147 No soy un cerdo

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Al final, me levanté y fui al baño a tomar una ducha. El agua caliente me ardía donde tenía las mordidas. Después de mi ducha de un minuto, regresé a la cama y colapsé. Estaba tan cansada que caí rendida cuando Álvaro salió del baño después de su ducha. Apenas recuerdo que me abrazó un momento antes de irse. Cuando desperté, ya era de noche. Dormir en el día siempre me hacía sentir como si hubiera tenido resaca. Tomé mi tiempo para salir de la cama y Álvaro se veía ocupado con llamadas en su estudio. Al verme bajar las escaleras, la señora Hernández corrió a la cocina para preparar algo de comer. No tenía mucho apetito para los platillos que había preparado, así que le pedí que los guardara después de haberlos probado.

Se podía escuchar el sonido de la lluvia desde afuera, cuando de repente , sonó el timbre de la puerta. Como la señora Hernández estaba ocupada en la cocina, fui a abrir la puerta. Era Cristina y se veía absolutamente deslumbrante. Como estaba en todo su esplendor, podía vestir lo que fuera y se vería bien. Aunque ella ya era una persona con gran sentido de la moda. Llevaba puesta una blusa color verde militar con unos pantalones negros de tiro alto. Realmente se veía joven y con clase. Además, de que su cabello y sus accesorios eran impecables también.

-Hola señora Arias. Vengo a entregar unos documentos que necesita el presidente -dijo mientras cerraba su paraguas mientras se asomaba por la puerta con sus ojos color carbón. Era obvio que estaba buscando a Álvaro.

-¡Pasa! -Le respondí. Fruncí un poco el ceño, pues no podía evitar preguntarme por qué Álvaro mandaría a una joven a entregar documentos en este día.

Mientras tanto, Álvaro, quien acababa de salir de su estudio, también frunció el ceño al ver a Cristina. -¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Josué? -preguntó.

Con una risa tímida, Cristina respondió mientras le entregaba los documentos:

En ese instante, la señora Hernández salió de la cocina con un vaso de agua en mano, miró a Álvaro y dijo:

-Señor Álvaro, la señora no comió mucho hace rato. Me parece que no se siente bien tampoco. ¿Le parece que prepare sopa de calabaza para después? Es su favorita.

Quedé un poco sorprendida. Era obvio que esas palabras no eran para Álvaro, sino para Cristina. Hubo un ligero cambio en su expresión, pero además de eso, se veía completamente formal.

<<Dios mío, señora Hernández. Muchas gracias, pero puede que esté exagerando>>. En estos dos años de estar con Álvaro, había algo de lo que estaba segura y era que aún amaba y se sentía en deuda con Rebecca. Pero además de eso no era un galán que iría tras cualquiera. Álvaro tomó los documentos y me miró antes de responder.

-Esta bien.

Tras completar su objetivo. Cristina no tuvo otra opción más que retirarse. Miró a Álvaro un momento antes de irse enseguida. Después de que Álvaro subiera para organizar sus documentos, la señora Hernández me hizo a un lado y preguntó:

-Sami, ¿Cómo puedes dejar que una mujer extraña entre a tu casa tan fácil? ¿Viste eso? ¡No le quitaba los ojos de encima a tu marido! ¿Cómo puedes estar tan tranquila?

No pude evitar sonreír. -Señora, no es nada serio, ¿sabe? Álvaro está muy ocupado con su trabajo y la señorita Lara es solo su secretaria. Vino aquí por asuntos de trabajo.

La señora Hernández chasqueó la lengua. -Yo no lo vi así. Esa jovencita tiene el ojo en tu marido. ¡Es mejor que tengas cuidado! -En cuanto Álvaro comenzó a bajar las escaleras, dejó la charla y regresó a la cocina.

Tras haber dormido por medio día, comencé a sentir los ojos hinchados y secos, así que decidí ducharme de nuevo. Cuando salí del baño, me encontré con la sorpresa de la sopa de calabaza sobre la mesa. Me asomé a la cocina, pero la señora Hernández ya se había retirado a su habitación. Por el otro lado, pude ver a Álvaro leyendo un libro en la sala. Al verme, me dijo:

-Deberías comer primero.

-¿Tú la hiciste?

-Si, pruébala.

Al ver que era algo que la señora Hernández mencionó de la nada y el hecho que haya aceptado tan fácil, nunca hubiera imaginado que prepararía la sopa para mí, pero como seguía sin mucha hambre, solo le di unas cuantas cucharadas.

Miré hacía la sala y me dejé llevar por el elegante perfil de Álvaro mientras se concentraba en leer su libro. Parecía un noble guerrero deleitándose con pinturas renacentistas al amanecer. Emitía un aura completamente diferente a la de Jonathan. Jonathan siempre tuvo un aire de ser frío y manipulador, igual que un vampiro, sin importar qué tan amable y cariñoso se comportaba, no podía ocultar su lado despiadado.

-¿Te interesa más mi rostro que tu comida? -Su voz retumbó en mis oídos de pronto.

Recobré los sentidos y me di cuenta de que se había acercado al comer y estaba parado frente a mí. -¿Qué? ¿Cuando....?

Levantó una ceja sorprendido y dijo:

-Ya estaba frente aquí desde que comenzaste a verme con esa mirada provocadora.

<<Cielos...¡Este hombre es demasiado!>>

Cambié el tema y dije:

-Es mucha sopa, no me la puedo terminar.

Su expresión cambió al ver las sobras de la sopa.

-Es que acababa de comer. La señora Hernández me preparó mucha comida y aun así me comí la mitad de la sopa. No... No es como si fuera un cerdo para... -Mi voz se desvaneció.

Él no pudo evitar reírse. -No me interesa criar cerdos tampoco. -Mientras hablaba tomó el tazón de la mesa y empezó a tomarse la sopa.

Abrí los ojos de par en par. <<¡Yo acabo de comer de ahí y está usando la misma cuchara! ¿No es esto demasiado intimo? >> Mientras lo veía comer, podía sentir mi rostro caliente.

Reticencias de amor Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora