197. El diario de Jimi (en una boda)

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Llegó el día. De hecho, ni siquiera me di cuenta cómo pasaron los días tan rápido. El ciclo escolar terminó. Las vacaciones acababan de empezar. Nada mejor para iniciar tanto tiempo libre que ir a una boda. Al menos eso pensaba yo. Zac, por otro lado, creía que las bodas eran inecesarias. Laura le decía que no, pero él seguía sin creerlo.
Así, aquella mañana, mientras todos esperaban a que llegara el momento de ir a la iglesia, yo me encontraba muy nervioso.

— Jimi— me dijo Jason—, estás más nervioso que el novio.
— Me emocionan las bodas— dije—. No he ido a ninguna para ser honesto. Mis tías se han casado pero como me odian, no me invitan.
— ¡Eso es lo más deprimente que he escuchado en toda mi vida!— dijo George.
— Para mí no es tan triste. ¿O sí?— dije.
— Claro que sí. Por eso no lo digas— me dijo él—. No quiero a nadie deprimido.
— Lo siento— dije.
— Tranquilo. No pasa nada... por cierto... me casaré con Lucille y ella es prima de Evan. Por lo tanto Evan se volverá mi primo. Como tú quizá te cases algún día con Evan... ¡Significa que eres mi primo ahora! ¿No es gracioso y extraño?
— ¡Es genial!— dije emocionado.
— ¿De qué hablan?— preguntó Zac, que se acercaba a nosotros.
— Acabamos de descubrir algo grandioso— le dije—, indirectamente George y yo somos como primos.
— ¿Y por eso te ves tan emocionado?— me dijo él—, se nota que no vives con George.
— Zac, ¿No podrías al menos fingir que me amas hoy?— dijo George—, recuerda que es el día de mi boda.
— Confórmate con que Jimi crea que es bueno que ustedes sean primos— dijo Zac—, créeme, es más de lo que mereces.

Llegó Will. Se veía bien.

— Llegas tarde— le dijo Zac.
— Me perdí de camino para acá— dijo Will.
— No me sorprende para nada— dijo Zac.
— Todos se ven muy bien— dijo Will—. Jimi luce adorable.
— ¡Lo sé!— dijo Evan.
— Laura, te ves hermosa— le dijo Will.
— Gracias— dijo ella—. El rosa es mi color. Además, hoy soy dama de honor. Me siento con suerte.
— Te ves muy dulce— le dijo George—. Espero que no intentes matarme por tercera vez.
— No, hoy no— dijo ella—. No soy tan mala como para arruinarle la vida a alguien. Ya habrán otros días para eso.
— ¿Qué?— dijo George asustado.

Los padres de Zac aparecieron. Estábamos en su casa. Habían acondicionado el jardín y la casa en general para la recepción de la boda. Se veía hermoso. Habían flores por todas partes. Jill se había encargado de eso. Pensé que así se debería ver el paraíso.

— Ya es hora— dijo el padre de Zac.
— ¿Cómo estoy?— preguntó George—, ¿Me veo bien?
— ¿Quieres la verdad o que te mienta?— preguntó Zac.
— ¿Con qué opción serías más amable?— preguntó George.
— Con ninguna— dijo Zac—. No soy amable. Soy malo.
— Zac, no digas eso— le dijo Laura—. No es bueno para tu imagen. Ahora eres presidente.
— No es justo— se quejó Zac—. Quiero ser malo.
— Ya podrás ser malo todo lo quieras después de la boda— le dijo su padre—, ahora debemos irnos.

George iría en su auto con sus amigos de la universidad. Nadie había visto a Lucille hasta entonces. Ella aparecería después. Se suponía que Will iría con sus amigos de la universidad y con George, pero no confiaba en que Zac supiera manejar bien su auto así que se ofreció a llevarnos. Laura iría junto a la novia así que en el auto de Will sólo irían Zac, Jason, Evan y yo.

Subimos.

— ¿Puedo conducir?— le preguntó Zac a Will.
— No creo que sea apropiado— dijo Will.
— Pero quiero conducir— se quejó Zac.
— Tal vez de regreso— dijo Will.
— ¿Quieres matarnos?— preguntó Evan—, Zac es el peor conductor del mundo.
— Claro que no— dijo Zac.
— Quizá sólo necesitas más práctica— dijo Jason—. Will podría enseñarte. Tendrán tiempo libre apartir de ahora, ¿No?
— ¡Qué buena idea!— dijo Zac.
— Will, buena suerte— dijo Evan.

Will no dijo nada. Parecía pensativo. Últimamente parecía muy pensativo. Como si existiera algo que lo molestara.
El auto empezó a moverse.

— Jamás he ido a una iglesia— dijo Zac—, ¿Creen que si entro empezaré a arder en llamas?
— ¿Qué eres, un demonio?— preguntó Evan.
— Zac, es imposible que empieces a arder sólo por entrar en un lugar— dijo Jason.
— Si me toca agua bendita, ¿Me derretiré?— preguntó Zac.
— ¿El agua es ácido?— pregunté.
— Si fueras un demonio te derretirías— dijo Evan—, pero no lo eres ¿Cierto? Porque si lo eres tienes que decirme.
— Supongamos que lo fuera— dijo Zac—, ¿Qué harías?
— Llevarme a Jimi muy muy lejos de ti y buscar un sacerdote que te haga un exorcismo— dijo Evan.
— Los exorcismos me gustan— dijo Zac.
— No creo que los de las películas sean como los de la vida real— dijo Jason.
— Entonces qué bueno que no soy un demonio. Aún.
— ¿Aún?— pregunté.
— Tranquilo Jimi— dijo Zac—, aunque yo fuera un horrible engendro del demonio, jamás te haría nada malo. En cuanto a Evan, yo empezaría a cuidarme las espaldas si fuera él.
— ¿Por qué?— dijo Evan asustado—, ¿Algo va a pasarme?
— Quizá— dijo Zac.

Evan se acercó a mí. Me susurró que “Zac daba miedo”.

— Claro que no— dije—. Todo es una broma.
— O no— dijo Zac.
— Will— se quejó Evan—, Zac me está molestando.
— Zac, tengo dulces en la guantera— dijo Will.
— ¡Dulces!— dijo Zac e inmediatamente se puso a buscar.

Miré por la ventana. El día estaba precioso. El sol resplandecía como nunca. Había una atmósfera de paz inigualable.
Se sentía como el fin de algo pero sin serlo. Me emocionaba y al mismo tiempo daba miedo. Entonces, Evan tomó mi mano. Lo observé. Me sonrió. Le regresé la sonrisa.

Llegamos. Bajamos. Solté la mano de Evan. Pero no quería hacerlo. Había mucha gente. Pero no me sentía incómodo. Me sentía bien. Me sentía seguro. Muy nostálgico.

George estaba muy nervioso. Alterado. Will, la chica rubia y otros chicos trataban de animarlo. Evan estaba junto a mí. Apareció el sacerdote. Nos invitó a entrar. Eso hicimos. Por un momento me sentí fuera de lugar. Mis tías decían que dios odiaba a la gente como yo. Que se suponía que no debía estar ahí. Pero no me sentía fuera de lugar. No sólo eso. Me sentía afortunado. Lo era. Mi vida había cambiado mucho. Tenía amigos. Tenía a alguien a quien amaba. Tantas cosas buenas habían pasado y... se sentía como si dios me las hubiera enviado. Como si yo no estuviera en el mundo equivocado, como me sentí casi toda mi vida. Estaba en donde debía estar. Así se sentía.

La novia llegó. La profesora se veía hermosa. Mientras caminaba y sonaba la marcha nupcial, no dejé de mirar su cara. Veía a George, en el otro extremo. Sus ojos lo decían todo: emoción, miedo, alegría, nervios. Como si todas sus vidas se resumieran en ese momento. Como si nada más importara. George quería llorar. Se podía ver. Imaginé que probablemente sentía que podía morir de felicidad. No pude evitar conmoverme.
Evan estaba junto a mí. Busqué su mano y la sujeté sin dejar de ver a la novia.

Me sentí feliz. Todos se veían así.

Sabía que todo eso no era el fin. Que había mucho más por venir. Tantas cosas que me emocionaban.

La vida era hermosa. Impredecible. Llena de giros inesperados. Pero siempre sabía qué hacer. Así que sólo apreté con fuerza la mano de Evan y dejé que el destino siguiera su curso.

Que pasara lo que tuviera que pasar. Yo estaría listo para lo que fuera.

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