Su propia historia

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  Hermione había leído muchas historias de amores imposibles, tanto de muggles como de magos, pero ninguna le parecía tan difícil como lo había sido la suya.

  Hogwarts fue su refugio, donde ambos se encontraron. Ese lugar donde no pasaban las horas y nadie les molestaba. Y así se creó la magia. Porque al margen de que fuesen magos, no había otra manera de llamarlo. Se creó un vínculo, amistad, aprecio, respeto, lealtad. Él estaba en la mierda y llegó ella a romperle los esquemas, con su luz, su inteligencia, su risa, su ingenio, su carácter mandón y sus niñerías. Y lo sacó de ese pozo de prejuicios absurdos. Y cuando él se fue a cumplir con su misión, no la dejó sola, porque seguían siendo uno. Y ahí fue cuando se dieron cuenta de que se querían. Ella cuando se refugiaba en su jersey de Slytherin y admiraba la foto que se habían hecho antes de separarse. Se envolvía en la tela y suspiraba. Y ahí se dio cuenta de que todo era bueno y perfecto, todo lo era junto a él. Y él no podía olvidar lo mal que ella estaba en su ausencia y contaba los minutos para volver a abrazarla mientras discretamente la defendía y ayudaba desde su reducto de mortífagos.

  Hogwarts fue el lugar donde se encontraron, donde el tiempo se detenía si estaban juntos y crearon su burbuja. Allí no había murallas, ventanas, tejado o paredes, no había diferencia de estatus sanguíneo, ni pecados, ni guerras entre casas. Solo ellos dos, jugando como niños, discutiendo por cualquier cosa, imaginando lo que podría pasar si su piel hablara sin esconderse de esa mentira que decían a todos y que incluso se decían, en ocasiones, a sí mismos. Y en sus ratos a solas conversaban de todo y nada, bailaban con vergüenza y él perdía siempre en ese tira y afloja de sentimientos porque hubiese entregado todo por ella. Y se besaban y se querían y ella aprovechaba cualquier cosa para esconder la cabeza en su pecho, su lugar favorito en el mundo, donde ocultaba su vergüenza y sus preocupaciones, tratando de olvidar, procurando jurar que lo de fuera daba igual.

  Y llegó el 2 de mayo, el fin de la guerra, la vuelta a la realidad. Volvieron los miedos e inseguridades de ella, al qué dirán; abundaba la nostalgia, el recuerdo de lo que habían vivido, las tardes de domingo juntos en cualquier rincón. Y afloraban las dudas. Pero es que quedaban tantas madrugadas por vivir juntos... Y Draco ya no podía esperar. Él quería que se diera cuenta, que, joder, no todos los días encuentras a esa persona. Que juntos eran el mundo entero, que la quería, que daría todo por ella, que podían hasta con lo invencible. Y ella también quería, pequeñito, en silencio y con miedo a querer tan fuerte que no hubiese marcha atrás. Pero es que para Draco ya no había marcha atrás. Porque él la quería más que a nada y más que nadie.

  Él, que prometió que la cuidaría, que pasase lo que pasase estaría ahí. Y es que, ¿qué más daba? Si hicieran lo que hicieran todos hablarían. Era su juego, su futuro, por muy imperfecto que fuese. Y las cartas del juego estaban echadas así que siempre se lo decía: que hagas lo que hagas no tengas miedo, que yo de aquí no me muevo, que no me llores porque no estás sola, que yo estaré aquí. Y aun así eres libre, sea cual sea el camino que tomemos, que Hermione, te quiero por encima de todo.

  Y Draco se atormentaba, porque hubiese dado lo que fuera por enmendar el error cometido, por defenderla de cada piedra aunque a él le cayesen montañas. Que la culpa era suya, que siempre fue suya y que era imperdonable.

