48. El diario de Jimi

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Ya habían pasado varios días. Era 20 de Diciembre. Se sentía la Navidad por todas partes. Me tocó armar el árbol de mi casa con esferas multicolor. Me quedó bonito. Luego le tomé una foto. Will dijo que él trató de armar un árbol para su sala de espera pero que no le quedó como quería... me envío una foto y definitivamente ese no era el aspecto que debería tener un buen árbol. Así que decidí ir a ayudarlo. Zac se unió a la conversación diciendo que el raquítico árbol de Will parecía enfermo. En conclusión, quedamos de vernos en el consultorio.

— Hola, pequeño Jimi— dijo Zac, me estaba esperando afuera del edificio en dónde estaba el consultorio de Will—. Te tardaste mucho. Hace frío.
— Lo siento. Vine lo más rápido que pude.

Entramos. Zac tenía una bufanda roja muy larga en el cuello. Era bonita. Y el color le quedaba bien. Se veía navideño. Subimos.
Vimos el famoso árbol en persona.

— ¿Jamás has decorado un árbol tu mismo?— le dijo Zac a Will—, ¡Es horrible!
— Zac— dije—, no hables así del pobre árbol.
— ¿Por qué? ¿Podría herir sus sentimientos? Es un árbol. No tiene vida. Si la tuviera y si le diera un espejo se suicidaría luego de ver lo feo que está.
— Lo traje en mi auto así que muchas de sus ramas se doblaron— dijo Will—. Traté de ponerle cosas pero creo que no son las adecuadas.
— Lo son— afirmó Zac—. Pero tú no eres el adecuado para el trabajo. Suerte que Jimi está aquí. No quiero seguir viendo a tu pobre árbol.

Luego, en lo que Zac le preguntaba a Will si sufrió algún golpe en la cabeza cuando era chiquito, me dediqué a enbellecer a su árbol. Era sencillo, Will compró muchas esferas. Terminé. Era bonito. Aunque no tenía una estrella.

— ¡Jimi, ésto es muy hermoso!— dijo Will, asombrado.
— Gracias— dije.
— No soy experto en ésto de árboles, pero hasta yo sé que en la punta hace falta algo— dijo Zac.
— ¡No puede ser! ¡Olvidé traer la estrella!— dijo Will—  debe estar en mi casa.
— ¿Por qué no me sorprende?— dijo Zac—, es más, no me impresionaría si algún día se te olvida respirar.
— Es que estaba preocupado pensando en otras cosas más importantes— se excusó Will.
— ¿En serio? ¿En qué?— cuestionó Zac.
— En que olvidé las llaves de la casa en la mesa— dijo Will, avergonzado.
— No me digas— dijo Zac—. Aunque vayamos a tu casa no vamos a poder entrar.
— Alex está ahí. Si vamos nos puede abrir...

Ambos me miraron. No comprendí por qué. Luego entendí que fue porque Alex estaba ahí. Y si yo iba tendría que verlo. Ellos no querían eso porque temían que pudiera salir lastimado.

— Iré yo— dijo Will—. Regresaré en un momento.
— Sí. Mientras Jimi y yo nos encargaremos de...
— Iré contigo— dije. Me observaron.
— No es necesario— agregó Will—. Sólo iré rápido y...
— No, definitivamente tengo que ir— dije, muy serio.
— ¿Estás seguro?— dijo Zac.
— Completamente. 

Así, caminamos hasta el auto de Will. En silencio. No era como si realmente quisiera ver a su hermano. Pero era algo que quería hacer. No quería vivir escondido, con miedo a ser herido. Y ya habían pasado varias semanas. Mi corazón ya estaba bien. Soportaría ver a Alex. Y él no tenía nada que ver con lo que pasó con Evan. Él sólo apareció a reclamar lo que era suyo. Y lo obtuvo. Eso no significaba que lo odiaba. Y él no debía odiarme.

El auto se movió por las calles. En silencio de nuevo. Sabía que tanto Will como Zac estaban preocupados por mí y que no sabían por qué quería hacer eso.
Pensaba que si veía a Alex, y si podía afirmar que en su rostro no había más que felicidad y todas las señales de estar enamorado, yo podría seguir adelante. Sólo necesitaba saber desesperadamente que Evan era feliz a su lado. Y admito que una parte de mí no quería verlo. Quizá yo era una mala persona. No quería ver feliz a la persona que amo del todo.

Pero... ¿Y si no era feliz? ¿Y si no estaba enamorado? ¿Qué debería hacer yo?

— Llegamos— anunció Will.

Bajé del auto con la vista nublada. Estaba confundido. Mucho. No entendía casi nada. Mis piernas apenas se movieron. Will presionó el timbre. Esperamos unos segundos. Mis nervios estaban descontrolados. Se abrió la puerta. Alex nos observó, detrás de sus lentes. Se los quitó.

— Will— le dijo—, ¿Volviste a perder tus llaves?
— ¿Entonces no era la primera vez?— dijo Zac.
— No digas nada— le dijo Will—. Hay que entrar.

Entramos. Y yo no sabía bien qué estaba haciendo.

— ¿Quién es?— dijo una voz que se acercaba.
— Es Will— dijo Alex—. Perdió sus llaves.

Oh no. No él. No ahora. Por favor, no ahora, pensé. Todos menos él. Salió de una habitación. Lo observé como si estuviera viendo un fantasma. Y él tenía una extraña expresión en la cara. Mi respiración comenzó a agitarse y mi corazón latía como loco. Mi mente no sabía qué hacer. Mil pensamientos recorrían mi cabeza.

— Ah, Evan está aquí— dijo Zac, igual de asombrado que yo.
— Sí— dijo Will, perplejo—. Puedo verlo. Evan está aquí. Creo que tomaré mis llaves y la estrella y nos iremos inmediatamente...
— Guardé una estrella que estaba en la mesa en el cobertizo. ¿Era tuya?— le dijo Alex, ignorando que yo estaba muriendo.
— Sí— dijo Will, parecía asustado y no me quitaba los ojos de encima—, hay que ir por ella...

Will fue rápido junto a su hermano, que dijo que le mostraría en dónde la puso. Y así Zac, Evan y yo, nos quedamos ahí en el pasillo. En silencio.

Miré la cara de Evan. No quería hacerlo pero realmente no pude. Y se veía bien. Aunque diferente. No lucía como cuando estaba conmigo. Debía ser así. Alex era especial. Él también me miró y nuestros ojos se encontraron. Por unos segundos, nos miramos atentamente. Y lo supe. Aún no. Después de tanto tiempo, hiciera lo que hiciera, así me lastimara más, no había dejado de amarlo ni un poquito. Es más, sentía que mi amor era incluso más grande. Era ridículo. Quería superarlo. Pero no podía. Lo amaba. Aún sabiendo que ya estaba con otra persona. Entonces, ¿Qué debería hacer? ¿Cómo podía dejar de amarlo? ¿Qué tendría que hacer para quitarme esas incansables ganas de abrazarlo?

— Hola— le dije, tratando de que me mirara, de volver a conectar nuestros ojos y de que ellos me dieran alguna respuesta.
— Hola— dijo él, se acercó a mí, muy lento, mirando mis ojos atentamente—, ¿Cómo has... estado?
— Bien— dije, estaba absolutamente perdido en su mirada.
— Qué bueno— dijo, se seguía acercando a mí, tanto que parecía como si algo nos estuviera atrayendo para estar juntos.
— Estoy...— dije, se detuvo frente a mí, a escasos centímetros.

Nos miramos. Era como si mi alma estuviera desnuda y él pudiera ver todo a través de mis ojos. Y yo lo veía a él. Mi instinto, mi corazón, y todo de mí, me decía que en alguna parte de él aún había amor para mí. Al menos eso deseaba. Y esos deseos me hacían querer llorar. Porque no eran realidad. Lo que daría porque Evan me amara, pensé. Por decirle que mi amor era tan intenso como siempre. Y que probablemente no se iría nunca.

Quería llorar. Porque no quedaba otra cosa. No podía hacer más. Era la verdad. Eso y el dolor. Eran lo único real.

No sabía si él era feliz con Alex. Pero definitivamente yo no lo era. No era para nada feliz viendo que él estaba con otro. Con alguien que no era yo.

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