30. El diario de Jimi

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— Y bien— me dijo Zac, en la escuela, en el receso al día siguiente—, ¿Evan y tú descubrieron América?
— ¿Qué?— casi me ahogo con jugo de naranja.
— Ya sabes. Que si él le puso mantequilla a tu pan, si encontraron el lado oscuro de la luna, etc.
— ¿Pe...pe...pe...perdón?— quería desmayarme.
— Supongo que sí.
— ¿Co...có... có... cómo sabes...
— Se nota— me interrumpió—. Te ves adolorido. Y no caminas como sueles hacerlo. Ah, y Evan tiene la piel deslumbrante y la sonrisa más grande que hay en toda la escuela. Así que o se ganó la lotería y con el dinero fue a un spa o tuvo sexo increíble ayer.
— Ah...— dije, me quedé sin palabras.
— Voy a extrañar llamarte virgen. Tengo que encontrarte un apodo nuevo.

¿Era tan obvio? Me daba mucha verguenza. Pero Zac tenía razón.

— Ya sé— se apresuró a decir—. Eres un principiante. Un pequeño principiante.
— ¿Principiante?— dije.
— Sí, no quieras ser experto después de tu primera vez. Te llevará tiempo.
— ¡Hola!— dijo Evan, no supe cómo llegó ahí—, ¡Zac, amigo! ¿Cómo estás hoy?
— Si vienes a presumir no lo intentes. Mi humor no es tan bueno— le dijo Zac, al parecer no tuvo un buen día—. Y no soy tu amigo.
— ¡Por supuesto que sí!— le dijo Evan le dio un golpecito en el brazo—, ¡Claro que somos amigos! Pasas mucho tiempo conmigo y con Jimi. Somos casi hermanos.
— Insisto, no quiero matarte pero si me obligas...— dijo Zac que lucía molesto.
— ¿Pasa algo?— le dije. Él me observó y por un momento dudó sobre si hablar o no.
— Nada importante. Sólo tengo problemas con mis compañeros de clase— dijo.
— ¿Te molestan las chicas?— le preguntó Evan, contento.
— No, ellas no son un problema. Es sólo que han surgido unos rumores extraños que me ponen de mal humor.
— ¿Y que dicen?— pregunté.
— Han estado inventando cosas sobre nosotros dos— dijo, se veía molesto—, como nos juntamos a estudiar regularmente las personas piensan cosas. Debí imaginar que pasaría.
— ¿Sobre ustedes? ¿Tú y Jimi?— dijo Evan, la cara le cambió—  ¡Eso no puede pasar, Jimi es mío!
— Desde luego que es falso— dijo Zac, resignado.
— Debería hacer algo— le dije—. No quiero que estar conmigo te afecte.
— Realmente no me importa. Es sólo que la persona que lo dijo lo hizo para vengarse. Fue una chica que rechacé hace mucho. Me odia— dijo Zac.
— ¡Entonces no importa nada!— dijo Evan, recobrando su cara feliz.
— Es cierto— dijo Zac—. Es sólo otra chica enojada conmigo como muchas otras.

Teníamos que regresar a nuestros salones. Fui sin mucho entusiasmo. No me gustaba pensar que Zac tuviera problemas por mi culpa. Le pregunté a Laura una vez que estuve en mi grupo, si sabía algo sobre alguna chica rechazada por Zac. Desde luego que sabía. Al parecer todo el mundo supo lo que pasó. Ella se llamaba Alessa y se le ocurrió confesar su amor en medio del patio, en el receso, cuando Zac tenía poco tiempo de haber llegado a la escuela. Y él le dijo que no. Enfrente de todos. Humillación pública.

Pero supe qué debía hacer. Zac era mi amigo, tal y cómo Evan dijo. Y no merecía sufrir por mi culpa. No si podía evitarlo. Por la tarde, antes de ir a casa, busqué a la tal Alessa. La encontré, Laura era muy precisa dando descripciones. De cabello corto, lápiz labial rojo y abuso excesivo del delineador.

— Disculpa— le dije, me miró como si fuera una cucaracha—, ¿Podría hablar contigo?
— ¿Conmigo? ¿Para qué? ¿Acaso te conozco o te debo algo?
— Necesito decirte algo— insistí. Ella me sonrió arrogante y estaba por irse de largo cuando tomé su mano. Comenzó a jalarse—. Te lo diré aunque no quieras— dije se soltó de mí pero no se fue—. Sé que quizá Zac fue muy cruel contigo cuando le declaraste tu amor. Pero eso no significa que sea una mala persona.
— ¿De qué hablas?— dijo, entre risas.
— Él es agradable. Si te lastimó seguramente no fue su intención. Entiendo que estés enojada. Y que yo no te agrade. Pero no quiero que inventes mentiras sobre él. Está bien si quieres decir cosas de mí pero no de él.
— ¿Por qué tengo que hacerte caso?— dijo enojada.
— Porque no está bien. Es una mentira. Y no creo que tú seas una mentirosa. Sé que eres una buena persona. Te pido que dejes de esparcir rumores falsos.
— Yo no hice nada, niño— dijo, en tono amenazante—. No vuelvas a tocarme. Podrías contagiarme algo. No obedezco órdenes de alguien como tú.
— Pero...— no supe qué decir.
— Está bien, Jimi— dijo Zac mientras tocaba mi hombro, me sonrojé, no sabía que estaba mirando lo que pasaba. Miré alrededor y no era el único. Habían muchas personas observando—. No la rechacé porque no me gustara— dijo, lo suficientemente alto como para que muchos escucharan—, sino porque de verdad odio a las personas que mienten.

Luego me dijo que nos fuéramos. Lo seguí sin antes ver a Alessa, cuya cara era inexplicable. Probablemente se encontraba muy ofendida. De nuevo, ¿Estaba bien eso?

— Hay que ir por un helado— me dijo Zac, me sonrió.
— Sí— dije un tanto dudoso.
— Evan nos espera afuera.

Zac era mi amigo. Sin duda alguna. Definitivamente. Absolutamente. Nuestro amigo.

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