La tutela de Candice White Ardlay ha sido revocada por su tutor en favor de su padre biológico. Neal está buscando cobrarse su venganza y Arthur Mc Bride sigue obsesionado con destruir a su antiguo enemigo de la universidad. No sólo busca arruinar...
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Georges se dio cuenta enseguida de que William había dado con Mc Bride. Podía escuchar el rumor de sus voces, el llanto amortiguado de la niña y la voz profunda de su discípulo intentando negociar con aquel desalmado.
—¡Mac Mahon! — llamó Georges— ¡Al tercer piso, deprisa...!
—Como ordene, señor ¡Stewart, Ross, Clark, O'Hara...vamos, cacemos a esa rata!— murmuró Kevin Mc Mahon, un rudo escocés de las Tierras Altas metido a mercenario tras luchar en la Gran Guerra.
Era un tipo fornido que Georges prefería mantener bajo control. Tenía un carácter explosivo, temible y lo usaba para la lucha, para la toma de decisiones difíciles. Era un superviviente y también parecía desenvolverse bien en aquel elemento.
Sabía que la señora Elroy había pagado una pequeña fortuna por aquella pequeña tropa de hombres curtidos en el difícil arte de enfrentar situaciones críticas. Y sin duda, el rescate de alguien como el heredero de una de las fortunas más importantes del país, bien merecía el empleo del dinero que ellos manejaban a manos llenas.
Ahora sabía que el señor William había caído en la trampa de Mc Bride. Deducía que ahora ya tenía no uno, sino dos rehenes.
<<Maldita sea, se lo había advertido... ¿por qué sigue con esa manía suya ? >>
Georges empezó a pensar la manera de envolver a la araña en su propia tela. Observó que la escalinata que conducía al tercer piso era doble y sus hombres tomaron ambos accesos con rapidez y sigilo. Dedujo que de esta manera MC Bride iba a quedar atrapado en medio. Eran demasiados para que él pudiera escapar con vida.
Pero si algo sabía de estas situaciones era que el factor azar podía estropearlo todo y acabar con una situación favorable vuelta un desastre. Georges estaba seguro que ese tipo era de los que morían matando y no quería arriesgarse a perder a nadie.
—¡Andando...! no quiero más lloros, ni trucos— escuchó decir a Mc Bride.
Georges por su parte, había subido hasta el último piso. Desde allí tenía una diana clara que le mostraba la ancha espalda de Mc Bride, mientras apuntaba con un revólver a la cabeza de William a medida que avanzaban con la intención de bajar las escaleras hasta el segundo piso.
Usaba a los rehenes para huir y no quería arriesgarse a averiguar lo que tenía pensado hacerles una vez consiguiera sus propósitos. Sabía muy bien de lo que era capaz, recordaba lo que le había hecho a su amada Vanessa, los que les había hecho a Dalilah y quién sabe qué otras víctimas ... y tenía que dominarse para no dispararle.
No escaparía esta vez.
De los diez que habían compuesto la expedición solo quedaban seis en buenas condiciones físicas.
Lovecraft estaba herido, en el piso de abajo recibiendo los cuidados de la señora Santos. Y sus hijos estaban ocupados intentando rescatar a los otros heridos junto con el resto del personal de la hacienda.