64. El extraño diario de Zac

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Desperté muy temprano. No dormí casi nada, como de costumbre. Recordé que ese día, que se suponía debía ser un sábado feliz, tendría que pasarlo con el idiota de Evan para que no interrumpiera a Will. Y así Jimi podría darse cuenta de que quizá no quería tanto a Evan y podría darle una oportunidad a Will. Qué complicado era todo eso.
Mi madre querida y adorada no hacía las cosas más fáciles. Según ella, me preparó el desayuno. Era una mezcla de algo muy quemado y jugo de naranja ácido con todo y semillas. Me miró contenta, como preguntándome cómo estaba con la mirada mientras lo comía.

— Voy a demandarte por intento de homicidio— le dije—. Ésto pudo matarme.
— ¡Qué cruel!
— Por cierto— la miré—. Va a venir alguien y quiero que te comportes.
— Soy tu mami.
— Por eso.

Ella estaba por decir algo cuando el timbre tocó esa estúpida e irritante melodía. Me levanté y me dirigí a la puerta. Abrí. Evan se veía más fresco que una lechuga. Y sonreía idiotamente.

— Holis— dijo.
— ¿Por qué pareces tan feliz?— dije.
— Por que tú necesitas mi ayuda. Tú, el futuro dictador malvado que parece que lo sabe todo. Pensé que nunca pasaría.
— Yo que tú no estaría tan contento. Si te contara realmente...
— ¿Es tu hermana?— interrumpió, señalaba con el dedo hacia atrás de mí. Me giré. Mamá estaba agitando su mano mientras le sonreía como colegiala.
— No. Es mi madre. Y se supone que no estaría aquí— dije en voz alta. Ella escuchó y desapareció al instante.
— ¡Un placer conocerla, mamá de Zac!— gritó Evan para adentro.
— Bien— dije—. Hay que irnos.

Comencé a caminar. El plan era alejarme lo más posible del lugar en donde estaban Jimi y Will y dejar que la magia pasara entre ellos.

— ¿A dónde vamos?— dijo Evan que me seguía.
— Ah, cierto— recordé que él no sabía porque no pude decirle el día anterior, ni siquiera yo lo sabía—. Quiero comprarle algo a Jimi para su cumpleaños.
— ¿De verdad? ¡Qué bueno! Aunque faltan varios días para que llegue.
— Me gusta tener todo bajo control. Y no me gusta hacer las cosas al último momento.
— ¿Y tiene que ser hoy? De verdad quería ir con Jimi.
— Tiene que ser hoy.
— ¿Por qué?
— Por que... porque... no sé cuando tengas tiempo de nuevo. Trabajas mucho.
— La semana que viene tengo tiempo.
— La semana que viene voy a estar muy ocupado.
— ¿Haciendo qué?

Miré a Evan. Hacía muchas preguntas. Pero por su cara, no parecía sospechar nada. Qué bueno que no fuera muy listo. Seguimos caminando por las calles mientras yo intentaba inventar algo cuando Laura nos alcanzó de repente. Menos mal, no quería ser interrogado por Evan más de lo que ya lo estaba.
Dijo que iba a la casa de Jimi. Le dije que no estaba ahí, a esa hora ya debía estar con Will. Y luego Evan le dijo sobre el lugar a dónde íbamos nosotros. Y ella pareció tan encantada con la idea y decidió acompañarnos. Comencé a pensar que esa chica había bajado del cielo.

— ¿Sabes qué quieres regalarle?— me dijo ella.
— No estoy seguro— dije—. Por eso viene Evan.
— ¿Yo? No tengo idea. A Jimi le gustan muchas cosas— respondió Evan.
— Si tuvieras que darle algo, ¿Qué le darías?— le preguntó Laura.
— A mí. Yo sería un regalo ideal— dijo Evan.
— Ya en serio— dijo ella, entre risas.
— Es cierto— dijo Evan parecía muy serio.

Ella lo observó extrañada. Y decidí defender a Jimi.

— Él ya tiene muchas cosas inútiles— dije—. No te necesita.
— ¡Qué cruel!— respondió Evan.
— ¡Ya sé!— expresó Laura—. Dale un cd.
— ¿Música? ¿De qué?— dijo Evan.
— No lo sé. De algo que te guste y que quieras que Jimi escuche—me dijo ella, me observó atentamente.
— Eso será fácil— comenté—. Apuesto a que no conoce nada de lo que yo escucho.
— Sí, eres muy raro— dijo Evan.
— Apuesto a que tú tampoco conoces nada de lo que yo escucho— afirmé.
— Deberías de trabajar en tu grave problema de apuestas— dijo él, luego se fue caminando lentamente hasta la tienda de música.

Deseaba que Will lograra algo ese día, por el bien de la humanidad y de Jimi.

— Ya sé que compraré— dije.

Me giré y fui a una tienda departamental que quedaba justo enfrente de la tienda de música. Laura me siguió. Una vez ahí, tomé una bufanda color negro y sin pensarlo me dirigí a la fila de las cajas. Laura parecía confundida.

— ¿Es para Jimi?— dijo ella—. Por que creo que le vendría mejor un color más intenso.
— Es para mí— dije.
— Ah... pensé que querías comprar el regalo de Jimi.
— Quería distraer a Evan. Hoy Jimi va a ayudar a Will en algo importante y no quiero que interfiera. Podría arruinarlo.
— Evan ni siquiera está aquí. Tal vez ya se fue.
— Está en la tienda de música. Debe estar tan abstraído que tal vez piensa que estamos con él.
— Tienes razón. Evan es un poco distraído— sonrió ella.

Miré su cara. Y me sorprendió. Es decir, ya lo había notado pero por alguna razón en ese momento me era más obvio. Laura era bonita. Muy bonita. Y cuando sonreía era incluso más bonita. Su cabello era largo y castaño al igual que sus ojos pero de color especial, un tanto claro. No era muy alta y vestía de rosa, color que le quedaba muy bien.
Después de mirar su cara y de pensar en que no se parecía en nada a mi madre por las mañanas, el pensamiento me llegó de repente. Llegaría a casa con bufanda nueva. Y mi madre no tendría nada. Luego entraría en una grave psicosis que tal vez la desquiciaría, lo que la haría huir de nuevo y yo tendría que resignarme a irme a vivir con mi padre, lo que era más malo que la orientación de Will por la ciudad.

Estaba por entrar en pánico cuando vi a lo lejos, en la zona de bufandas, guantes y abrigos, una bufanda igual a la que yo llevaba pero en color rosa. Pensé que a mamá podría gustarle. Y como era enero estaba bastante barata. Era una buena inversión.

Le dije a Laura que me disculpara un momento. Se quedó ahí, en la fila. Entonces tomé la prenda y regresé. Ella parecía confundida. Pagué. Luego fuimos a buscar al tonto de Evan que efectivamente estaba absorto en su mundo. Lo saqué casi arrastrando de ahí. Me preguntó por el regalo de Jimi. Le dije que ya lo compraría otro día.

— Ok. Entonces iré con Jimi— dijo.
— No puedes— dije, rápidamente.
— ¿Por qué?
— Por que yo— dijo Laura, nerviosa—, yo quería preguntarte algo. Algo muy importante.
— De acuerdo— dijo Evan, contento.
— Es sobre... sobre...— ella no parecía tener idea alguna.
— Sobre su cabello— dije—. Laura planea cortarlo.
— ¡Oh, sí!— dijo ella—. Quiero un cambio de imagen. Pero no sé si me veré bien. ¿Tú qué me recomiendas?
— ¿Un cambio? Creo que te ves bonita así cómo estás— dijo él—. Ahora si me disculpan, voy con Jimi...
— ¡No puedes!— casi le gritamos los dos, al mismo tiempo. Eso fue raro. Nos miramos por un momento.
— ¿Por qué?— dijo él.
— Por que yo voy a cortarme el pelo ahora— dijo ella—. Así que sería lindo que me acompañes a elegir el corte.

Evan término aceptando. Luego, cuando estuvo distraído porque vio un pajarito, le pregunté a ella si de verdad estaba dispuesta a arriesgar su cabello sólo por ayudarme. Dijo que sí. Aunque no parecía muy convencida.

Entramos. Un sujeto extraño que no dejaba de verme ayudó a Laura a escoger su corte. Evan se la pasó siendo Evan todo el tiempo, leyendo revistas para niños y tocando todo lo que veía.
Salimos. Antes de irme, el sujeto me guiñó un ojo.
¿Por qué yo atraía a gente rara?

— Me gusta— dijo ella, tocando su cabello que ahora le daba en los hombros.
— Sí, te ves bien— dijo Evan.

Por suerte el estilista raro sí se tardó un poco, lo suficiente como para que Evan no pudiera llegar con Jimi aunque quisiera. Él tenía que irse a preparar para ir a trabajar. Le dije que ya tendría oportunidad de ver a Jimi después. Parecía decaído pero eso lo hizo volverse contento de nuevo. Se fue. Laura aún seguía conmigo porque aparentemente nuestras casas quedaban por el mismo rumbo.

Llegamos a una calle. Ella tenía que irse. Me quedé mirando su cabello mientras se despedía de mí. Y entonces pensé que más que quedarle el corte, lo que en verdad iría bien con ella era la bufanda rosa. Así que se le ofrecí.

— Toma— le dije—. Para ti. No es como si fueras a recuperar tu cabello, pero creo que se vería bien contigo.
— ¿De... de verdad?— dijo ella, soprendida.
— Claro.

Me miró por un momento. La tomó lentamente. Le sonreí. De verdad me había ayudado mucho.
Luego le dije que ya tenía que irme. Dijo que también debía irse.

— Por cierto— le dije, antes de irme—. Tu cabello se ve bien.
— ¿En serio?
— Te ves hermosa.

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