La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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—¡Fleur...Fleur!
William corrió hacia donde había escuchado el llanto por última vez, de la niña que había acabado por ganar un lugar en su corazón. Pero no la encontraba; buscó por las habitaciones vacías del tercer piso, solo adornadas con parterres floridos de hibiscos y rosas de importación. Sabía que eso había sido cosa de Olivia y sintió una punzada de nostalgia, mezclada con la pena por su prematura y violenta muerte.
El perfume de las flores le traían a la mente extrañas imágenes de personas desconocidas que pronto desechó, concentrado en encontrarla. Las pulsaciones se le habían acelerado, la adrenalina corría por sus venas desbocada como un animal salvaje.
William apuntaba con el arma hacia las sombras, buscando la silueta de su enemigo, concentrado en detenerlo como fuera posible.
Los lamentos de la niña volvieron a sacarlo de sus pensamientos. La voz gutural de su secuestrador le confirmó la peor de las sospechas. Un paso más, un movimiento de su brazo y lo tendría a tiro.
La luz de la mañana se coló por el ventanal de la galería acristalada del tercer piso. Allí, de pie con la niña agarrada como un saco de mercancía cualquiera, el maldito Mc Bride la sujetaba expectante, aguardando por su momento de gloria. El muy canalla le había atado las manos y el frío y letal filo de un cuchillo brillaba a la luz del sol que se colaba por uno de los ventanales abiertos.
—¡Papi...!— exclamó Fleur con los ojos llorosos nada más verlo.
La siniestra sonrisa de Mc Bride hizo realidad las pesadillas de William. El filo del cuchillo que seguro le había arrebatado a Manrique estaba sobre su yugular.
—Hola, Layard. Nos volvemos a encontrar...— dijo la voz fría y burlona de Mc Bride.
William le apuntó con su arma, justo entre los ojos.
Sentía una furia fría, comedida. No fallaría el disparo, estaba seguro, tenía el ángulo y la luz precisos. Pero tampoco quería matarlo, quería que la justicia se lo hiciera pagar.
—¡Suéltala ahora mismo! —ordenó sin vacilación.
Su enemigo sonrió con frialdad. Arthur no sentía nada. Le importaba un bledo si vivía o si moría. La vida era un juego y él era un experto jugador.
Si lo pensaba bien, le estaba resultando entretenido el reto de salir con bien de aquella maldita situación. Si durante el proceso se llevaba la vida de alguien, tanto más le daba. En eso consistía el juego al fin y al cabo.
Estaba seguro de que si no vivía para contarlo al menos, se llevaría algo valioso para Layard y estaba claro que la mocosa de Olivia le importaba.
Esto iba a ser muy divertido.
—Mhm...No creo que estés en posición de negociar, amigo mío— repuso con fría arrogancia.