No era habitual que cenasen solos ese día, o iban con sus padres o con sus amigos, pero una casuística había hecho que ese año pasasen la Nochebuena solos.
Hermione estaba poniendo la mesa para que los dos cenasen mientras él preparaba la decoración.
—Cariño, ya está la cena —le avisó Hermione entrando al salón.
—Ven, te quiero dar tu regalo —dio unas palamaditas en el suelo junto a él.
—¿Ahora? —preguntó sorprendida, su novio no era de saltarse las tradiciones.
—Sí, ya que este año no cenamos ni con mi madre, ni con tus padres, ni con nuestros amigos, podemos cambiar la tradición —contestó cogiendo un paquete en forma de cubo.
—Vale... —se sentó junto a él y se colocó el gorro navideño, que se le movía—. Como me hagas llorar te mato —advirtió cogiendo el paquete.
—No creo que llores por esto —repuso él sonriendo.
Hermione deshizo el nudo de la cinta roja que envolvía el papel plateado del envoltorio con cuidado, siempre lo hacía despacio, recreándose en las expectativas que le producía la incógnita de qué se iba a encontrar. Cuando quitó la cinta y la dejó en el suelo descubrió que la propia caja tenía de decoración una cinta roja. Se detuvo antes de abrirla y le miró: Draco había pasado su brazo izquierdo alrededor de la cintura de Hermione y simplemente la miraba mientras ella se ocupaba del regalo.
—Muchas gracias —le besó en los labios rápidamente.
—No lo has abierto —sonrió sin dejar de mirarla.
—No me hace falta, tus regalos son siempre maravillosos —y acto seguido le pegó un puñetazo en el hombro.
—¡¿Y esto?! —protestó sorprendido.
—Porque tus regalos siempre me hacen llorar.
—Ya te he dicho que no vas a llorar. Y tanta prevención no me está gustando —renegó.
—Exagerado, solo ha sido un golpecito —dijo con suficiencia sin mirarle a él, centrándose en el regalo.
Fue retirando lentamente la tapa y en cuanto la hubo retirado pudo observar una preciosa bola de nieve.
Cuando Hermione tenía siete años, el hermano de su madre le regaló una bola de nieve de París. Desde entonces les cogió especial cariño y siempre que podía cogía una de algún lugar. Esa bola era enorme y brillaba de manera totalmente iridiscente. Dentro se podía vislumbrar el castillo de Hogwarts. Una lágrima se le escapó. Miró a Draco sin abandonar la sonrisa de asombro y maravilla que se le había quedado, él sonrió de vuelta.
Hermione dejó la tapa de la caja junto a ella y cogió la bola de nieve. En cuanto la colocó en posición vertical, esta se iluminó y comenzó a nevar dentro. Como evidentemente era mágica no dejaba de nevar y todo brillaba, los pajaros volaban dentro del cristal, la chimenea de la cabaña de Hagrid humeaba, se veían diminutos alumnos deambulando entre la nieve y a algunos volando sobre el campo de Quidditch.
—Mira —Draco señaló la Torre de Astronomía y se veía dos minúsculas personas, una con la bufanda de Slytherin y otra con la bufanda de Gryffindor.
—Somos nosotros... —susurró asombrada.
—Sí, somos tú y yo intercambiando regalos las navidades de 1996, cuando estábamos en sexto —respondió.
—Es espectacular... —estaba absolutamente fascinada.
—Según cambien las estaciones variará la climatología de la bola y dónde nos encontremos tú y yo, podrás ir viendo los cambios día a día —explicó.
—Si es que todos tus regalos son maravillosos —dijo antes de besarle con ímpetu. En cuanto se separaron, Draco se cubrió los brazos con las manos—. ¿Qué haces? —preguntó observándolo.
—La última vez que me besaste después me pegaste —ella rió y volvió a besarle—. Es un regalo tan maravilloso que esta vez te lo paso —volvió a mirar el regalo—. Es precioso, muchísimas gracias, cariño —le abrazó y dejó que él besase su coronilla.
—Me alegro de que te guste —dijo Draco apoyándose sobre su cabeza.
Se quedaron abrazados, él apoyado en su pelo, ella admirando su bola con Hogwarts dentro.
—Deberíamos ir a cenar —sugirió Hermione.
—Deberíamos —se puso de pie y tendió la mano para ayudar a que se levantase.
—Me gusta la idea de pasar la Navidad contigo a solas —comentó mientras ambos entraban de nuevo en la cocina.
—A mí cualquier cosa que tenga que ver contigo me parece bien, así que... —besó su cabeza y ambos se sentaron a cenar.
—Brindemos —dijo ella sonriendo mientras alzaba su copa con vino.
—Por nosotros —respondió entrechocando sus copas.
Unas horas después ambos estaban en el sofá, Draco con la cabeza apoyada en las piernas de Hermione y ella acariciando su pelo mientras veían el programa especial de Navidad de la televisión muggle, que estaba hablando sobre lugares exóticos dónde celebrar las fiestas navideñas.
—Mira, un año podríamos celebrarlas en Brasil —sugirió Hermione observando los bailes en la playa de los brasileños.
—¿Sobrevivirías a una Navidad sin nieve? —preguntó él.
—No lo sé —meditó—, supongo que si el cambio es por bailar en playas de ensueño con el agua calentita y encima bebiendo cócteles, no me importaría.
—Bueno, pero no te pienses que voy a ponerme un bañador de esos —señaló con horror a un chico que bailaba con un bañador-tanga que dejaba muy poco a la imaginación —Hermione dio una carcajada.
—Tranquilo, yo tampoco pienso ponerme un bikini de esos —le imitó riendo.
—Por Morgana, si tienen que tener frío...
—No creo, es un país tropical. Y no sé por qué estás tan escandalizado cuando tú, en verano, vives en calzoncillos —dijo para molestarle.
—Pero mis calzoncillos a ellos les valen de pantalones, tienen mil veces más tela... Por favor, si ese se está tapando con un hilo —negó con la cabeza y ella dio una risita.
—Para las próximas navidades te regalaré uno de esos —comentó muerta de risa mientras él ponía los ojos en blanco.
—Pero es que además ese programa se equivoca —decretó Draco ignorándola.
—¿Ah sí? ¿En qué? —cuestionó esperando cualquier tontería.
—Dice que hay siete maravillas en el mundo y hay ocho —afirmó rotundo.
—No Draco, hay siete —rebatió ella.
—¿Has visto mi culo en estos pantalones? Hay ocho —Hermione se echó a reír, daba igual lo mucho que lo conociese, nunca era capaz de saber cuáles iban a ser sus salidas a la hora de bromear.
—Aprovecha que estamos solos porque si cenásemos con tu madre estas cosas no podrías decirlas —le recordó.
—Ya... ¿Sabes una cosa? Me gusta la idea de estar a solas, últimamente me apetece compartir cosas solo contigo, como hacíamos antes, hablar de esas cosas que no podemos, que nadie debe saber, que son nuestras —Hermione le miró sin entender muy bien por dónde iba y él siguió hablando, aún tumbado sobre sus piernas—. Ya sabes, inventar verbos para esas miradas que sólo entendemos tú y yo y conjugarlos todos en presente y en plural, porque no me imagino un lenguaje que no sea así desde que llegaste a mi vida. Merlín santo, que cursilada tan real acabo de soltar —ambos rieron y Draco se incorporó para sentarse junto a ella—. No sé, es todo tan nuevo para mí, por primera vez todo lo mío es tuyo: lo que pienso, lo que hago, lo que siento... Y, joder, es la primera vez que no me cuesta, es la primera vez que... Que me gusta compartirlo —ella sonrió al oírle porque se veía que le costaba explicarse—. Te veo haciéndome huequecitos en tu vida para ir metiendo mis manías, mis costumbres, mis miedos y todas esas tonterías que hago para hacerte reír —sonrió mientras hablaba—. Y poco a poco me salen las sonrisas más rápido y más grandes, y se me escapa una chispa mayor de los ojos y me creo capaz de iluminar el mundo entero con ella —miró a la chica, que estaba apoyada sobre el respaldo del sofá mientras le escuchaba—. Pero luego me doy cuenta de que no, que el mundo lo iluminas tú y lo sé perfectamente porque cuando no estás se apaga.
—Ya empezamos... —protestó ella notando las lágrimas picando por salir y buscando rápidamente un pañuelo de papel.
—Lo siento —se disculpó acercándole la caja de los pañuelos—, sé que no te gusta que te lo diga pero es que a veces me sale solo —acarició su mejilla—. Me apetece pasar todas las tardes de mi vida escuchando el ritmo de tu respiración, tu risa y el eco de tus pasos por el pasillo. Verte fruncir el ceño, caminar contigo por la calle, abrazarte cuando menos lo esperes y quedarme embobado con el milimétrico vacío que separa tus labios después de reír —Hermione no pudo evitar una sonrisilla por la cara que él había puesto—. Es que siento como si hubiera descubierto de repente que la rutina es algo maravilloso si lleva tu nombre, como si yo, que no soy muy amante de la Navidad, pudiera pasarme todas las navidades de mi vida buscando el árbol perfecto contigo. Porque, atención porque lo mismo lloras —ella rió—, eso eres tú, eres la mañana de Navidad para un niño pequeño, la que me rompe los esquemas y me convierte en alguien mejor solo con existir, que nunca pide nada y haces que quiera dártelo todo una, y otra, y mil veces. Así que quiero esa complicidad para poder decir cosas que solo tú entiendas porque de verdad qur no quiero que pase ni un solo día sin que sepas que me enamoro de ti cada vez que te veo —Hermione se sonó los mocos ruidosamente y Draco se rió obteniendo un puñetazo—. ¡AY! —se frotó el brazo dolorido.
—Eso por tonto. ¿Te perdono el golpe con el regalo y ahora me sueltas esto? —él sonrió tímido pidiendo disculpas con la mirada.
—Lo siento —ella le miró seria, intentando echarle la bronca pero su sonrisa era contragiosa.
—¡Deja ya de reírte! —protestó provocando en él una gran carcajada que sofocó abrazándola.
—Feliz Navidad, Hermione —besó su cabeza.
—Feliz Navidad —y pasando los brazos por su cuello le besó en los labios.
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Dramione One Shots
FanfictionBreves historias sobre Dramione. La autoría es completamente de JK Rowling, yo únicamente uso sus personajes y su universo para un fin lúdico. Portada por: captbexx. Créditos a los dueños de las imágenes (especialmente a Upthehillart). Para que no...
