Quedamos de vernos otro día en la tarde en su casa. Llegué muy puntual.
— ¿Tus padres te dejaron venir hoy por tanto tiempo?— dijo Evan.
—Sí. Les pedí permiso. Papá no estaba muy convencido. Pero mamá sí. Y tengo que aprovechar. Hoy es tu día libre. Y Zac dijo que no estudiaríamos por la tarde. Es perfecto.
— Tienes razón— dijo, contento—. Hoy te tengo sólo para mí. Me preguntó qué haré contigo...
— Aún cargo con el gas pimienta que me diste. Sabes que si debo voy a usarlo.
— Qué buen niño eres. La próxima vez que quieras usarlo que sea en la cara de Zac.
Me senté en su cama. Y luego, como si recordara algo importante se puso a buscar en un cajón de un viejo armario. Hasta que encontró lo que buscaba. Eran unos cdts.
— Mira, mi colección de música— dijo orgulloso.
— Tienes muchos.—dije mientras tomaba unos.
— Lo sé. No suelo mostrárselos a muchas personas porque no cualquiera entiende mi sofisticado gusto músical.
— Desde luego que no. Muchos de estos grupos son totalmente desconocidos para mí— dije.
— Algunos no tanto. Tengo música para bailar.
— ¿Te gusta bailar? No parece.
— En la secundaria en donde fui la materia de artes era opcional. Así que elegí bailes de salón en lugar de pintura. Pensé que no haría nada pero me obligaron a bailar. Aprendí por las malas pero cuando menos me di cuenta ya me gustaba— dijo.
— Qué envidia. Siempre quise aprender. Pero soy torpe. Debe ser genial.
— ¿Quieres que te enseñe?— dijo, entusiasmado.
— ¿Qué? ¡No! Soy muy malo en eso. Te pisaría el pie.
— No importa, vamos, levántate.
Me puse de pie y él me quitó el disco que sostenía en la mano. Lo sacó y lo puso en un viejo mini componente.
Comenzó a sonar una canción.
— Dame la mano— dijo, extendiendo su brazo hacia mí—. Bailemos.
— Soy muy torpe. ¿De verdad quieres que lo hagamos? ¿Y si alguien nos ve y piensa que estamos locos?
— ¿Conoces cuerdos felices, señor conejo?— dijo. Me quedé sorprendido.
— No cites a Alicia en el país de las maravillas— dije.
— Bueno, me leí todos tus libros favoritos porque no sé qué otra cosa hacer para que te enamores de mí. Por eso ahora quiero bailar contigo.
— No creo aprender rápido, señor sombrerero— dije.
— No te preocupes. Este cd se va a repetir incluso toda la noche si es necesario.
Me acerqué. Puso su mano en mi cintura y la otra en mi hombro. Luego condujo las mías a su lugar. Estaba muy cerca. Podía reconocer su fragancia. Y escuchar su respiración cerca de mi oído.
Nos movíamos lentamente, sincronizados. Estaba nervioso. Pero no preocupado. Y mi corazón latía tanto que sentía que podría salir disparado de mi pecho en cualquier momento. ¿Era normal que sientiera que mi lugar en el mundo era estar ahí, junto a él?
El silencio me dejaba escuchar la música. Me acerqué más a él, nuestros cuerpos estaban pegados, meciéndose suavemente. Me recargué en su pecho. Escuché el sonido de su corazón. Ahí me gustaría morir, pensé. Junto a él. Me rodeó con sus brazos. Y yo lo abracé. ¿Podría morir de amor? Tal vez sí. ¿Quería morir de amor? Desde luego. Esa debía ser la manera más hermosa de morir.
— Te amo— dijo él, junto a mi oído.
— Yo también— le dije, mi cara se quemaba y sentía que algo adentro me dolía mucho, como si no pudiera sacarlo de mí. Y quería llorar. Pero era diferente. No de tristeza. No, claro que no. Era de felicidad.
Estaba enamorado. Muy enamorado. De su cabello dorado. De sus ojos que me miraban divertidos. De su brazos que me sostenían en ese momento. Del embriagador aroma que emanaba su cuerpo. De su suave voz que se deslizaba por mis oídos para meterse en mi cabeza y recordarme que no importara lo que pasara, todo estaría bien. Si yo estaba con él. Si él estaba conmigo. Por eso quería llorar. Porque él era todo lo que quería. Todo lo que necesitaba. ¿Alguien estará amando con la misma intensidad que yo? Tal vez sí. ¿Alguien estará tan absolutamente seguro de que encontró a la persona correcta como yo? No lo sabía. Sólo sabía que quería llorar. Y que él me besara. Que supiera que mi corazón y que todo yo estaba en sus manos.
Levanté la cabeza y lo miré. Y no tuve duda alguna. Lo besé. Y me besó. Puedo jurar que lloré. Pero no quise detenerme. Lo amaba. Se lo había dicho. Y se lo podría repetir el resto de mis días. Siempre. Cada día. Yo era yo si él existía. Mi todo. No podía ser más perfecto.
Me condujo lentamente a su cama. Y me dejé caer. Estaba frente a mí. Sentí sus dedos fríos desabrochar mi camisa y tocar mi piel que se contraía con el tacto. Mi respiración estaba muy acelerada. No tenía miedo. No de él. Si no de mí, de lo que podría hacer estando con él. ¿Estará bien? ¿Podríamos hacerlo? Sí, él era el correcto. Siempre lo fue. Desde ese día en la biblioteca. Siempre fue él. Está bien. Si era con él. No tenía miedo si era con él.
— Jimi— dijo, se detuvo y miró mi cara, fue lo más vergonzoso que he tenido que hacer—, ¿Estás seguro?
— Sí— dije con todo el valor que tenía en mi cuerpo.
Sus manos tocaron mi estómago y mis piernas se sentían tan cálidas aunque realmente estaban frías. Sentía su aliento cada vez que besaba mi piel. Mis hombros estaban rígidos. Quería relajarme pero no pude. Quería abrazarlo pero mis manos no se movían. Quería hablar pero no pude. Sólo escuchaba mis gemidos, leves pero sonoros. Y su respiración. Y la música, que ya debía haberse repetido muchas veces pero que no quería que dejara de sonar. Estaba enamorado. Estaba muy muy enamorado. Por favor, hazme todo un desastre, que no deseo otra cosa, pensé.
Quería ser suyo. Y que él fuera mío. Y no volver a separarnos jamás.
— ¿Puedo...— dijo él, en un susurro—... puedo entrar?
No entendí. Él podía hacer lo que quisiera conmigo. Siempre pudo pero nunca lo supe. Sólo tenía que amarme. Estaba bien si era por amor.
Lo sentí dentro de mí. Se... sentía bien... muy bien... más que bien. Porque él era el correcto. El adecuado. Sentía que podría morir de felicidad. No tenía miedo. Todas esas cosas que me preocupaban antes se fueron en el aire. Se desvanecieron.
Pasé mis dedos entre sus cabellos. Acaricié su nuca, su espalda, sus brazos. Y grité, lloré, le dije que lo amaba, sentí dolor, sentí placer, sentí que moría pero que no estuve nunca antes más vivo.
Era suyo. Todo me gustaba de él. Por eso estaba ahí, compartiendo esa cama, compartiendo mi vida.
¿Qué día era? Quería recordarlo el resto de mis días. Quería estar ahí con él para siempre. Estaba enamorado. Muy enamorado.
Ese era el momento perfecto. El día ideal. Y lo amaba.
— Te amo— dijo, como si leyera mis pensamientos.
— Te amo— respondí.
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Rumores De Pasillo
RomansaJimi se declaró abiertamente gay en la escuela y empezaron a molestarlo por eso. Evan, un rubio popular que también lo molestaba, resultó sólo hacerlo porque los demás lo hacían... pero realmente guardaba un secreto: le agradaba Jimi. Mucho. Más de...
