33. El diario de Jimi

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— Hola Jimi— dijo Will, por teléfono una tarde. Me sorprendió que me llamara.
— Hola— dije.
— Espero no estar interrumpiendo algo importante.
— No, para nada. ¿Pasa algo?
— Quería hacerte una pregunta, pero sobre todo necesitaba saber si todo está bien.
— ¿A qué te refieres? Por cierto, ¿Le pasa algo a Zac?
— ¿Por qué? ¿Te contó algo?— dijo, se escuchaba nervioso.
— No, pero se ve distraído. Me preocupa su salud. ¿Está enfermo o algo parecido? Sé que no está bien preguntar cosas así pero me gustaría ayudarlo si tengo oportunidad.
— Está bien. ¿Te ha dicho algo sobre... nuestro encuentro?
— No. ¿Debería decirme algo?— dije preocupado. Hubo una pausa de cinco segundos.
— No. No hay nada por decir. Yo sólo quería preguntar por tu escuela.
— ¿Mi escuela?
— Sí. Mi hermano va a cambiarse de escuela y está considerando la tuya. Así que me gustaría saber si a ti te gusta y si la recomiendas.

Lo pensé un minuto. Mi escuela. Por supuesto. El centro del mundo. El origen del mal. La cuna del bullying. El peor lugar para estudiar... al menos que no seas yo. Pero el hermano no era como yo. Y la escuela no era tan mala. Conocí a Evan ahí. Y a Zac. Y de no ser porque estudio ahí jamás hubiera conocido a Will. Tenía cosas malas, pero las buenas valían más la pena.

— A mí me gusta— le dije.
— Espero que a mi hermano también. No le hace mucha ilusión empezar de nuevo en un lugar en donde no conoce a nadie.
— Me gustaría poder ayudarlo si decide que quiere estudiar en mi escuela. ¿En qué año va?
— Es de último año.
— No sabía que tenías un hermano.
— No suelo hablar mucho de él. Siempre está muy ocupado y yo también.
— De cualquier forma, si necesita algo me gustaría ayudarlo.

Fui a la escuela. Y en el receso, me encontré el típico escenario de siempre: Zac estaba molesto por algo, tenía unas ojeras de no haber dormido mucho tiempo y se peleaba a muerte con Evan, quién por alguna razón ajena a mí se encontraba muy contento.

— Deberían dejar de pelear— dije.
— Zac está enojadito— dijo Evan, que estaba a punto de abrazarme pero pude evadirlo.
— ¿Pasa algo?— le dije—, ¿Te están molestando otra vez?
— No. Es por otra cosa— dijo Zac.
— ¿Qué es? ¿Es por una chica?— le dijo Evan.
— No, está vez, aunque parezca increíble, no hay ninguna chica causando problemas— dijo Zac cansado.

Quise preguntar pero realmente no se veía con ganas de ser cuestionado.

— Zac— le dije—, sabes que te deseo lo mejor. Siempre puedes contar conmigo.
— Desde luego que lo sé— dijo y sonrió como siempre—, y yo también te deseo lo mejor, como a mí, por ejemplo.
— ¡Aléjate de mi Jimi!— dijo Evan—, ¡Es mío!
— Ya lo sé— le dijo Zac, se levantó frustrado—. Deberías cuidarlo más. Y yo no soy el verdadero problema.

No entendí nada. ¿Problema? Según yo estábamos bien. Pero sentía que existía algo que mantenía tenso a Zac, y estaba seguro de que no era alguna cosa que Evan podría haberle dicho. Repentinamente sentí que todo estaba por cambiar.

— Vamos, enanito— me dijo Evan, feliz.
— Ya te dije que no me digas así.

Los siguientes días fueron muy extraños. Me reunía para estudiar con Zac pero él seguía raro. No hablaba mucho. Y cuando lo hacía siempre me preguntaba si estaba bien. Como que temía por mí o algo parecido. Y Evan estaba también muy callado. Algo le preocupaba. Le cuestioné un par de veces pero sólo se limitaba a agitar mi cabello con su mano y se iba. El clima también estaba en mi contra. Hacía tanto calor que caminar por la calle era como querer suicidarse. La temperatura era muy alta y al parecer iba en aumento.

Caminar con Zac y Evan era aún peor que el calor. Zac no hablaba y se la pasaba revisando su teléfono a cada rato. Y Evan estaba paranóico, como que se estaba escondiendo de alguien. Incluso me usó un par de veces como escudo. Pero no quería decirme qué le pasaba.

En uno de esos días de calor insoportable, apareció él por primera vez. Si me hubieran dicho que ese chico de anteojos iba a causar tantos problemas no lo hubiera creído.

Pero lo hizo. Y nada volvió a ser igual.

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