  Y cuando públicamente afirmó que estaba enamorado de ella, el mundo se le cayó encima, por hacer lo único que necesitaba y que podía hacer: liberarse. ¿Tan malo era? Quería gritarlo, con palabras atropelladas, nervios, de todas las formas que sabía y sin esperar nada a cambio. Pero es que todos tenían razón, él era imperdonable. Había elegido los peores caminos, había denigrado e insultado a aquellos que ganaron la batalla. Daba igual que él nunca lo hubiese hecho voluntariamente, la culpa era suya. Y estaba solo, todos aquellos 'amigos' se habían ido, habían huido de él, de toda la mierda que ser un exmortífago suponía. Todos menos ella. Menos la que más debería hacerlo. Y él se odiaba por no poder echarla, porque quería hacerle un favor y no podía. Y cuando tenía momentos altruistas se lo decía:
  —Basta, Hermione, quiero que te alejes de esto, porque nunca me perdonaría que lo que yo he provocado apagara ni un poco tu luz. Y le dices a la vida, al universo y al tiempo que nos conocimos, que conectamos y confiamos el uno en el otro. Diles que nos quisimos tanto y tan bonito que las cuatro letras de la palabra amor se nos quedaron cortas y tuvimos que decir adiós, que fuimos un proyecto de lo que podría haber sido y no fue por miedo.
  Pero no lo soportaba, inmediatamente después se arrepentía:
  —Y vuelve, que quiero que lo intentes por muy egoísta que sea. Porque a lo mejor lo que podía haber sido aún puede ser, porque llega la noche y de nuevo comprendo que sí, que te necesito aquí conmigo, que no podré hacer nada para olvidarte por mucho que lo intente. Y a lo mejor juntos podemos aprender a levantarnos sin romper el suelo, que a lo mejor esto solo acaba de empezar. Pero necesito que lo intentes, aunque todo sea imperfecto y ambos seamos imperdonables. Porque necesito que esta vez seas tú más fuerte que yo. Simplemente un mensaje, saber que estás ahí, que tengo algo por lo que luchar, aunque no me digas nada.

  Y ese era su bucle, de querer dejarla y no poder. La desesperación y la paciencia, el tiempo que ella le pidió para poder gritarle ese sí a todo el mundo. Pero aún no estaba lista. Y él no iba a moverse del sitio, porque podría llover, granizar y nevar, que él permanecería ahí. Y es que no sabía qué hacer ya para contenerse y no salir a bailar bajo la lluvia y gritar que no, que no había calabazas ni distanciamientos, que no podía pedir perdón por quererla porque no lo sentía, porque no era un error.

  Hermione sentía que iba a enloquecer, pero quién le iba a decir que para locura lo suyo, que por ella Draco lucharía por lo que no tenía, cambiaría hasta lo imposible, vendería su alma y quemaría lo que no iba a arder y que sí, que esa vez saldría bien.

  Así que lanzaron todo por la borda, porque querían, podían y debían gritarlo. Porque después de la guerra ya no tenían que coserse los labios. Ahora podrían gritarles a todos que mentían, que Draco no era malo, que, joder, se querían y lo llevaban tatuado en la frente. Y aún les quedaba tiempo para algo distinto, porque entonces todo era diferente, incluidos ellos y su relación.

  Pero es que nunca fue igual, nunca tuvo nombre, ni etiquetas que el resto del mundo e incluso ellos mismos se empeñaban en ponerle. Porque su relación siempre fue distinta, imperfectamente perfecta. Y quizás por eso se empeñaban en ponerle otro nombre, que si enemigos, que si compañeros, que si amigos... Pero esa vez no, esa vez nada, ni la tormenta más fuerte ni el viento más intenso, ni nadie, ni siquiera sus amigos o sus padres, iban a negar que Draco era de Hermione y Hermione de Draco. Y eran eso, ellos. Simplemente, sin verbos, ni determinantes posesivos. Eran confianza, amor y lealtad. Eran sin que su ser opacase ni cohibiese al otro. Eran la razón de sus ganas, de sus ganas de quererse, de verse a besos. No eran querer olvidarse, ni volver, ni caer, aunque pudiesen. Eran el arriesgarse, el hacerlo, el saltar, consiguiesen o no cerrar las heridas, porque todo era por ellos. Porque eran su propia historia de amor, independientes pero con una continuidad inevitable. Y ya no lo evitaban porque no le debían nada a nadie. Y tras estar meses viviendo el uno sin el otro eran libres para decir que ahora eran dos. Pero dos en uno.

  Y siempre se pone de ejemplo de romance el de Romeo y Julieta, pero, al fin y al cabo, ellos eran dos niños casi adolescentes que simbolizaban un amor breve y malo, un capricho que acabó con todos muertos.
  Hermione siempre defendía que para historia la suya, y, sinceramente, si alguien era capaz de decirle que no, que era imposible, ya iba tarde porque estaba bailando con Draco y nadie iba a convencerla de que las miradas que estaba recibiendo por parte de su recién marido eran mentira. Así que, tal y como decía siempre Ginny, el Dramione era, es y será real.

Dramione One ShotsHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora