceño.

-Hola, señor Herrera -tome la llamada y me aparté de Álvaro, que al verlo de reojo, me di cuenta de que estaba concentrado en su teléfono.

-Ya me ocuparé del rumor, también te digo que en caso de ser necesario daré una rueda de prensa -Dijo Nicolás con total seriedad.

Era muy raro escucharlo hablar tan serio y con tanta formalidad.

-Esta bien, ¡muchas gracias! -Respondí.

-De nada -Dijo, pero parecía un tanto distraido-, por cierto, si me gustas te convertiré en mi mujer de manera respetable, no así.

<<¿Que rayos?>>

-¡Buenas noches! -dije, porque Álvaro ya me estaba mirando con impaciencia. Luego de colgar dejé mi teléfono a un lado y me encaminé hacia Álvaro -, hablo sobre el rumor, dijo que... -De pronto se me ocurrió que en realidad no tenía por qué explicar nada, entonces me senté al borde de la cama y comencé a secarme el cabello con la toalla.

De repente, la arrebató de mis manos y cuando menos lo espere, comenzó a secarme el cabello él mismo; a pesar de todo, el silencio seguía reinando en la habitación.
Pronto, mi cabello estuvo casi seco así que arrojó la toalla al suelo y ordenó:

-¡Acuéstate!

<<¿Que?>>

Álvaro ya tenía un poco de aceite esencial en la mano y estaba de rodillas sobre la cama esperando a que me recostara.

<<¿Asi que si me vas a dar un masaje?>>

De inmediato me sonroje.

-En realidad no tienes que hacerlo, yo..... -Me quedé callada porque posó su mirada en mí.

En silencio , comenzó a masajear me las pantorrillas, era una situación incómoda, quería decirle algo pero no sabía qué o como hacerlo, pues nada me parecía apropiado para la situación.

-¿Sigues enojado conmigo? -pregunté.

Sus manos dejaron de moverse y me miró:

-¿Te duele?

Pensé que se refería a que si me dolían las pantorrillas así que de inmediato conteste que no, después de todo eso era algo que se había inventado la señora Hernández.

-En realidad no. -De repente, se puso de pie pero lo agarré del brazo e implore -: ¡Álvaro, sin estás enojado conmigo gritame, pero no me ignores por favor!

Reticencias de amor Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora