Capítulo 99 "¿Quién era el bueno y quien era el malo?"

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Dulce

Cuando me desperté, lo primero que me llamó la atención fue darme cuenta de que me había dormido de nuevo. Siempre había sido medio marmota, pero eso era pasarse. Supongo que es lo que tienen las experiencias cercanas al desastre, la dejan a una cansada para un mes. Me senté sobre la cama, notando que era el único ser vivo en la habitación. O al menos eso esperaba, pues las cucarachas no eran santo de mi devoción.

Aprovechando ese momento de intimidad, abrí los cajones del buró, en busca del tan ansiado espejo. Yo no era especialmente vanidosa, pero quería saber como me veía con la famosa brecha en la cabeza, era curiosidad científica, más que nada. En el tercero empezando por arriba, es decir el último, encontré un pequeño y sucio espejo cuadrado. Le pasé una de las manoplas por encima (aun no me las habían quitado, deberían haberme visto desayunar, era como ver un espectáculo del circo), y lo limpié como pude. Lo alcé, tratando de no romperlo, pues la mala suerte ya la traía yo de serie, no necesitaba siete años adicionales.

Oh, mi reflejo era alentador.

Tenía la palidez de un muerto con mala cara, los ojos medio cerrados porque acababa de despertarme... y si, apartándome el pelo, podía observar una pequeña herida en el nacimiento del cabello, en la zona alta de la frente, que si bien no era la raja que me había imaginado antes, tampoco me parecía un complemento demasiado favorecedor. La suerte era que en esa época tenía flequillo, por lo que podría taparlo fácilmente.

Tocaron a la puerta.

- Adelante – ordené luego de esconder el espejo debajo de la almohada.

- Hola, ¿cómo está mi paciente consentida? - preguntó el doc House, entrando con una sonrisa pícara -. Te escuché abrir cajones, así que supuse que ya te habrías despertado.

- Hasta yo tengo un límite – bromeé.

- Te hace bien descansar.

- Más bien me vuelve loca estar aquí encerrada todo el tiempo. ¿Qué hora es?

- Las tres de la tarde – respondió luego de mirar su reloj.

- ¿Ya? - me sorprendí.

- Eso parece.

- Entonces creo que me voy a levantar ya ¿podrías quitarme esto? - le pregunté alzando las manos.

- Claro, voy a por unas cosas, ahorita regreso – me aseguró, volteando veloz. Era alto, antes no me había dado cuenta, pero rondaría el metro ochenta. Además, estaba muy delgado.

Regresó en un minuto más o menos, con la misma bandeja en la que había traído el desayuno, solo que ahora contenía varios botes, uno con un líquido transparente y otro con uno oscuro, lo que parecían gasas, más vendas y otros utensilios médicos con los que yo, dada mi tendencia a la torpeza, estaba bastante familiarizada.

Se sentó frente a mi en la cama y con unas tijeras de punta redonda, empezó a quitarme las vendas. Cuando vi que llegaba a la última vuelta, desvié la mirada, temerosa de lo que pudiera encontrarme. Si cuando me había hecho daño en una durante la fiesta me había mareado, ahora daba gracias de estar sentada, porque si no...

- Dulce, hasta ahora has demostrado una valentía increíble. ¿Te vas acobardar por unos cuantos arañazos? - me retó con cierta condescendencia.

Fue esa misma condescendencia la que me obligó a mirar. Yo tenía mi orgullo y no iba a permitir que ese tarado me hablase así, como si tuviera cinco años.

Recordaba como había visto mis manos la noche anterior. Completamente rojas, como si no fuera sangre, más bien parecía que había estado con pintura roja. En ese momento, sin embargo, decenas de cortaduras adornaban mis muñecas y el dorso de la mano, algunas muy cortas y apenas perceptibles y otras de varios centímetros de longitud. Eran de un color rojo brillante y estaban inflamadas todavía. Los nudillos estaban completamente destrozados, pues era la zona que peor parte se había llevado a la hora de romper el cristal. Estaban casi en carne viva, y me tiraba al contraer la mano. Seguramente me dolería un chorro cuando se me pasase la analgesia, pero de momento solo tenía esa sensación tirante, nada más. Los dedos también estaban llenos de cortaduras pequeñas, como cuando a uno se le escapa un poco un cuchillo y se hace un ligero corte. Volteé las manos. Las palmas también se habían llevado lo suyo cuando traté de cubrirme, al ver los cristales viniendo hacia mi. La peor era la izquierda, donde me había cortado con la botella. En esa tenía algún que otro punto.

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