52. El extraño diario de Zac (en noche buena)

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No podía estar pasando eso. No podía. ¿Porqué? ¿Por qué ahora? ¿Qué debería hacer? ¿Qué se supone que debería hacer? No dejaba de pensar en que todo era un sueño, uno horrible. Pero no, sentía el frío congelar mi cara.
No me pude mover. Fue como si me quedara paralizado, pegado al suelo.
Suerte que Evan pensó rápido. Cuando Jimi estaba por caer al intentar ir detrás de Alex, lo tomó en sus brazos y se tiró al suelo. Fue lo único que vi antes de que la situación me consumiera por completo. Era irreal, horrible, triste y cruel. No me moví de ahí hasta que un repentino ataque de adrenalina vino a mí luego de que mi mente regresó a la realidad.

Me acerqué a Will. Ahí estaba, mirando absorto el lugar en donde estaba su hermano segundos antes. Sin moverse. Sin emitir sonido alguno. Más asustado que nunca. Lo observé unos segundos y cuando sentí que quería ponerme a llorar a su lado, igual como Jimi lo estaba haciendo, pensé que no era momento de ponerme triste y frágil. Me incliné ante él, que estaba en el suelo de rodillas, probablemente tratando de entender lo que acababa de pasar y metí la mano en la bolsa de su abrigo. Saqué su teléfono móvil.
Con mis manos temblorosas y luego de equivocarme un par de veces al intentar marcar, me comuniqué con la operadora.

No recuerdo muy bien qué dije, pero sé que lo último que me dijeron fue que una ambulancia llegaría ahí de inmediato. Luego me giré y traté de hacer lo que me pidieron que hiciera: no entrar en pánico.
¿Cómo iba a hacer eso? Estaba asustado. Evan abrazaba a Jimi como si también estuviera muriendo y Jimi lloraba desconsolado. Deseé que Will estuviera haciendo eso, al menos. Seguía igual, perturbado e inmóvil. Debía hacer algo. Él era doctor. Él podría... mentira, no estaba en esa situación.

— Will— le dije, traté de que me viera pero no lo hacía—, mírame, tenemos que ir con Alex, sé que no quieres verlo ahora pero...

No se movió. Parecía como si algo se le hubiera roto adentro. Miré a Evan. Me di cuenta de que no podía contar con ninguno de ellos. Tendría que hacerlo yo.

— Evan— le dije, al menos él parecía consciente—, cuida a Will. Y a Jimi. Sácalos de aquí si puedes.

Luego me metí al edificio. Bajé las escaleras corriendo. Sentí que eran eternas. Llegué abajo. Salí. Y luego me arrepentí de haberlo hecho. Ahí estaba Alex, en medio de un charquito de sangre. Sentí ganas de vomitar. Recordé que le tenía mucho miedo a la sangre. Me acerqué vacilante a él. Me incliné al suelo. Tenía mucho miedo. Tanto.

Pensé en la posibilidad de que estuviera muerto. Y sentí ganas de llorar. Toqué su cuerpo. Frío como la nieve. Me asusté y casi grito. Pero no lo hice. Tomé su mano. Y decidí revisar si tenía pulso. Y le pedí a dios, si es que existía, que si aún tenía un poco de consideración por la familia de ese chico, que él aún tuviera vida. Con el corazón en la mano, toqué su piel. Sentí su pulso. Estaba vivo. Me sentí aliviado.
Bien, aún tenía vida. Por ahora, pensé.

Sentí un calor extenderse por mis pies. Yo estaba sentado en el suelo. Alex estaba desangrándose. Y ese calor era su sangre, que se había extendido hasta mí. Me paralicé de miedo. Miré a los lados. No había nadie. ¿Quién estaría en las calles en navidad?
La ambulancia no llegaba. Y yo sentía que iba a enloquecer. No sabía qué hacer. Y eso era raro porque yo siempre sabía qué hacer. No esa vez. No esa vez.
Me quité el suéter y traté de limpiar un poco la sangre pero seguía apareciendo más, la desesperación me estaba haciendo trizas, la ambulancia no llegaba y había un ruido irritante taladrando mi cabeza que me dolía como si fuera a explotar...

No supe en qué momento, pero cuando menos me di cuenta, habían puesto a Alex en una camilla y estaban por llevárselo. Regresé a la realidad cuando un paramédico me preguntó si no estaba herido. Le dije que la sangre de mi ropa era de Alex. La policía estaba ahí. Y mucha gente, rodeando la escena. Ya era noche. Me perdí por unos cuantos minutos.

