70. El diario de Jimi

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— ¡Jimi!— dijo Zac, empujando la puerta de golpe.

Automáticamente empujé a Evan lejos de mí. Zac me observó. Y entonces debí suponer que lo que él debía estar viendo era que yo estaba con la camisa desabotonada y con Evan, solos.

— ¡Evan!—casi gritó—, ¿Qué crees que estabas haciendo?
— ¡Nada, lo juro! ¡No es lo que parece! Aunque hubiera sido muy muy excitante...
— ¡Eres hombre muerto!— le dijo Zac.
— Yo estaba secando mi ropa— dije nervioso—. Con toallas de papel, ¿Ves? Son absorbentes.
— ¡Sí, son absorbentes!— le dijo Evan con temor y se escondió atrás de mí.
— ¿Creen que me voy a tragar eso?— dijo Zac molesto.
—Yo esperaba que sí— dijo Evan.

Zac parecía furioso.

— ¡No me mates, soy muy joven aún!— reiteró Evan.
— ¿Y Laura?— dije, tratando de cambiar de tema.
— Con Jason— dijo él, le cambió la cara momentáneamente—. ¿En dónde estaba? ¡Ah, sí, iba a matar!
— ¡No por favor no!— le suplicó Evan.
— ¡Zac, ya sé, hay que ir por un café!— le dije, lo tomé del brazo mientras intentaba sacarlo de ahí.
— ¡No lo sueltes Jimi!— me dijo Evan.
— Vamos— le sonreí a Zac.
— Eres muy tierno— me dijo—. Claro que sí. En cuanto a ti, Evan— se dirigió a él—, ya te las verás conmigo.

Evan lo miró horrorizado. Salimos de ahí. Jason estaba afuera. Dijo que había ido a ver por qué tardamos tanto. Zac le dijo que era culpa de Evan. Me llevé a Zac hasta la mesa en donde estaba Laura. Y ella comenzó a charlar con él. Muy pronto él parecía el mismo de siempre. Evan se incorporó luego de un rato, junto a Jason. Se sentó en el lado opuesto de donde yo estaba.

Fueron los minutos de más incertidumbre que había tenido. Hacía frío pero me sudaban las manos. Evan estaba justo frente a mí. A medio metro. Y eso parecía ser una distancia apropiada pero cuando se ama a alguien y acabas de descubrirlo de nuevo, puede parecer muchas cosas. Era como un centímetro, tan cerca que me parecía poder sentir el calor de su piel, escuchar el latido de su corazón, oler su perfume, saborear la fragancia de su aliento. Al mismo tiempo parecía estar a kilómetros de mí, tan lejos que me era imposible saber qué pensaba, cómo se sentía, qué quería decirme.

Estaba nervioso. Ansioso. Y tenía tanto miedo. Quería abrazar a Evan. Quería besarlo. Y al mismo tiempo salir corriendo. Proteger mi corazón. Porque de todas las cosas que podían pasarme en la vida, sabía que si herían mi corazón otra vez quizá no saldría con vida. No sabía si era por Evan. Es que cuando se trataba de él, todo era tan incierto. Habían miles de posibilidades.

— Voy a pagar la cuenta— dijo Zac—. No se preocupen, esta vez paga mi padre— nos mostró una tarjeta.
— ¿Eso está bien?— le dijo Jason.
— Mi padre trabaja para el gobierno. Da igual— dijo Zac.

Se fue. Laura se levantó y lo alcanzó. Jason dijo que iba al baño.

Había mucha gente ahí pero parecía que sólo nosotros estábamos, nadie más.

— Jimi— dijo Evan, estiró su brazo y tocó el mío.

Lo miré asombrado. Y él me sonrió.

Evan había atravezado esos kilómetros que nos separaban en un segundo. Como si fuera lo más fácil del mundo. Él era así. Hacía de algo pequeño un suceso extraordinario. Y yo que pensaba demasiado. No podía evitarlo. Con Evan siempre temía estar equivocado.

— Todo estará bien— me dijo.
— ¿Cómo lo sabes?— pregunté con angustia.
— Porque tú estarás conmigo.

Nos quedamos mirando. Sentía unos enormes deseos de levantarme, acercarme y besarlo, aunque nos vieran todos. De alguna manera, sólo con verlo, sentía que no existía cosa que no pudiera hacer, que pudiera herirme o detenerme.

— ¡Jimi!— gritó Laura, me sobresaltó un poco—, ¿Seguro que no quieres nada?

Negué con la cabeza.

— ¿Y Evan?— dijo ella.
— ¡Estamos bien!— le gritó él, luego me miró—. Estamos muy bien.

Oh dios. Yo no era muy religioso por que mis tías decían que dios debía odiarme mucho. Pero yo no lo creía así. Siempre pensé que existía, aunque Zac dijera que la religión era un fraude. Pensaba que el mundo tenía un poco de magia, esa que hace que un atardecer se viera irreal, que un atleta lograra ganar una competencia en el último minuto, que una persona lograra cambiar el mundo moviendo un dedo. Y dios, el que fuera, hacía eso posible.

Y en ese momento sentía que dios no me odiaba para nada. Debía amarme. Yo debía haber hecho algo bien. Porque me hizo conocer a Evan. Aún cuando él no me amara, me hubiera conformado sólo con su presencia. Sólo con verlo y ver que fuera feliz.

— ¿En qué piensas?— dijo él.
— En ti— dije.

Le sonreí, un poco apenado, nervioso, ansioso. Sentía de todo. Y eso era lo más asombroso.

Jason volvió. Zac y Laura se acercaron a nosotros también. Salimos del lugar. Ya no llovía. Miré el cielo tan despejado. Como mi mente, pensé.

— Bien Jimi— me dijo Zac—. Te llevaré a casa.
— Yo iré con él— dijo Evan.
— No, claro que no— negó Zac.
— ¡Ya sé!— dije—, ¿Por qué no llevas a Laura a casa?
— ¡Ay sí!— dijo ella—. No quiero ir sola.
— No lo sé, no confió en Evan— dijo Zac.
— Tiene sentido— dijo Jason—. Una vez tenía que ayudar para un proyecto de la escuela y se le olvidó.
— Jason, no estás ayudando para nada— le dijo Evan.
— Igual que tú aquella vez— le dijo Jason.
— Estaré bien— dije.
— ¡Vamos Zac!— le dijo Laura—. Las calles están muy solitarias, dan un poco de miedo.
— Cierto— dijo Jason—. Nadie da más miedo que Zac cuando está enojado. Ya sé, iré con ustedes.
— ¿Qué? ¡No!— dijo Laura.
— ¿Por qué no?— dijo Zac.
— Sí, es más seguridad para ti— argumentó Jason.
— Ok, entonces nos vamos— dijo Evan, se giró y empezó a caminar. Me despedí de todos y corrí a alcanzarlo.

Giramos en una esquina. Y él se detuvo. Yo estaba por preguntarle el porqué cuando se acercó, me tomó del brazo, me acercó hacia él y me besó.
Fui feliz, más de lo que merecía. Nos separamos.

— ¿Eso por qué fue?— le dije apenado.
— Por que sentí que debía hacerlo— sonrió.

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