135: Solitarios

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Me detuve un momento antes de decir:

-Voy a comer en Peakville, la señora Hernández estará ahí.

Con una sonrisa, respondió:

-Si mis sospechas son ciertas, lo más seguro es que pierdas el apetito en cuanto llegues ahí. Álvaro ha estado en el hospital de Ciudad K por casi medio mes y nunca mostraste ni una pizca de preocupación. ¿Qué clase de esposo crees que toleraría tal indiferencia? Mientras hablaba se me acercaba de manera sugestiva.

Intenté mantener mi distancia y le dije molesta:

-No creo que pueda disfrutar mi comida si estoy contigo.

-Puedes ignorarme -sugirió mientras sus ojos miraban por la ventana con una sonrisa. Pude notar arrogancia en su comportamiento. Me di la vuelta y pude ver una jeep negra cerca. En ese momento, bajaron las ventanas.

-¡Álvaro!

No lo había visto desde dos semanas y parecía estar exhausto, pero su cansancio no afectaba a su buena apariencia. Pude ver que su mirada se enfocaba en nosotros. Reaccioné empujando a Jonathan, quien estaba invadiendo mi espacio personal, pero cuando levanté la mano, Jonathan la tomó y me jaló a sus brazos. Miro a Álvaro a los ojos y con una sonrisa provocadora le ordenó al conductor:

-Vámonos.

Cuando arrancamos, la ventana del auto volvió a subir mientras nos alejábamos. Empujé a Jonathan mientras respiraba agitada por el enojo.

-Jonathan, deveras que estás mal de la cabeza. -Era obvio que quería hacer enojar a Álvaro.

Cuando por fin me soltó, se recargó en el asiento de auto y respondió con tranquilidad:

-¿Apenas te das cuenta?

Quedé sin palabras y sentí que la ira me consumía. Deseaba poder hacerlo pedazos como un pedazo de papel, pero al final solo pude lanzarle una mirada amenazadora antes de darme la vuelta e ignorarlo mientras miraba por la ventana. Al poco tiempo llegamos a un restaurante y como Jonathan había ordenado previamente, nos sirvieron la comida el instante en el que nos sentamos. Estaba furiosa, así que solo comí un poco. Después de comer unos cuantos bocados con elegancia, Jonathan me miró y levantó una ceja.

-¿No te gustó la comida?

Pude sentir algo diferente en él comparado a 5 años atrás, pero no pude descifrar bien qué era exactamente. Moví la cabeza de lado a lado y respondí:

-No tengo hambre.

Con una mueca, apoyó su cabeza sobre sus manos mientras me miraba. -Creí que las mujeres embarazadas comían mucho.

-Así es. -No supe cómo expresarlo, así que comí un poco más antes de continuar. -Tal vez no tengo tanta hambre.

Asintió y con su mirada penetrante preguntó:

-¿Cuándo te enamoraste de Álvaro?

No quería tocar este tema y mucho menos con él. Fruncí las cejas antes de responder. -Jonathan, creo que eso es un asunto privado.

-Eres mi hermana -dijo con una voz tranquila pero asertiva.

Sorprendida por su respuesta, resoplé:

-Sabes que no somos hermanos de sangre.

-Si -asintió.

 Parecía que mi respuesta no le afectaba en lo absoluto, así que solo suspiré. Bajé mi cuchara y dije:

-Estoy llena y ya es tarde. Me voy a ir.

Él se levantó al mismo tiempo que yo y me ofreció llevarme a casa. Antes, él era toda una pesadilla, pero ahora parecía más una peste de la cual no me podía deshacer sin importar cuanto lo intentará. En el auto, nos dirigimos a Peakville, una zona residencial muy lujosa. Mientras el auto pasaba por un camino cubierto por árboles, pude escuchar uno que otro canto de ave. Jonathan se mantuvo en silencio todo el camino y no quise comenzar una conversación tampoco. Por fin, el auto se detuvo frente a la casa. Él me miró y me preguntó:

-¿No me vas a invitar por una taza de té?

-No es el mejor momento -respondí mientras me bajaba del auto.

Él se salió para detenerme. -Aunque te niegues a aceptarlo, somos familia. No hay razón por la que no pueda ver a mi cuñado. Samara, no puedes negar que no tienes más familia. Además de mí, tu hermano, no tienes a nadie más.

Sus palabras eran como una daga en el corazón, escucharlas hacían que me costara trabajo respirar. Lo miré y me sentí mal que solo podía concentrarme en la presión que sentía en el pecho. -Jonathan, no puedes tomar tu historia y hacerla la mía. Tú no tienes familia ni amigos. Tú no tienes nada en tu corazón y tú no puedes definirme basándote en tu historia. -Sabía que era una persona solitaria, pero nunca había tocado este tema con él. En cuanto salió a la conversación, no había motivo para detenerlo. Miré su expresión melancólica y continué: 

-Yo tenía una abuela y ahora tengo un esposo y un bebé. También está Mayra. No soy como tú. Eres solo un lobo solitario y es por eso que no tienes a nadie en tu vida.

Su mano comenzó a apretarme tanto que me lastimaba y su expresión se oscurecía cada vez más. -Tú y yo somos iguales, Samara. No puedes negar que Álvaro no te ama. Lo sabes muy bien. -En ese momento, su mirada de desvió hacía mi abdomen y sus ojos se llenaron de indiferencia. -Este bebé no tendrá el gran futuro que esperas. Mayra...sabes muy bien que se ira algún día. Por eso somo iguales, tú  también estás sola. Entonces, ¿por qué no quieres estar conmigo? Yo puedo darte todo lo que quieres. Podemos ser una familia  como antes y vivir nuestras vidas en una casa en la Provincia R. ¿Qué te parece?

Hice un gesto de disgusto antes de arrebatarle mi mano, pero no lo logré. Lo miré a los ojos y dije con lástima:

-Jonathan, hay muchas personas en este mundo que pueden estar contigo por el resto de tu vida. Deja de buscarme, ¿entiendes?

Reticencias de amor Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora