Llegamos a la enfermería después de un rato. La enfermera, una mujer muy amable, me revisó.
— Es sólo una torcedura— concluyó ella—. Estarás bien. Necesitas ir a casa y descansar.
— ¿Está segura?— le dijo Evan—, porque no puede ponerse en pie. Lo traje cargando, por si no recuerda.
— No te preocupes— me dijo ella, sonriendo— , en poco estarás bien. Llamaré a tu casa para que vengan por ti.
— Mis padres no están en casa— dije—. Mi abuelita está enferma y ellos fueron a visitarla al hospital. Siempre apagan sus teléfonos cuando están ahí.
— Qué mala suerte— dijo ella preocupada.
— Ya casi terminan las clases, falta poco para la salida— afirmó Evan—. Espera un poco más y luego podremos irnos juntos.
— ¿Qué? — dije, alterado— ¡De ninguna manera!
— Pero no puedes caminar. Y yo puedo cargarte.
— Esa es una idea maravillosa— dijo la enfermera.
— ¡Por supuesto que lo es! Su casa no está muy lejos de la mía— dijo Evan, parecía contento.
— No es necesario— dije, no sabía cómo salir de esa situación.
— Iré por un poco de hielo— dijo la enfermera y salió del lugar.
Nos quedamos en silencio un buen rato. En un muy incómodo silencio. Por un momento hasta olvidé que me dolía el pie.
— Entonces— dijo Evan—, tu abuelita está enferma. ¿Qué tiene?
— Muchos años— dije, no quería decirle nada sobre mí.
— Supongo. No te preocupes, algunas abuelitas llegan a tener hasta noventa años.
— ¡Gracias, no sabes lo halagador que es eso!
— Replanteo, algunas abuelitas llegan a las nueve décadas.
— ¡Eso es lo mismo!— dije.
— Pero se escucha más elegante. Incluso unas llegan al siglo. No te preocupes, si tu abuelita no ha muerto mucho menos tú lo harás.
— Eso no me preocupa. Y no necesito tu ayuda. Puedo ir solo. ¿Acaso no trabajas después de clases?
— Trabajo en las noches algunos días como hoy— dijo él, se acercó a mí—. En una tienda que abre las veinticuatro horas.
— ¿Cuándo duermes?
— En el trabajo— dijo como si fuera obvio.
— ¡Pues eres un pésimo trabajador!
— No dije que fuera bueno— se escuchó la campana del fin de clases—, oh, que conveniente. Bien, vamos a casa— puso su brazo en mi cintura, traté de apartarlo.
— ¡Puedo ir solo!
— No, no puedes. No te preocupes, no voy a tirarte. Soy muy bueno cargando cosas.
Sin siquiera preguntar me tomó en sus brazos.
— ¿Podrías al menos cargarme de forma más masculina? Parezco una princesa— dije.
— Eres una princesa. Una pequeña torcedura acaba de inmovilizarte. Ahora agárrate fuerte princesa porque tenemos que ir a tu salón corriendo por tus cosas.
— ¡No, no podemos!
— ¿Por qué?
— Por que, por que...— no se me ocurría nada, Laura se había llevado mis cosas al salón pero necesitaba un pretexto—, la enfermera fue por hielo.
— ¡Al diablo la enfermera! Ya se tardó siglos. Parece que fue hasta Alaska por el hielo.
Quería decirle algo más pero no me dio oportunidad. Comenzó a correr conmigo a cuestas. Debía ser muy fuerte como para poder andar por ahí conmigo como si cargara sus libros de la escuela.
Las personas nos miraban. Cruzamos el patio principal. Ahí, al final, estaban sus amigos. Oh no. No podían verlo. Se acabaría su vida.
— ¡Hey, Evan!— le dijo uno, él se detuvo— ¿Qué haces?
— No hablo, llevo a Jimi a su salón de clases— dijo Evan.
— ¿Y porqué haces eso?— dijo un tipo.
— El muy idiota se resbaló en las escaleras— dijo Evan, parecía muy tranquilo.
— ¡No soy idiota!—le dije molesto.
— Reclámame cuando puedas caminar. Si me disculpan— se dirigió a ellos—, me voy— se echó a correr.
— ¡Se te va a pegar el homovirus!— le dijo uno.
— ¡Madura, Luis!— le dijo Evan y nos metimos en un pasillo.
Corrimos. Le indiqué cuál era mi salón. Se detuvo enfrente. Tocó la puerta. ¡Oh por dios! ¡Mis compañeros me iban a ver con él!, pensé asustado.
El profesor de álgebra abrió. Evan me cargaba. Ambos lo miramos.
— ¿Se le ofrece algo?— dijo él.
— Quiero sus cosas— dijo Evan y me señaló. Yo debía tener cara de estar totalmente aterrado.
— ¿Por qué iba a dárselas? No asistió a mi clase de hoy— dijo el profesor.
— ¡Al demonio!— dijo Evan y se pasó de largo ante la mirada incrédula del profesor y mis compañeros de clase. En mi lugar, el único vacío, tomó mis cosas.
— Jimi, ¿Qué pasa?— dijo Laura angustiada.
— No te preocupes— le dijo Evan—, lo llevaré a casa.
Dicho esto salió del salón. Entré en pánico. Acababa de arruinar todo en prácticamente cinco minutos. Mi amiga, mis calificaciones, sus amigos, los rumores, todo. Daban vueltas en mi cabeza.
Pero él olía muy bien... ¿Usaba alguna fragancia? Descubrí que debía estar loco si en lugar de preocuparme porque todos nos vieran juntos comencé a pensar en la bien que olía.
— ¿Qué hay de tus cosas?— le dije.
— No importa, no planeaba hacer tarea hoy. Y puedo venir por ella mañana.
— ¡Mañana es sábado!
— Puedo recogerla el lunes— dijo muy tranquilo.
¿A qué clase de persona le importaba dejar sus cosas así? ¿Era en serio?
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Rumores De Pasillo
RomansaJimi se declaró abiertamente gay en la escuela y empezaron a molestarlo por eso. Evan, un rubio popular que también lo molestaba, resultó sólo hacerlo porque los demás lo hacían... pero realmente guardaba un secreto: le agradaba Jimi. Mucho. Más de...