Evan estaba ahí, con Jimi y Will. Los tres no decían nada. Estaban en alguna otra parte, mentalmente. Volví a tratar de concentrarme.
Traté de explicar qué pasó. Torpemente, pero lo dije. El policía me miraba como si yo lo hubiera empujado por la borda. El paramédico dijo que lo llevarían a un hospital, que no había tiempo que perder y que necesitaba a los padres de Alex. Le dije que los llamaría y que iríamos de inmediato al hospital. El policía dijo que necesitaba hablar con nosotros pero hasta él sabía que los otros no dirían nada. Le pregunté si podía dejar eso para otro día. Asintió.

Me acerqué a Will, igual de ausente. Quería preguntarle por sus padres pero recordé que yo tenía su teléfono y si mi intuición no me fallaba, él debía tener sus números en los contactos. Efectivamente, había un número registrado como "mamá". Llamé.
No fue fácil hablar con su madre. Pero aparentemente, no esperaba que sus hijos llegaran a casa ese día. Le dije que Alex tuvo un accidente e inmediatamente imaginó que tal vez él quiso matarse. Le expliqué que estaba grave pero vivo. Dijo que iría al hospital luego de que le di la dirección.
Era extraño que ella pensara eso... al menos que no fuera la primera vez que intentara hacerse daño.

Me enfrenté a otra dura prueba: ir al hospital. Will estaba muy mal como para conducir. Pero ya le había quitado el teléfono de la bolsa. No pasaba nada si hacía lo mismo con las llaves del auto. Y por buena suerte, mi madre me había enseñado a conducir hacía un par de años. No tenía licencia así  que no podían multarme... en teoría. Al demonio la ley, tenía que ir.
Minutos después, luego de que metí al auto casi por la fuerza a esos tres, me encontré conduciendo por las calles. No lo hacía mal.

Había mucho silencio. Evan seguía abrazando a Jimi. Ambos debían sentirse muy mal. Y Will seguía sin poder terminar de procesar lo ocurrido. Apenas respiraba. Repentinamente, Evan regresó a la realidad.

— ¿Él está bien?— dijo.
— Lo estará— dije, no lo sabía pero quería creer que sí.

El hospital donde llevaron a Alex estaba en la ciudad vecina, bastante lejos. Conducir hasta ahí sin licencia no fue tan fácil. Pero llegué junto a los demás sano y salvo.

Bajamos una vez que me estacioné en alguna parte. Evan parecía ya estar por completo conmigo. Jimi seguía perdido y Will también. Entramos al hospital. Y en la recepción me perdí. La enfermera comenzó a hablarme de cosas extrañas. Eso o yo no estaba escuchando bien. Necesitaba a Will.
Le dije a la enfermera que esperara. Y fui con Will.

— Will— le dije, lo miré a los ojos—. Te necesito. Tienes que estar bien. Alex te necesita...

Pero no había cambio alguno. Sentí ganas de llorar. Y me sentí cansado. Ya no quería estar ahí. Todo era muy cruel.
Lo abracé. No supe porqué. Quizá porque él lo necesitaba. Y yo también. Mi cuerpo estaba temblando. No sabía bien porqué. Pensé que era por todo lo que estaba pasando...

— Zac— dijo Will.

Me separé y lo miré. Era él, el de siempre. Sentí que definitivamente podría ponerme a llorar. Pero tenía que ser fuerte.

— ¿Dónde estamos?— dijo, mirando confundido.
— Alex está aquí, en el hospital. Va a estar bien. Pero necesito que seas tú de nuevo.

Asintió. Lo llevé con la enfermera. Aún parecía perdido, pero se fue recuperando poco a poco. Muy pronto volvió a ser el prestigioso médico que era. Me sentí tranquilo. Pasó un rato. Nos pidieron que esperáramos en la sala. Al parecer, él estaba en el quirófano.
Will se veía horrible. Y yo no sabía qué podía hacer para ayudarlo. Jimi se levantó de repente. Él también despertó, de alguna forma. Y se acercó a Will. Lo abrazó. Evan se unió al abrazo. Y sin darme cuenta, yo también.

Jimi tenía razón. Cuando perdemos algo, siempre hay personas dispuestas a ayudarnos. El teléfono de Jimi sonó. Sus padres debían estar muy preocupados. Salió a contestar. Evan fue con él. Me quedé con Will.

Se veía mal. Como si lo hubieran golpeado o algo parecido. Me acerqué a él. Me abrazó. Imaginé que por dentro debía estar devastado.
Me sentía extraño. Y no podía dejar de temblar. No sabía porqué. Comencé a culpar a la situación hasta que recordé. Will era un hombre. Uno de verdad. Entré en pánico y traté de liberarme pero él no parecía querer quitarse.

— Yo...— dije, asustado—... quiero irme.

No me respondió.
Me solté de repente. Y lo miré asustado. Él parecía confundido. Me sentí idiota. Pero tenía miedo.

— ¿Estás bien?— dijo, se acercó.
— ¡No me toques!— grité, antes de salir corriendo.

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