Capítulo 82 El banquete de cumpleaños

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Todo lo que salía de su boca sonaba malvado, sin importar qué tan encantadoras fueran sus palabras. Me hice la fuerte, contuve mi miedo a la fuerza y pregunté:

¿¿Qué le has hecho a Mayra?

Jonathan levantó su mano, se acercó y me miró. Después, de forma casual, dijo:

-Ella está bien -Me levantó el mentón y después dijo con impotencia-. Sami, te has vuelto más delgada, ¡pero sigues luciendo increíble!

Bajé mi mirada, negándome a conversar con él.

-La familia Herrera es una familia centenaria destacada. Ellos han creado los  mejores lidere militares y políticos a través de los años. Son insuperables en el mundo de los negocios. Será mejor que te mantengas cerca de mi -dijo con un tono estricto.

Escuchar eso me hizo fruncir el ceño <<Han pasado 5 años desde la última vez que nos vimos.  Me pregunto qué ha estado haciendo todo este tiempo.

¿Cómo pasó de ser un hacker a alguien que puede llegar a la cima de los negocios y la política?

Justo cuando me encontraba perdida en mis pensamientos, el auto se detuvo afuera de un chalé lujoso de estilo europeo. Jonathan salió primero y después abrió la puerta y me sacó del auto con caballerosidad.

-Asegúrate de no soltar mi brazo -susurró en mi oído.

Odiaba y temía su hipocresía. Su alegre fachada era repugnante. Él siempre había sido el tipo de persona que apuñalaba a otros por la espalda sin siquiera parpadear. Todo bien que hacía siempre era el precursor de sus malas intenciones. Aun así no tenía opción más que escucharlo.

Tomé su brazo y salí del auto. El chalé tenía una arquitectura elegante por fuera y un matiz con un diseño de inspiración cultural por dentro. La entrada no conducía a un salón como el de un chalé normal, sino a un camino empedrado que serpenteaba a través de un pequeño jardín antes de llegar al salón. Me pavoneé suavemente con mis tacones mientras entraba del brazo de Jonathan.

Fuera del salón, vi a Álvaro no muy lejos de nosotros. Llevaba un traje negro y una camisa blanca debajo. Lucía increíble con su cuello blanco, el pelo corto y los rasgos definidos y cuidados. Su mera presencia desprendía un aura fuerte y varonil que, incluso entre la multitud, permitía distinguirlo fácilmente con una simple mirada.

En ese momento, me di cuenta de que la elegante fiesta era el banquete de cumpleaños de Camila Ortega. Álvaro y otras personas de los círculos empresariales y políticos de Ciudad J estaban invitados. Mis ojos se agrandaron al darme cuenta de que conocía a algunos de ellos. Yo era la esposa de Álvaro y me encontraba sosteniendo la mano de otro hombre. Al presentarme así, sabía que era como una bofetada en la cara de Álvaro. Caí en un estado de miedo y preocupación, así que retiré mi mano de forma brusca.

Sin embargo, Jonathan nunca fue el tipo de persona que dejaba ir una oportunidad para atormentar a otros. Tomó mi mano a la fuerza y gritó:

-¡Compórtate, sami!

Solo pude morder mis labios mientras mis palmas comenzaban a sudar. Levante la mirada para observar a Álvaro y para mi desgracia, me di cuenta de que él también me estaba mirando. Sus ojos profundos y oscuros se entrecerraron mientras se fijaban en el vestido negro de hombro caído que llevaba en mi cuerpo. Poco después, dirigió su atención hacía Jonathan y saludó:

-Señor Arias, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vi.

<<¿Qué? ¿Álvaro y Jonathan se conocen?>>

Jonathan me acercó hacia él y sonrió.

-Aso es, señor Ayala. Ha pasado mucho desde nuestro último encuentro.

La interacción entre ambos parecía tan normal que no pude detectar nada extraño. Álvaro fijó su mirada en mí y preguntó:

-¿Y quién es la señorita a su lado, señor Arias?

-¡Mi prometida!

Era evidente que la mentira de Jonathan tomó por sorpresa a Álvaro. Su expresión se volvió sombría y su mirada helada.

Aun así, mantuvo su sonrisa y dijo:

-Se dice que el señor Arias no tiene interés en las mujeres, pero al tener una prometida tan hermosa a su lado, supongo que no es verdad.

Jonathan tomó mi mano mientras sonreía.

-No es que no me interesen las mujeres. Es solo que estaba esperando a que apareciera la indicada.

Al escuchar esas palabras, Álvaro entrecerró sus ojos de forma siniestra mientras repetía suavemente:

-Que apareciera la indicada...

En ese momento yo me encontraba en un pánico total. Nunca había hablado de Jonathan con Álvaro. Aunque en el futuro pudiera hacerlo, por ahora el asunto se había complicado a un punto crítico. Lo único que deseaba en ese momento era que la tierra me tragara completa. Sin embargo, no podía escapar porque Jonathan seguía tomando mi mano con firmeza. Tampoco me atreví a abrir la boca para negar las tonterías que estaba diciendo. Mi corazón era un desastre.

La mirada oscura de Jonathan cayó en mi por un momento y después sonrió de repente y preguntó con sarcasmo:

-¿Cómo debería llamarte ahora? ¿Señora Ayala o señora Arias?

Mi corazón se detuvo. Me solté del fuerte agarré de Jonathan a la fuerza, caminé hacia enfrente y tomé a Álvaro.

-Álvaro, yo...

-¡Álvaro!

En ese momento, la voz suave y dulce de una mujer sonó desde un lado. Giré mi cabeza y miré a Rebecca acercándose. Llevaba un vestido de color piel con espalda descubierta de sirena que acentuaba plenamente su magnifica figura. Se levantó la falda del vestido con una mano, se acercó con elegancia al lado de Álvaro y entrelazó sus brazos con los de él. Juntos, lucían como la pareja perfecta.

Rebecca no se sorprendió al verme; su expresión delataba cierto desagrado al saludar:

-Veo que la señorita Arias también está aquí.

Cuando sus ojos se fijaron en Jonathan, quien estaba a mi lado, sonrió ligeramente y comentó:

-Señorita Arias, ¿él es su amigo?

Acentuó a propósito la palabra <<Amigo>> de forma ambigua. Bajé la mirada y evité la suya. Fui lo suficientemente prudente como para reprimir la respuesta que tenía en mente porque no importaba cómo lo dijera, en la situación actual, solo estaría haciendo el ridículo.

-Vamos adentro, Sami.

Jonathan se limitó a mirar a Rebecca con indiferencia mientras una mirada de desdén cruzaba su rostro. Me tomó del brazo y me llevó al salón.

A decir verdad, no era que a Jonathan no le interesaran las mujeres, sino que le daban asco. Desde los 8 años le repugnaban. Si no fuera porque crecí con él, también me habría odiado. Su condición especial era como una condena al infierno para mí porque me hacía mucho más difícil escapar de sus garras malvadas.

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