47. El diario de Jimi

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Mis días últimamente consistían en ir a la escuela, fingir en los recesos que nada había pasado con Zac (él estaba evidentemente molesto pero no quería hablar de eso), regresar a casa con Evan, hacer mis tareas o estudiar y dormir. Era estresante.
Nadie quería hablar de nada. Aún cuando yo metía el tema. Evan estaba preocupado por Zac así que después de clases iba a visitarlo. Se suponía que Zac lo ayudaría a ser un mejor hijo adoptivo pero parecía que quien necesitaba ayuda era él.

Por supuesto que la idea de que mi novio fuera a consolar a mi mejor amigo podría parecer terrible, pero se trataba de Zac. Yo quería ayudar también sin embargo no lograba evitar sentirme fuera de lugar. De alguna manera me parecía que Zac y Evan se entendían mejor entre ellos y no necesitaban a alguien más. Evan me había dicho que trataría de lidiar con la situación así que decidí confiar en él.

Por eso, aquella tarde en la que estaba aburrido en mi habitación dándole de vueltas a mi bolígrafo mientras escuchaba música, me sobresaltó el sonido de mi teléfono. No esperaba la llamada de nadie. Lo tomé. Era Derek.

— Hola— dije.
— ¿Estás ocupado?— preguntó.
— No. De hecho estoy muy aburrido— dije.
— Entonces esto va a gustarte: quiero que vayas a una fiesta conmigo.
— ¿Una fiesta? ¿Es en serio?— pregunté.
— Claro. Dijiste que nunca has ido a una.
— Pero es muy repentino. No sé si mis padres me den permiso.
— Pues pregúntales— dijo él.
— No están. Están visitando a mi abuelita en el hospital. No puedo llamarles porque apagan sus teléfonos ahí.
— Pues mucho mejor— dijo él—. Deja una nota.
— No me iré sin permiso— dije.
— La nota dirá a dónde vas. Regresaremos temprano, lo juro. Además, existe una posibilidad de que no te dejen ir. De esta forma no pueden detenerte. Ya te disculparás cuando regreses. Tampoco es como si fueras a hacer algo malo.
— Pues no pero... no parece correcto— dije.
— Por favor, no eres un bebé. Además, yo te cuidaré.
— Es que sería como si le desobedeciera a mis padres y no quiero hacer eso.
— Siempre hay una primera vez— dijo—. No es tan grave. Pero puedes decir en la nota que vas a otra parte, como a la biblioteca. No se enojarán por eso.
— No quiero mentirles.
— Sería una mentira que no le hace daño a nadie. Tú irás a la fiesta, te divertirás mucho conmigo y tus padres pensarán que estás estudiando. Te mereces un poco de diversión, estudias todos los días.
— Pero...
— Vamos Jimi, te prometo que no pasará nada malo. Será muy divertido. Te presentaré a muchas personas. Acepta. Por mí. ¿De acuerdo?

Lo pensé. Él era muy insistente y yo en verdad quería ir.

— ¿Crees que ellos me perdonarán si lo hago?— pregunté.
— Jimi, vas a ir a una fiesta, no a asesinar a alguien. Además, siempre haces lo que todos quieren. Un poco de rebeldía inofensiva de tu parte no te marcará para siempre. Es más, te apoyaré con tus padres si quieres.
— Bien— dije—, pero sólo iremos, estaremos un rato y regresaremos.
— De acuerdo— dijo—. Estaré en tu casa en diez minutos.

Me apresuré a guardar mis cosas. Me miré un espejo. ¿Cómo se viste la gente que va a fiestas? Decidí ignorar eso. Busqué mi abrigo favorito. Bajé corriendo a la cocina. Escribí la nota. No quería mentir. La primera opción era decir la verdad. Pero no quería decepcionarlos. Papá pensaba que las personas exitosas en la vida no iban a fiestas. Así que con el dolor de mi alma escribí que iba a la biblioteca.

Escuché el sonido de la bocina del auto de Derek. Salí rápidamente. Cerré la puerta no sin antes mirar la nota que atoré con un magneto en el congelador.
Corrí al auto. Derek abrió. Entré.

