El silencio afirmó

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  Había llorado tanto que ya ni sabía cómo podía seguir sacando lágrimas por sus ojos.
  Habían sido amigos desde segundo, se había enamorado de él en cuarto y ya lo había dado por algo platónico antes de llegar a quinto.
  Había sufrido mucho: durante sus falsos piques en Hogwarts, cuando apenas se podían ver por culpa de Umbridge, mientras él llevaba a cabo la espantosa tarea encargada por Voldemort y en su búsqueda de los horrocruxes cuando se separaron y temió por su vida.

  Pero Hermione sabía que nada podía salir bien. Si Voldemort ganaba, ella moriría, si ellos ganaban, Draco sería repudiado.
  Y así llegó el día de la batalla. Y entre polvo, caos, ceniza y muerte él apareció. La salvó de un mortífago y, sin que ella pudiese hacer nada la besó, y con eso destruyó sus esquemas. ¿Con que derecho se atrevía? Él... Con esa audacia... Arrasó a Hermione como nunca antes, y solo le hicieron falta dos jodidas palabras.
  —Te quiero —susurró antes de besar su frente y salir de allí corriendo.

  El final de la guerra, llorar a los muertos. El funeral de Fred fue de lo más horrible que ella pudo presenciar. Todos los Weasley estaban destrozados y Harry no podía ni hablar. Ella salió y les dejó con su dolor. Hermione tenía que gestionar el suyo propio. Entonces le vio, al fondo, oculto entre unos árboles. Estaba pidiendo perdón por todo lo que no había podido hacer físicamente. Ella echó a correr hacia él, le dio igual todo, pero no logró alcanzarle: se desapareció antes de que llegase hasta él.

  Y ahora lloraba. Lloraba porque le quería y porque no sabía como encontrarle. Lloraba porque ese beso había significado todo. Lloraba porque le iban a condenar por mortífago y no sabía si iba a poder evitarlo.
  —Hermione —Harry sacudía su hombro con delicadeza y ella volvió a la realidad—. Es la hora —anunció colocándose las gafas.
  Hermione se limpió los ojos con un pañuelo y se encaminó junto a su mejor amigo a la sala.

  El juicio estaba siendo costoso. Habían testificado a favor y en contra varias veces a lo largo de la tarde y a Hermione la espera se le estaba haciendo eterna. Pasaron los señores Malfoy y sabía que después venía él.
  —Bien, ahora damos paso al juicio de  Draco Lucius Malfoy—. La voz del Ministro hizo que le diese un vuelco al corazón. Allí estaba. Pálido, ojeroso, y con aspecto de haber rozado la muerte, más aún que cuando le vio en la batalla.
  No logró atender a nada del juicio y cuando fue su turno de testificar no fue capaz de mirarle a los ojos porque sabía que lloraría. Cuando acabó de hablar supo que Draco se libraría. Harry y ella habían hablado favorablemente de él, nadie en ese momento tenía más importancia que Harry. Draco no volvería a Azkaban.
  El juicio acabó. Draco y Narcisa Malfoy fueron exculpados pero Lucius Malfoy fue condenado a un tiempo en Azkaban.

  Salían del ministerio cuando Harry se detuvo.
  —¿Qué pasa con Malfoy? —preguntó serio.
  —Nada.
  —Hermione, te conozco. Nunca habías estado tan mal como lo estás ahora. Es por él, lo veo en tu mirada. ¿Qué no me has contado?
  —Ven, vamos a tomar algo. Es largo de contar —y con un suspiro se preparó para la verdad.
  Una vez que le explicó todo, Harry comprendió que nada podía hacer. Hermione quería a Malfoy como él quería a Ginny.
  —Ve a buscarlo.
  —Pero cómo...
  —Te quiere. Le quieres. Ya está. Ve a buscarlo.

  Hermione asintió. Harry estaba en lo cierto. Se levantó de la terraza del bar en el que estaban, besó la mejilla de su amigo y se desapareció.
  La Mansión Malfoy no era tan horrible como la recordaba. Mejoraba sin tanto mortífago suelto.
  La puerta de fuera estaba abierta así que entró. Parecía que hubiese habido una inundación, todo estaba destrozado. Cruzó el jardín y llegó a la puerta. Llamó.
  Pasaron unos segundos interminables hasta que la puerta se abrió. Narcisa Malfoy apareció en el umbral. Tenía aspecto cansado pero se sorprendió mucho al verla.
  —Señorita Granger, un placer verla. ¿Cómo está?
  —Bien, señora Malfoy. ¿Y usted? —contestó nerviosa. Narcisa sonrió.
  —Subes. El pasillo a la derecha, segunda puerta a la izquierda. Te lleva esperando años —fue la respuesta de la mujer. Hermione tardó unos segundos en asimilar la información de Narcisa.
  —Yo...
  —Ve, por favor, no le hagas esperar más —apremió.

  Hermione subió las escaleras con una lentitud exasperante. No podía correr, le parecía irreal encontrarse con él al fin. Giró a la derecha y al llegar a la puerta cogió aire. Llamó. Draco abrió.
  Se miraron. La miró, siempre lo había hecho, eso de mirarla durante un segundo, durante un minuto, durante mucho rato porque joder, lo hacía en ese momento, y quería seguir haciéndolo al minuto, y al día siguiente, y, con suerte, toda la vida.
  Hermione sonrió. Por primera vez en meses sonrió. Porque sí, porque con él delante no costaba, era fácil, porque podía, porque tenía mil motivos y todos terminaban en él. Y él devolvió la sonrisa.
  Y alguien se acercó. No supieron quién de los dos, pero estaban unos centímetros más cerca. Aunque ellos se sentían infinitos en sus miradas. Y se acercaron otro poco. Y el mundo se apagó, frenó y detuvo el ritmo. Eran ellos solos. Se acercaron un poco más. Podían escuchar los latidos desbocados del otro. ¿O quizá eran los propios?
  Y la luz de sus vidas, que estaba apagada, se encendió. Y ahí estaban, en ese lugar seguro que era el espacio entre sus miradas, entre sus pestañeos, sus labios, sus pensamientos, ahí, pequeño y seguro. Y una mirada igual a la de aquel día en la batalla. La de no te vayas, no me iré, espérame, te esperaré. Y se acercaron más. Y Hermione quería gritar que nunca habría manera de que se separasen. Ni en ese momento, ni al día siguiente, ni nunca. Que no la había, en ningún rato, en ningún siempre.

  Y es que con esa mirada se afianzó que no podían vivir el uno sin el otro.
Y ella se dejó caer sobre él. No tenía fuerzas ni para abrazarle. Solo cerró los ojos y apoyó la cabeza en su pecho.
  Él, también sin ver, introdujo las manos en su cabello.
  —Te he echado de menos.
  —Yo también.
  —No sabes cuánto.
  —Seguramente sí.
  Y entonces la abrazó. Y él por fin notó que ya no estaba incompleto. Y ella se dio cuenta de que podía parar de llorar al fin. Y se besaron. Y en ese silencio, que solo era interrumpido por sus corazones latiendo y sus respiraciones besándose, ese silencio dio su visto bueno. Y ya todo dio igual.

Dramione One ShotsHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora