Capítulo 82: Una incursión en la selva II

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William observó desde el último piso  el avance de una cuadrilla de hombres

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William observó desde el último piso  el avance de una cuadrilla de hombres. Encabezando el grupo observó a un hombre de aspecto sobrio, moreno, de bigote con una fría determinación escrita en los ojos.  El resto de los hombres, imponían respeto y era evidente que trabajaban bajo sus órdenes. No vio que tuvieran armas a la vista, no obstante, desconfió de manera instintiva de todos ellos.

No dio la orden de disparar, antes quería asegurarse.

 Él no quería muertes innecesarias en su conciencia, prefería solucionar las cosas utilizando la palabra. Pero, si esos tipos venían a por él, tenía claro que vendería cara su vida. No era ningún ingenuo, sabía que ese tipo de gente no solía dejar testigos. 

Enseguida desmontaron. 

El hombre del bigote se recolocó su indumentaria ajada  por el viaje  y después se dirigió a la puerta de entrada atento a los muchos ojos que lo vigilaban.

— ¿Está la señora de la casa?—preguntó con educación. 

— ¿Quién pregunta por ella...? — inquirió una potente voz.

La expresión del hombre cambió de golpe, había una alegría manifiesta en sus ojos, en el tono de su voz. 

— ¿Señor William...? ¿Es usted?—inquirió a su vez con evidente sorpresa. 

William abrió la puerta con el Winchester apuntando al pecho de Georges. 

—¡Alto ahí...! No se mueva— dijo el hombre rubio de mirada feroz que apareció en el umbral de la puerta. 

Georges dio un paso atrás y puso las manos en alto. 

—¡Señor William soy yo! ¿No me reconoce usted?— inquirió Georges haciéndoles la seña a sus hombres de que bajaran sus armas.  

—¡No! ¿Debería...?—  inquirió Albert desconfiado.

Georges miró hacia la selva. Los tipos que los seguían parecían acercarse, había enviado a Lovecraft y algunos de sus  hombres a emboscarlos pero no habían regresado aún.

—Creo que está en peligro, señor ¿por qué no nos deja entrar y le explico?— preguntó con urgencia. 

William entrecerró sus ojos azules. 

Lo estudió con detenimiento.  Por la  expresión de genuina preocupación en el rostro  dedujo que le decía la verdad. Su instinto le decía que era buena persona, que podía confiar en él. Era evidente que habían recorrido un largo trecho antes de llegar allí. El rostro cansado de los hombres y sus rostros bronceados y adustos le permitían aventurar  que lo que decía ese hombre debía  tener al mensos, gran parte de verdad. 

— Está bien...pueden pasar. Pero antes, deben entregarnos sus armas.

Los hombres de Georges pusieron mala cara, pero él les ordenó con un gesto que las entregaran.  

Esmeraldas bajo un cielo sin nubes [Libro 2 ] Tu destino: Mi suerte  [Libro 3]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora