Los días pasaron, mi pie mejoró y mi relación con Evan fue aún mejor que mi pie. Aún no tenía en claro lo que pasaba entre nosotros pero no me importaba tanto. Estábamos juntos y era suficiente para mí.
— Mañana va a ser el peor día de mi vida— dijo Evan—. No vendrás a la escuela y será viernes 13.
— Tengo que ir con el médico. Aunque ya me siento bien. Y el día no tiene nada que ver. Puede ser malo sin importar si es viernes 13 o no— dije, estábamos en mi habitación, él hacía la tarea.
— Si ya te sientes mejor no deberías ir.
— Tengo qué, mamá agendó una cita. No me molesta, el doctor es muy amable. Tiene pececitos de colores.
— Necesito un pez— dijo, se dejó caer en mi cama.
— ¿Para qué necesitas uno?
— Para comerlo si me quedó quebrado algún día. Y como mañana es de mala suerte tal vez me despidan del trabajo. Necesito reservas de comida.
Ese comentario fue tan bobo como la idea de mi padre de contratar a un investigador privado para que descubriera el secreto de Evan, ya que aparentemente él era la reencarnación de Hitler. Evan me visitaba casi del diario y eso me gustaba pero a mi papá no mucho porque se la pasaba buscando pretextos para hacer que Evan se fuera.
— Por cierto— dijo él—, ¿Estás saliendo conmigo?
Yo estaba por tomar jugo de naranja y ese comentario me hizo escupirlo todo.
—¿Por qué?— dije, alterado.
— Porque realmente no tengo idea.
— Yo...— dije dudoso, realmente no sabía qué decir.
— Déjalo así— me sonrió—. Por ahora somos amigos. No quiero confundirte.
Evan tenía la rara y bendita habilidad de saber cómo me sentía sin tener que decirle nada. Le regresé la sonrisa.
Luego tuvo que irse porque quería dormir antes de regresar al trabajo. Lo acompañé a la puerta, en parte para que papá no le dijera nada extraño. No lo hizo, sólo se dedicó a mirarlo con ira.
— Mañana iremos a visitar a la abuela al hospital— dijo mamá en la cena—. Así que tendrás que regresar solo de tu cita médica.
— No te preocupes mamá— le dije—. Ya no tengo cinco años. Puedo regresar por mí mismo.
— En mi mente sigues siendo un bebé— dijo papá.
— ¡Jonh!— le reclamó mamá.
Al día siguiente me levanté muy contento. Por desgracia no me duró mucho la felicidad. Evan debió lanzarme alguna especie de maldición porque me fue terriblemente mal. Cuando me estaba bañando el agua dejó de caer justo cuando me enjabonaba. Y luego se fue la luz. Mamá y papá fueron a ayudarme pero eso sólo reafirmaba la idea de mi padre de que era un bebé.
Luego me llevaron al consultorio pero el auto se averió a medio camino. Una grua se lo llevó. Fuimos caminando. Como llegamos tarde mi hora fue transferida a otra persona que sí llegó temprano. Para colmo mis padres fueron a ver a la abuela sin saber eso. Y ahí estaba yo, cansado y estresado sentado en el enorme sofá. Fui a molestar a los peces para matar tiempo.
— De verdad lo siento— me dijo la recepcionista—. El doctor tiene cosas qué hacer y no podrá atenderte.
— ¿De verdad? ¿No se puede hacer algo?— dije.
— Le preguntaré pero no prometo nada— se metió al consultorio. Esperé un poco. Reapareció—. Tienes suerte. Dijo que pases.
Por fin, algo de suerte. Toqué antes de pasar. Escuché su voz que me indicó entrar. Lo hice. Pude verlo, sentado escribiendo algo, con su bata y sus anteojos.
— Jimi, llegas tarde— dijo, sin quitar la vista del papel sobre la mesa.
— Lo siento. Tuve un mal día.
— ¿Te afectó el viernes 13? Parece que hoy ninguno de mis pacientes se salvó. ¿Qué te pasó a ti?
Le conté brevemente lo que me sucedió.
— No te fue tan mal— dijo—. Uno de mis pacientes recibió por error los resultados de un estudio clínico que decía que tenía una enfermedad mortal. Llegó aquí llorando.
— Eso es muy malo. Pero debió sentirse aliviado al descubrir que no eran de él.
— Sí, lo hizo. Pero ya hasta se había despedido de su familia.
Me contó otro sin número de cosas sobre sus pacientes. Era divertido. Me reí mucho. Luego revisó mi pie. Ya no me sentí incómodo. Dijo que estaba bien.
— ¿Ya no tendré que volver?— pregunté.
— No. Estás oficialmente sano.
— Es una lástima. Me gustaba venir.
— ¿De verdad?— dijo, lo miré, me sonrojé, no pude creer que ese pensamiento saliera en forma de palabras—, puedes visitarme de vez en cuando. Y sé que te gustan mis peces. Me lo dijo mi recepcionista.
¡Qué pena! Debí verme como un niño jugando con los peces. Era oficial: el día no podía ser peor.
— Lamento molestar a los peces— dije abrumado—. No volveré a hacerlo. Y no me gusta éste lugar sólo por eso...— decidí dejar de decir tonterías por mi propio bien.
— Está bien.
— Lo mejor es que me vaya— me levanté de la silla. Me giré y estaba por salir cuando él me detuvo. Lo observé.
— ¿Tus padres están esperándote?
— No, ellos se fueron.
— ¿Regresarás a casa solo? Yo también voy de salida. Puedo llevarte en mi auto.
— ¿De verdad? ¡Muchas gracias!
Salimos del lugar. No sin antes de que la recepcionista me diera un pececito dorado en una bolsa. Lo tomé como si fuera lo mejor que me hubiera pasado en la vida. Por fin, la suerte empezaba a sonreírme.
— Vamos— dijo.
Salimos bajando las escaleras hasta el estacionamiento. Su auto era bonito. Me abrió la puerta. Entré. Estaba observando al pez cuando noté algo que mi mente no pensó al instante: iba a estar solo con alguien demasiado hermoso. Casi me desmayo ahí mismo.
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Rumores De Pasillo
RomanceJimi se declaró abiertamente gay en la escuela y empezaron a molestarlo por eso. Evan, un rubio popular que también lo molestaba, resultó sólo hacerlo porque los demás lo hacían... pero realmente guardaba un secreto: le agradaba Jimi. Mucho. Más de...