— No estoy seguro de esto— le dije.
— Tranquilo, todo saldrá bien. Recuerda que vamos a la biblioteca.
— Eso no me hace sentir mejor.
— Cuando lleguemos a la fiesta todo estará bien— sonrió.

Condujo por las calles mientras yo estaba echo un manojo de nervios. Llegamos a una casa. Salí del auto. Se escuchaba la música.

— ¿Es aquí?— pregunté.
— Sí— dijo.

Caminamos. Atravezamos la cerca. La puerta estaba abierta. Entramos. Adentro habían muchas personas. La música estaba fuerte pero no tanto. Había de todo. Gente de todo tipo hablando, bailando, jugando y todos parecían felices.
Me sentía incómodo e insignificante.
Como si no encajara ahí para nada. Sabía que ese no era mi lugar. Entonces, cuando en mi cabeza una voz me repetía que debía irme, Derek me guió por un pasillo. Al final, estaba una puerta de vidrio transparente. En el fondo, una piscina con muchas personas.
Aparecieron unos chicos, como si fuera lo más normal del mundo, Derek me presentó. Ellos me observaron y se presentaron también. Uno de ellos me ofreció una cerveza que rechacé brevemente. Pensé que eso lo molestaría pero no, sólo dijo “Oh, bien por tu hígado”, fue tan extraño pero no me sentí incómodo.

Derek conocía a casi todos y no dudó en presentarlos. Algunos eran sus amigos, otros compañeros de la universidad. Él era increíblemente amigable. Parecía que todos lo estimaban en verdad. Hablé con unas chicas y en verdad fue como la conversación que cualquier persona tendría. Entendí que ahí nadie me conocía. No sabían de mí. Yo podría hacer o ser lo que quisiera y a nadie le importaba.
Estaba en eso cuando aparecieron las amigas de Derek, las que fueron a mi escuela. Me saludaron y se fueron. Fue tan extraño.

— Espera aquí— me dijo Derek—, necesito hacer una llamada.
— Claro— dije.

Me quedé junto a la piscina. Entonces una chica se acercó a mí. Me invitó a meterme al agua. Rechacé la invitación.
Ella salió de ahí. Tomó una toalla y se cubrió con ella. Se sentó a mi lado.

— Creo que no nos conocemos— dijo, tenía una voz muy suave—. Es raro porque siempre conozco a todos. ¿Eres amigo de Derek?
— Sí— dije.
— Es extraño. Pareces un pastelito, no sé qué haces con alguien tan peligroso. Pero no importa, si estás aquí seguramente es porque puedes con esto. Ven, necesito un trago.
— Derek dijo que lo esperara aquí— dije.
— Ya lo esperaste mucho. Ahora es su turno de esperar— dijo mientras tomaba mi mano—, supongo que no dejarás sola a una pobre e indefensa mujer.
— Normalmente no pero...
— Vamos, deja que sufra un poco— dijo ella mientras ignoraba lo que le decía.

Me arrastró hasta una mesa en donde habían muchas personas.
La conocían ahí, al parecer su nombre era Honey (o su apodo, era difícil saber eso), pero era bastante popular.
Le dieron un vaso. Me lo pasó y tomó otro. Lo sujeté sin pensarlo mucho.

— ¿Qué es?— pregunté.
— Bebe y lo sabrás— me sonrió.
— No lo sé...
— Ven, te mostraré la casa— dijo ella.

Volvió a tomarme de la mano. Me guió por un pasillo. Habían muchas personas por todas partes de la casa. Hablaban, bebían, jugaban y hasta se besaban. Subimos por unas escaleras. Ella se detuvo frente a una habitación. Me dijo que la esperara un momento. Eso hice. Casi no se tardó. Cuando salió, traía puesta otra ropa.

— ¿Ésta es tu casa?— pregunté.
— Sí— sonrió feliz—, ¿Estás aquí y no lo sabes?
— ¡Lamento mucho eso!
— Tranquilo, eres adorable. Sé qué podemos hacer.
Vamos a divertirnos mucho.

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