24. El diario de Jimi

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Por la tarde fuimos a ver a Will. Pero estaba ocupado. Así que esperamos. Y esperamos. Y seguimos esperando.

— ¡Al demonio el concurso!— dijo Zac molesto—, estoy dispuesto a renunciar si tengo que esperar más en este consultorio. ¿Ves cómo me mira la recepcionista?
— Creo que le gustas— le dije—. Es muy bonita.
— Soy como un imán para atraer gente que no me gusta. Y todas me miran así, ¿Qué tanto ven? Es muy molesto.
— No deberías hablar así de las chicas.
— Estoy estresado. ¿Porqué tarda tanto?
— Está en consulta con alguien— dije—, la recepcionista dijo que hay que esperar.
— Ya lo sé, pero llevan como dos horas ahí dentro. La persona que atiende debe ser la más enferma del país.
— Eres muy impaciente.
— Cada minuto que paso aquí mueren 10 de mis neuronas. Voy a quedar idiota, como todos los que van a nuestra escuela.
— Luego te preguntas por qué no tienes amigos— dije y suspiré.
— Soy la persona más hermosa del mundo. Todos me aman. No necesito amigos. ¿Cuánto ganará el doctor? Éste lugar es bonito. Debe tener dinero. Apuesto a que su novia lo quiere sólo por eso.
— No tiene novia. Y no todos se interesan por cosas materiales. El dinero no hace la felicidad.
— Tienes razón— dijo, muy serio—. No la hace. La compra hecha— sonrió.

Automáticamente decidí dejar de perder el tiempo tratando de hacerlo sentir mejor. Se abrió la puerta. Y salió el doctor con una señora y un chico en silla de ruedas. Miré enojado a Zac.

— Lamento haber dicho eso— dijo molesto—. Y ya que estamos aquí...

Entonces su teléfono empezó a sonar.

— Tengo que contestar, encárgate de hablar con él, ésto va para largo. Es mi mamá— dijo.

Salió del lugar. Me quedé ahí, como tonto. Esperé a que la señora se fuera con su hijo y luego entré al consultorio.

— Lamento hacerte esperar— dijo Will.
— Está bien. No esperamos mucho— dije.
— ¿Y en qué puedo ayudarte, Jimi?
— Hay muchas cosas que quería preguntar...

Tomé mis libros y le mostré las preguntas en las que nos atascamos Zac y yo. También me disculpé porque él no pudiera entrar. Le dije que hablaba por teléfono con su madre.
Me explicó todo lo que no sabía. Era muy bueno como maestro. Hasta que llegamos a una pregunta cuya respuesta era desconocida hasta por dios.

— Creo que tengo apuntes de este tema en mis cuadernos de cuando estaba en el instituto— dijo—. Tendría que buscarlos.
— No hace falta que te molestes— dije—, ya encontraremos la forma de...
— No te preocupes— me interrumpió—, no es ninguna molestia. Claro, si no te importa esperar un poco. No iré a casa hasta la noche. Y me llevará un tiempo buscar mis cuadernos viejos.
— No es ningún problema... aunque ya es tarde.
— Tienes razón. Lo buscaré y cuando lo tenga te llamo para que vengas por él.
— Está bien— dije—. Muchas gracias.
— No te preocupes Jimi. Si necesitas algo sabes que puedes contar conmigo. Estoy al alcance de una llamada.
— Gracias. Me gustaría poder decir lo mismo pero no estoy seguro de poder ayudarte en nada. Pero si está en mis posibilidades puedo hacerlo.
— Te lo agradezco. Ya sabes que estoy siempre aquí. Disponible para ti, las veinticuatro horas al día, los siete días de la semana.
— ¡Eso es exagerar!— dije feliz.
— No, si de verdad me necesitas yo podría ir corriendo a ayudarte en cualquier momento.
— ¿Porqué? — dije curioso.
— Porque somos amigos. Y tengo la sensación de que eres una persona muy especial.
— Ah...— dije nervioso.

No supe cómo tomar eso. Era un cumplido, ¿Cierto?

— Entonces está bien— dije y sonreí—. Tengo que irme.
— Desde luego— dijo, se levantó para abrirme la puerta.

Afuera, estaba la escena más rara que podía haber visto: Zac estaba al borde de un ataque de ira porque la recepcionista le hablaba hasta por los codos. Aún así él sólo escuchaba sin decir nada pero podía ver el aura maligna salir de su cuerpo.

— ¡Jimi!— dijo cuando me vio salir, fue a alcanzarme—, ¡Qué bueno que ya estás aquí!
— También me alegra verte— le dije—. Te presento al doctor William Harper.
— Hola— dijo Zac.
— Un placer conocerte. Y felicidades por pasar a las semifinales.
— Gracias. Es muy difícil pero Jimi y yo planeamos seguir su ejemplo y llegar a la final— dijo Zac, me sorprendió que estuviera siendo educado.
— Me halagas— dijo Will—. Les deseo suerte a ambos. Y cuentan con mi ayuda cuando lo necesiten.

Nos despedimos y salimos del edificio. Caminamos por la calle. Zac estaba muy pensativo.

— ¿Pasa algo?— pregunté.
— Él no me agrada— dijo.
— ¿Por qué?
— Hay algo que no me gusta de él. Parece demasiado perfecto. Y te mira de forma extraña.
— Yo creo que es perfecto. No creo que mire de manera rara.
— Pues no es lo que me parece. ¿Porqué tardaste tanto? Cinco minutos más y me habrías encontrado en un callejón como víctima de un crímen.
— Eso no es cierto.
— Ya sé que soy irresistible pero no soy gratis. Ella debería saberlo.
— Otra vez estás siendo malo— dije.
— De todas formas, Jimi— me miró—, no te tomes mucha confianza con el doctor. Recuerda que es un adulto.
— Lo sé. Pero es una buena persona.

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