La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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—Señora...!— exclamó la doncella Zendaya Santos aterrorizada.
El cuerpo de la joven cayó al suelo tras recibir el impacto del proyectil, una mancha carmesí se fue extendiendo sobre su blanco e inmaculado camisón de lino y ella cayó al suelo de la habitación como una muñeca rota.
—¡Ocúpate de la niña...!—gimió Olivia tras recibir el disparo en el pecho.
—¡Te mataré...! — rugió William.
El impacto de su puño en el atractivo rostro de Arthur le desencajó un diente de cuajo y su arma había caído lo suficientemente lejos como para no representar una amenaza.
—¡Layard...! te tenía ganas—rio burlón el inglés tras escupir la pieza al suelo—; tendrías que haber dejado que me cargara esa zorra, es lo mejor para tí...Créeme.
Los ojos de William eran como hielo pero brillaban con una furia intensa.
Arthur parecía encantado con esa nueva situación. Hacía mucho que le tenía ganas a aquel advenedizo. Había escapado de la emboscada, pero no todo estaba perdido. Antes de despacharlo, le daría una buena lección. Ya le había dado lo suyo a aquella fulana de Higgins, ahora sentía que le había llegado el turno a aquel estirado bueno para nada. Su vida había sido un infierno por su culpa, su padre le había maltratado por su culpa.
Y ahora lo tenía todo para él.
—¡No hables así de ella...!—amenazó William con la furia escrita en su rostro pétreo.
Arthur parecía disfrutar del dolor de su ex compañero de universidad.
—¿No?—luego sonrió con frialdad— No...claro que no. Seguro que esa zorra no te ha contado toda la verdad. Eres tan patético, Layard... En realidad, siempre lo has sido.
Arthur contratacó buscando sorprenderlo.
—Eres un bastardo. Es lo único que sé—espetó William esquivando el derechazo de Mc Bride con facilidad.
—Veo que eres tan difícil de liquidar como una alimaña...y mis hombres no tardarán en venir para terminar el trabajo, créeme. Esta vez no tienes escapatoria posible... —aseguró con la boca ensangrentada—pero antes, quiero divertirme un poco contigo.
William sabía que ese tipo no mentía, algo en su tono de voz se lo advertía. Pero no estaba dispuesto a dejarse amilanar por él.
—No, permíteme corregirte...—murmuró él entrecerrando los ojos como un animal de presa— Yo voy a ser quien juegue contigo— espetó con fiereza—. Pero primero de todo... voy a enseñarte cómo tratar a las damas.
La sonrisa de Albert se hizo peligrosa.
Arthur se puso a la defensiva esperando su contrataque. Buscó sin mucho éxito el puñal que solía llevar en la bota.