Capítulo 89 "Confesiones nocturnas"

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Poncho


Volví a mirar el reloj, de manera un poco compulsiva, puesto que lo había hecho diez segundos antes, y tampoco es que cambie tanto la hora en unos segundos. Bien, decidido, me iría a la cama. No podía soportar otra hora más escuchando a mi papá enumerar cada una de las maravillosas características de Ximena, como su belleza, su inteligencia, lo buena doctora que sería... (solo porque le había colocado un pequeño vendaje en un dedo a mi madre cuando se cortó preparando la cena), creo que hubo un momento en el que incluso alabó el estilo que tenía echándole sal a la comida. No, esto último es broma, mi madre siempre le echa la cantidad justa de sal a la comida.

El caso es que en ese momento nos encontrábamos todos en el salón, disfrutando de una agradable velada de televisión en familia. En fin, a lo mejor era agradable para mis papás, porque Ximena estaba un poco incómoda con tantas atenciones de mi papá, que trataba de ser el perfecto suegro, mi hermana tenía cara de ir a morirse de un momento a otro por culpa de la cruda, pero la versión oficial era que no estaba acostumbrada a trasnochar y por eso se sentía cansada. En cuanto a mi... creo que solo me sentiría bien en la casa de al lado acurrucado en el sofá con cierta persona.

No recuerdo muy bien la excusa que di, lo que tengo más nítido es el recuerdo de haberme levantado del sofá, decirle algo a Ximena, y a continuación ambos nos encaminamos a las escaleras, escuchando de fondo las poco disimuladas insinuaciones sexuales de mi padre. Pobre, el pensando que era sutil y que mi hermana no se enteraba (pues según él, Loli todavía era demasiado joven para escuchar ciertas cosas...), cuando la realidad era que ella tenía una información alarmantemente completa del tema para tener solo doce años. Obviamente yo no había hablado nunca con ella al respecto, pero no bajaba demasiado la voz cuando platicaba con sus amigas por teléfono, dejémoslo en eso.

- No sé si mi ego y yo pasaremos por la puerta – bromeó Ximena cuando llegamos frente a su habitación, una de las primeras del pasillo.

- Después de dos horas escuchando de todas tus virtudes, lo dudo – coincidí, torciendo ligeramente el gesto. Con Dul nunca se había molestado tanto en ser amable.

- ¿Quieres que esta noche salte en la cama para que escuchen los muelles? Digo, si tienes a tu novia a unos pasos y nunca te metes a su cama, van a pensar que eres rarito – se burló, abriendo la puerta.

- Si me prometes que luego te caes y te das un golpe en la cabeza, de acuerdo – respondí con acidez. No estaba yo para chistecitos en ese momento.

- Ey, que mala onda – protestó, en apariencia ofendida -, además, no creo que hablar de golpes en la cabeza sea lo más adecuado en este momento.

- Cierto – coincidí con un asentimiento de cabeza. Todavía me sorprendía el hecho de que Dul no tuviera una conmoción cerebral o algo peor, nunca había visto una pelota a tanta velocidad.

Aunque lo peor sin duda había sido ver como José se la llevaba. No es que estuviera celoso de él, pues la noche anterior me había quedado bastante claro que estaba interesado en Karla y solo en ella, pero es que parecía que prefería estar con cualquiera antes que conmigo. ¿O no habíamos quedado en que yo me la llevaba de allí?

- Quizá deberías hacerle una visita para asegurarte de que está bien, ya sabes que los golpes en la cabeza son muy traicioneros... - me sugirió con aparente desinterés.

- ¿No estarás intentando hacer de Cupido, verdad? - desconfié, cruzando los brazos sobre el pecho.

- ¿Yo? - preguntó con una inocencia claramente fingida -. Pero por supuesto que no Poncho, simplemente como doctora en formación, me preocupo por la salud de la gente.

Un Verano para RecordarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora