6. El diario de Jimi

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— ¿Tus padres saben que tú eres... así?— me dijo él con curiosidad, estaba sentado en su cama y yo miraba su casa como si no fuera a tener otra oportunidad en la vida.
— Sí. Les dije cuando tenía seis años— respondí.
— ¿Y no les dio un infarto?
— Ambos aceptaron que yo no era común. No trataron de cambiarme.
— Para ser tan valiente como para decirle al mundo lo que eres no tienes mucha experiencia.
— ¿A qué te refieres?— dije, me senté a su lado.
— A que eres vírgen.
— ¡Dame mi paraguas, me voy de aquí!— dije molesto.
— ¡Espera, no te alteres! ¿Por qué te ofendes tanto? ¡Es cierto!
— ¡Deja de burlarte de mí!— dije enojado.
— Es que es gracioso. Es decir, no puedes asegurar que únicamente te gustan los chicos. Tal vez si besaras a una chica descubrirías que son lindas, huelen bien, pueden hacer tu tarea y tienen el cabello sedoso y brillante. Y las uñas pintadas de colores llamativos.
— Estoy seguro de mí. ¿Y tú qué sabes? No es como si hubieras tenido muchas relaciones.
— Mi primera relación seria fue a los doce. Se llamaba Magda. No recuerdo mucho de ella, sólo que sus manos era muy pequeñas. Luego salí con Andrea, terminamos, conocí a Helena, me dejó por un amigo, comenzó a gustarme Mary y luego de dos meses se volvió mi novia.
— ¿Terminaste con ella?
— Sí, nos éramos el uno para el otro. Luego conocí a Alex y la olvidé por completo.
— Debió ser muy bonita como para que olvidaras a Mary— dije, era obvio.
— Él. Era un chico.

Lo observé del mismo modo que a su casa. Salió con un chico. Lo que explicaba porqué no le importó besarme. Tenía sentido.

— Creo que en la vida hay que experimentar todo. De otra forma no sabrías qué está bien o mal en el mundo— dijo.
— ¿Qué pasó con él?— dije.
— Resulta que él tenía cosas más importantes en qué pensar. Y al final no fui suficiente. Pero no importa— dijo un poco triste.
— Lamento eso.
— No. De todas formas no iba a funcionar. Pero fue bonito mientras duró.
— Qué bien que lo veas así.
— Ya en serio, enanito— dijo, lo miré—, dime si te gusta algo.

Observé alrededor. Cuántas cosas antiguas. Incluso tenía muchos de esos discotes de antes.

— Cuánta música— le dije—. Parece que te quedaste atrapado en el siglo pasado.
— Esas canciones nunca pasarán de moda.
— Sonaste como a mi padre... ¿Rollings Stones?
— Los amo— dijo.
— Supongo que sí...
— Lamentablemente no regalo mi música. Tu beso no vale tanto.
— ¡Dame mi paraguas!— dije molesto.
— ¿Siempre eres tan sensible?— dijo entre risas.
— ¿Y tú sueles ser así de idiota o sólo los martes?
— Toda la semana. Y necesitas relajarte más. Respira profundo...
— No soy como tú.
— Ya lo sé, enanito. Si fueras igual a mí no me interesarías.

No supe a qué se refería. Prefería no saber. Era mejor así. Después de todo, cuando la lluvia pasara todo volvería a ser igual.

— ¡Ya sé qué te vendría bien!— dijo, me giré para verlo—. Toma.

Recibí un libro. Romeo y Julieta. Lo tomé.

— Ya tengo éste libro— dije.
— Lo sé. Me golpeaste con él. Pero éste es especial.
— ¿De verdad? ¿Reviviste a Shakespeare e hiciste que lo firmara?— dije.
— Aún no descubro la forma para devolverle la vida a los muertos. Por ahora. Pero está en mi lista de pendientes.
— ¿Entonces qué lo hace especial?— dije.
— Que es el primer libro que compré con mi primer salario. ¿Acaso no es suficiente con el simple hecho de ser yo quién te lo de?

Evan tenía la increíble habilidad de dejarme sin palabras. También podía hacer que algo tan sencillo significara mucho.

— ¿Debo agradecértelo?— dije.
— Si quieres mostrar tu afecto con otro beso no tengo nada en contra.
— No haré eso. Además no importa. Mañana seremos extraños así que da lo mismo lo que haga hoy— dije.
— No tenemos porqué ser desconocidos.
— Tú necesitas conservar a tus amigos. Quieres que los rumores sobre ti no sean verdad así que si alguien te ve conmigo lo más probable es que quieras ignorarme.
— ¿Tú lo quieres así?— intentó tomar mi mano pero no me dejé.
— Es mejor así. Es más fácil. No es como si fuera tu amigo. Sólo soy la persona que te prestó su paraguas.
— Si quieres que finja no conocerte entonces está bien.

Ese era el problema. Que una parte de mí deseaba que él no lo hubiera aceptado tan fácilmente. De alguna forma eso hizo que me doliera un poco el corazón. No entendía por qué. Todo era muy confuso.

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