12. El diario de Jimi

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Evan se fue en algún momento de la tarde aunque yo no quería. Deseaba que se quedara conmigo. Me sentía muy feliz aunque también muy confundido. No sabía bien qué pasaba entre nosotros pero la felicidad era tanta que en algún momento puse música y bailé en mi habitación. Cosa que hizo que me doliera más el tobillo. Al día siguiente mi mamá no pudo ignorar lo mal que se veía:

— No importa cómo lo veas, tienes que ir al médico— dijo ella—. Tu tobillo se terrible.
— No es la gran cosa— dije—, para mañana ya estará bien.
— Pero si no es así promete que visitarás al médico.
— Lo prometo.

Ella salió de mi habitación. Se fue a tranquilizar a papá que seguía en un colapso nervioso gracias a Evan.
Yo me sentía bien. Demasiado bien. Era extraño. No solían pasarme cosas buenas. Todo en mi vida era una completa desgracia. Pero ese día no. En todo caso, ¿Qué se suponía que pasaba entre él y yo? Es decir, sí, nos habíamos besado pero en ningún momento quedamos en si éramos amigos o qué. Decidí no pensar más en eso. Bastaba con que pudiera seguir viéndolo. Era triste que con algo tan pequeño me pusiera muy contento.

Al día siguiente mi pie estaba horrible. No quería ni verlo. Papá dijo que era culpa de Evan. Eso y más, dijo que el calentamiento global y la guerra también eran su culpa. Simplemente estaba enloqueciendo. Mamá me ayudó a subir al auto para visitar al médico.

Odiaba los hospitales. De pequeño sufrí mucho con el asma. Y pasé mucho tiempo ahí, en una cama de hospital. Por suerte los ataques desaparecieron con el tiempo. Hacía mucho que no visitaba un lugar así. Me sentía extraño.

— No te preocupes— dijo mamá mientras conducía—. Sé que no te gustan los hospitales así que sólo iremos a un pequeño consultorio cerca de aquí. El doctor te agradará.

Quería creerle. Tenía miedo pero pensé que todo iría bien. Debía regresar a la escuela. Los exámenes estaban cerca.
Llegamos a un edificio. Bajamos y entramos.

— Por aquí— dijo mamá.

La seguí. Subimos despacio las escaleras. En el segundo piso estaba una puerta. Entramos. Era la recepción. Una chica joven estaba escribiendo algo en un escritorio. Había un enorme sofá al fondo. Y una pecera con peces de colores. Mamá tenía cita. Así que entramos a un cuarto consecutivo. Era un consultorio médico como muchos otros.

— El doctor estará aquí pronto— dijo la chica, luego se dirigió a mi madre—. Por favor, acompáñeme.
— Te esperaré afuera— dijo mamá.

Salieron. Me quedé envuelto en nervios. Traté de relajarme pero me era imposible.
Estaba pensando en saltar por la ventana cuando se abrió la puerta. El doctor entró.
Era joven, usaba la clásica bata blanca de laboratorio. Miré sus anteojos. Y luego él me miró. Lo miré maravillado: era casi tan bello como Evan. Tenía el cabello oscuro ligeramente largo y me miraba con sus ojos igual de oscuros y hermosos. Debía ser mucho más alto que yo. Se veía muy joven, tanto que parecía increíble que fuera médico. Tenía una sonrisa agradable. Todo de él lo era.

— Hola Jimi— dijo, su voz era tan bonita como su cara, tomó una hoja de la mesa y la observó— , tu mamá dijo que te lastimaste el tobillo. Hay que ver esa herida— asentí.

Se acercó y se inclinó en el suelo. Tocó mi pie. Me puse nervioso. ¿Y si decía que estaba tan mal que tendría que amputarme el pie? ¿Evan querría estar conmigo aún? ¿Ya no podría manejar bicicleta? Igual no sabía hacerlo pero siempre juré que aprendería.

— Voy a tocarte y tú trata de indicarme en dónde te duele— dijo. Presionó mi tobillo. Le dije que ahí— ¿Ningún dolor más arriba?— comenzó a subir sus manos por mi pierna— ¿Por aquí?—dijo, ya estaba en mi muslo.
— No, no siento nada.
— ¿Seguro?
— ¡Definitivamente!—dije, me sentí incómodo.
— Entonces sólo se trata de una simple torcedura. No tienes nada de qué preocuparte. Te recetaré algo para bajar la inflamación y estarás bien en unas horas.
—¿De verdad? Muchas gracias...— realmente no sabía su nombre.
— Doctor William Harper— dijo, sonrió.
— James— dije—. Mucho gusto.
— Bonito nombre— dijo, se dirigió a su escritorio.
— A mamá le gustaba James Dean cuando era joven.
— Entiendo eso— dijo, me miró, se quitó las gafas—, me llamo William en honor a Shakespeare.
— ¡Eso es genial!— dije, luego me sentí avergonzado por haberle puesto mucho énfasis a esa frase.
— ¿Te gustan las obras de Shakespeare? ¿Cuál es tu favorita?
— No puedo elegir sólo una— comencé a sentirme bien—, todas me gustan. Últimamente creo que Romeo y Julieta se ha vuelto la que más me gusta.
— Qué bien, también es mi favorita.

Le sonreí. Adoraba hablar sobre cosas que me gustaban. Porque realmente no había mucha gente que compartiera mis gustos.

— ¿Alguien te ha dicho que tienes una sonrisa maravillosa?— dijo. Puedo jurar que me sonrojé.
— Creo que no...
— Pues seguramente todos lo piensan, aunque no lo dicen.

Nos quedamos viéndonos fijamente. Estaba en eso cuando la chica de la recepción entró. Mamá con ella.

— Lo siento— dijo mamá—, comencé a preocuparme y quería saber si todo va bien.
— No hay ningún problema— dijo él—. De hecho, ya terminó la consulta. Estaba por llamarla.
— Menos mal— dijo ella. Luego comenzó a hablar de medicina con el doctor y yo decidí salir. Una vez afuera, me acerqué a la pecera. Comencé a golpearla y vi cómo un pez dorado salía de una casita.

Mamá me alcanzó y me indicó que ya era hora de irnos.

— Tienes una nueva cita en unos días— me dijo. Me pareció genial.

Ya estábamos por salir y me giré para ver el consultorio. El doctor me saludó con la mano. Le regresé la señal y salimos.
Me sorprendía que estaba tan contento como para no tomar a mal otra visita al médico.

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