La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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SS Bolonia, 1919
Llevaban un par de semanas en el mar. El transatlántico era de lujo y uno de los más rápidos de su tipo. Funcionaba a vapor y tenía entre sus muchos adelantos tecnológicos una oficina de telégrafos independiente.
William escrutó preocupado el telegrama que le había tendido Georges y se lo devolvió con gesto mecánico.
—Veo que la tía Elroy es una mujer temible...—comentó no exento de cierta burla en su tono jovial y despreocupado que esos días venía siendo habitual.
Georges comprendía que no estaba del todo convencido de seguir sus instrucciones.
—Señor William, debo aconsejarle... Es mejor que se mantenga lejos de la familia mientras esté amnésico. Créame, tiene a muchas personas interesadas en aprovecharse de su situación actual y no conviene que sepan nada de esto.
El aire salado le había curtido la piel, tenía los cabellos algo más largos y el sol había aclarado un tono su dorado natural. Los ojos celestes se entrecerraron, frunció el entrecejo indeciso pero sabiéndose en deuda con aquel hombre.
Por eso escuchaba todo lo que tenía que decirle.
—Bien, y ¿qué me sugiere entonces...?—inquirió volviendo a acomodarse en la cómoda tumbona de la cubierta de primera clase.
Fleur jugaba a sus pies, ajena a los problemas de los adultos.
William sonrió sin poderlo evitar; aquella criatura era quizá lo único bueno de toda aquella historia.
—Le sugiero que me deje a mí ocuparme de los asuntos más urgentes. Ya he avisado a la señora Elroy al respecto. Y ella, como ya sabe, ha convenido que usted debe mantenerse al margen hasta que recupere sus facultades.
William se revolvió inquieto, echó un vistazo al periódico para calmar su ansiedad, no le gustaba cómo sonaba aquello y tampoco ayudaba no recordar nada de aquella señora que decía ser su tía. Los ecos de sociedad tampoco hablaban de él, ni de nada de lo relacionado con su desaparición. Esto le reconfortó de alguna manera, aunque no sabría decir por qué.
Pero uno no podía alegrarse de lo que no recordaba.
Eso le hizo sonreír.
—¿Hay algo más que deba saber...? —preguntó al tipo que se había convertido en su sombra.
Parecía una buena persona y su aspecto cansado, poco tenía que ver con la energía con la que se expresaba, ni con el brillo intenso de sus ojos oscuros.
—No, no quiero abrumarle con datos que ahora no le digan nada. Estoy convencido de que su memoria despertará poco a poco, como la última vez.
William se removió inquieto, su mirada se ensombreció enseguida.