La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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Edimburgo, 1919
—¡Una OPA hostil...! ¿ A nuestro banco de Chicago? ¿Qué compañía nos quiere intimidar?
Elroy presidía aquella mañana la junta directiva. Había convocado una reunión de urgencia para tratar de tomarle la medida a la información alarmante que le había llegado en el último telegrama desde las oficinas de Chicago.
—World Trade Investors, señora— dijo uno de los principales asesores de los Ardlay en la sala de juntas de una de las principales sucursales del banco objeto de la operación.
—¿En este momento...?
—Lamentablemente, así es. Quieren comprar la totalidad de las acciones...—añadió otro tras tragar saliva.
Ella juntó las yemas de los dedos de las manos sobre la pulida superficie de madera de roble.
—¿Y qué hay de los accionistas? ¿están abiertos a negociar...?— preguntó ansiosa.
El más veterano de todos ellos tomó la palabra y su voz resonó con seguridad tranquilizadora aunque lo que tenía que decir no era nada halagüeño para nadie.
—Lo único que podemos hacer es intentar convencerlos de que no vendan y para ello habría que diseñar una fórmula que elevase la rentabilidad de las mismas, algo que le resultara más atractivo que vender sus acciones a esos advenedizos — afirmó el hombre intentando que su discurso calara hondo en la reunión.
Elroy asintió y se retorció las manos. Sentía un sudor frío caerle por la espalda y también le costaba pensar con claridad.
—No podemos perder el Banco a manos de esa gente ¿Se sabe quiénes son...? —preguntó intentando no delatar el miedo que sentía.
Uno de sus ejecutivos se inclinó hacia adelante para escuchar mejor. Estaba tan pálido como el resto y más nervioso. Elroy se lo quedó mirando, esperando a que él tomara la palabra.
—Estamos en ello. Las últimas noticias que tenemos es que son inversores privados que han ganando una fortuna después de la Gran Guerra— dijo otro tipo más joven.
Elroy frunció el entrecejo, era la primera vez que lo veía.
—Y usted ¿es...?
— Willbour, para servirla. Nathan Willbour.
—Está bien, señor Willbour...— dijo la matriarca llevándose las manos a las sienes, le dolía la cabeza— Debemos ganar tiempo para negociar. No podemos permitir que el banco emblema de la familia Ardlay pase a manos de una compañía que se ha enriquecido de manera tan indigna. Me niego a ceder el control de nuestra Empresa Emblema, ¡por Dios Santo! Denme una propuesta aceptable para superar este desastre o váyanse de mi vista. El error no es una opción...
—Lo sabemos, señora. Pero...
Elroy sentía que su corazón iba a explotarle en el pecho. La ira se acumulaba en las venas de su cuello y también la impotencia de verse atacada sin poder dar respuesta al enemigo podía con sus nervios. La angustia la hacía perder la paciencia.