La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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Georges guiaba con determinación a sus hombres hacia la Fazenda Santa Catherina, dispuesto a hablar con la dueña en aquella mañana húmeda y brumosa. Necesitaba confirmar sus sospechas. Dado que la propiedad quedaba cerca de donde se había producido la emboscada, él estaba casi seguro de que ella podría aclararle algo que le llevara a localizar a William.
Hacía calor, la herida del hombro recién cicatrizada le molestaba. La calzada era lo suficientemente ancha como para que las monturas avanzaran sin demasiada dificultad; aunque a veces, la selva reclamase su espacio y hubiera que abrirse paso a machetazos.
Los malditos insectos tampoco parecían dispuestos a dejarlos en paz.
La humedad hacía que su cuerpo sudara a mares y se le arrugaran las yemas de los dedos. Los aullidos de los monos sobre los árboles, los cantos de los pájaros parecían anunciar a los cuatro vientos la presencia indeseada de aquel grupo de humanos intrusos en su territorio.
Era un lugar desapacible, ruidoso, lleno de vegetación e insectos de aspecto temible, criaturas que no parecían de este mundo. Arañas del tamaño de un puño, capaces de devorar pequeños pájaros o mamíferos; anfibios de colores vivos dispuestos a envenenarte si tenías la mala suerte de tropezarte con alguno de ellos.
Todo en la selva parecía tener un aspecto temible y peligroso. Georges no se sentía cómodo en aquel lugar infame, de cuyo techo esmeralda parecían llover sanguijuelas si en un intento por escapar del calor agobiante te aventurabas a caminar por el lecho del río.
Se abrían camino con determinación a golpe de machete y decisión, mientras deducía con fría lógica cuál iba a ser el siguiente paso a seguir.
La compañía la conformaban diez hombres. Todos de confianza, con probada experiencia en el rastreo y localización de personas. Algunos con pasado militar otros con un pasado que era mejor no averiguar.
Pero Georges no estaba allí para juzgar a aquellas personas. Estaba preocupado por el paradero del señor William y su misión era traerlo de vuelta a casa. No importaba cómo.
Frunció el entrecejo. No se podía permitir el lujo de pensar en Vanessa, ni en el nacimiento próximo de su vástago. Debía apartar de sí toda emoción si no quería que su trabajo se viera entorpecido. Debía centrarse en lo que sabía del señor William, de los hechos, recordar lo que había visto y dónde.
Recordaba la sahariana ensangrentada, los rastros de sangre fresca dispersas en el suelo de la selva, entre los tallos doblados de las plantas y las hojas secas. Los signos de lucha y lo evidente que resultaba el hecho de que él había opuesto una feroz resistencia. No quería considerar la posibilidad de que lo hubieran asesinado en otro lugar.
Se negaba a creer que él pudiera estar muerto.
Georges lo había adiestrado para que fuera capaz de defenderse sin usar otra arma que su cuerpo y no ocultaba su orgullo por lo aventajado que era su discípulo, ni su preocupación por la evidente superioridad física de su rival, ni las condiciones en las que él se encontraba mientras luchaba por su vida. Necesitaba aferrarse a la posibilidad de que él hubiera sobrevivido y que la Providencia lo hubiera ayudado.