118. El diario de Jimi

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Aunque trataba de engañarme a mí mismo, me molestaba que Evan y Zac estuvieran tan cerca. Sabía que no tenía razones para dudar de ellos porque habían sido honestos al respecto pero... deseaba que Zac jamás me hubiera dicho nada. Así, no sentiría una fuerte presión en mi pecho cada vez que los veía juntos.
No decía nada, claro, pero el dolor seguía ahí. Entonces, cuando los veía reír o simplemente hablar, no podía evitar compararme.

Observaba a Zac la mayoría del tiempo y parecía que mientras más lo miraba, más virtudes encontraba. No había nada en él que no fuera atractivo, fascinante o agradable. Se veía un poco triste últimamente pero sólo se podía ver en descuidos, cuando estaba preocupado.
Generalmente, él era perfecto. Todo lo que yo no era.

Mi mente empezaba a divagar. Ambos vivían juntos. Compartían la misma habitación. Iban al mismo salón de clases. Estaban juntos casi todo el tiempo, y con lo del bromista atacando gente, se habían unido para poder atraparlo.

Conocía a Zac y lo había perdonado de verdad, sabía que me quería mucho pero... no podía evitar tenerle celos. Entendía que eso no me estaba haciendo ningún bien, me sentía estresado la mayoría del tiempo. Así que decidí alejarme un poco. Le dije a Evan que le daría su espacio para ayudar a Zac con sus investigaciones. Así que ya no debía pasar el receso conmigo, cosa que era buena porque de esa forma yo podría pasar mi tiempo con Gigi y sus amigos, en donde no sentía que moría de amargura.

Lo mejor de estar con Gigi y sus amigos (si es que podían llamarse así) era que hablaban de cosas bobas mientras se sentaban en algún lugar disponible. No habían dramas sobre quién le tenía celos a quién, sólo hablaban de los maestros y trataban de parecer relajados.

Me sentía bien ahí, como si nada pudiera pasar.

Llegué con Gigi aquel receso. Evan y Zac debían estar por ahí junto a Laura, investigando. Jason probablemente debía estar detrás de ellos, evitando que hagan alguna cosa tonta.

— Pensé que estarías con tu elegante y popular grupo de amigos— me dijo ella—. Pero en lugar de eso estás aquí, en este para nada elegante pero sí popular grupo de conocidos.
— Están ocupados con algo— dije.
— Qué bien. Entonces quédate con nosotros. Chris está apunto de meterse un fideo por la nariz.

Miré a Chris. Era un chico alto y moreno. Nunca había hablado con él, no seriamente. De hecho, nunca había hablado así con nadie y a muchos no los reconocía bien si los veía por los pasillo. En verdad eran desconocidos para mí.

Pero Gigi decía que si no te conocen no tienen armas para herirte. No hay drama ni traiciones. Sólo un grupo de personas pasándola bien.

Apareció un sujeto. Siempre hablaba mucho cuando iba. Era de primer año.

— Oye Jimi— me dijo—, mi hermano salió de esta escuela el año pasado y me dijo que decían cosas terribles de ti en ese entonces.

Lo observé curioso. Todos se quedaron en silencio y me miraron.

— ¿Y qué decían?— fingí tranquilidad.
— Que no era difícil comprarte— dijo.

Había olvidado ese rumor. Fue muy popular en su momento. Jimi el prostituto. Hacía mucho que nadie me recordaba eso. Era una lástima que me lo recordaran en ese momento. En un mejor día hasta me hubiera reído. Pero en ese entonces no, no daba risa para nada.

— Qué cosa más ridícula— dijo Gigi.

Los demás asintieron.

— Como sea— le dije al chico—. De haber sido cierto, a tu hermano no le hubiera alcanzado.
— ¡Wooow!— dijo Chris, el de los fideos, quien inmediatamente empezó a burlarse del chico.

Él, avergonzado, se retiró lentamente.

— ¡Dame esos cinco hermano!— me dijo Chris.

Lo hice. Fue extraño. Había sido malo pero me sentía bien. Además, ese chico se lo había buscado. Todos estaban felices con mi respuesta.

— ¿Se han dado cuenta de que ya no hay rumores tontos como ese?— dijo Gigi.
— Es porque nuestro presidente ha sido muy estricto con eso— dijo Chris.
— Sí, Zac es genial— dije.
— Más que genial— añadió Chris—. Es casi como Jesús.

Todos los demás reaccionaron positivamente.

Me quedé pensando en eso el resto del receso. Todos amaban a Zac. No tenían razones para odiarlo, es más, cuando se le escapaba alguna cruel y brutalmente honesta afirmación (cosa que ya no le pasaba tan seguido como antes), la gente pensaba que era broma.

Ya en el salón de clases, me acerqué a Gigi en un espacio libre que tuve.

— ¿Puedo contarte algo?— le pregunté.
— Claro, yo también quería contarte algo— dijo ella—. Tú primero.
— En realidad es bobo pero... ¿Has sentido alguna vez envidia de alguien a quien quieres mucho?
— Claro, más seguido de lo que cualquiera pensaría— dijo ella—. Es raro, ¿No? Porque se supone que muchos me admiran y nadie debería ser capaz de opacarme... supongo que en casos como este sólo nos queda resignarnos a que no podemos tenerlo todo. Podemos fingir que lo somos y la gente puede creerlo... pero no significa que es real.
— No se siente bien— dije.
— Claro que no. Pero Jimi, tú no deberías envidiar a nadie, eres una de las personas más perfectas que conozco.
— Claro que no— dije—, no puede ser cierto. En comparación en verdad estoy mal.
— ¿En comparación con quién?— preguntó ella.

La observé. Dudé un poco. Pero parecía que estábamos teniendo una conversación seria. Así que decidí confiar.

— Con Zac— dije al fin.
— ¿Zac? Pues... para qué te engaño, él también es una de las personas más perfectas que conozco.
— ¡Lo sé!— dije preocupado.
— Pero él es muy diferente a ti, no deberías compararte. Deberías aceptar que hay cosas en las que él es superior y otras en donde tú lo eres. Eso me ayuda cuando siento envidia de alguien. Además, no es una competencia. No es como si Zac pudiera ganarte algo.
— Es que... parecería que sí puede— dije.

Ella me observó.

— Entonces no pierdas— dijo.
— Pero lo quiero.
— También quieres ganar. No sé qué es lo que está en juego, pero no pierdas. Si lo deseas más que nada, lucha. No importa, sólo gana.

Quizá tenía razón.

— Tal vez lo haga— dije.
— Bien, deberías— dijo.
— ¿De qué querías hablarme tú?— le dije.
— En realidad quería contarte un secreto. Pero debes jurar no decirlo.
— Lo juro— dije.
— Bien— dijo feliz—, esto te va a sorprender pero...

Miró alrededor para verificar que nadie nos escuchaba. Se acercó a mí.

—... los chicos y yo somos los que hacemos las bromas— susurró.
— ¿Qué?— dije sorprendido.
— Baja la voz— me dijo—. Podrían descubrirme.
— ¿Ustedes? ¿Quiénes?
— Todos. En realidad fue idea de Chris— dijo ella—. Un profesor le puso una calificación injusta y decidimos vengarnos. Fue tan fácil que cada vez se nos ocurrían mejores ideas.
— Pero le hicieron bromas a Evan y a Jason— dije.
— Sí, bromas pequeñas— dijo ella—. Y por buenas causas. ¿Te has metido a las redes sociales de la escuela? Todos los que han recibido bromas son una especie de leyenda ahora. Es más, la gente ruega por ser la próxima víctima. Los chicos no sabían si debíamos decirte porque eres amigo de Zac... pero ya confían en ti. Así que queremos que nos ayudes en la próxima broma.
— ¿A quién se la harán?— pregunté.

Problemas de PasilloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora