Giovanni vivía en una de las casas más grandes y antiguas del pueblo, sus abuelos, bisabuelos y demás familia habían vivido ya en el pueblo, por lo que siempre le tomábamos el pelo diciéndole que el pueblo debería llamarse "Los Méndez del Mar". Pero en ese momento no estaba yo como para juegos de palabras, bastante me había costado decidirme a hablar con él, pero es que, básicamente, él era mi única opción. Analizándolo fríamente había llegado a la conclusión de que con Mai no podía ser pues era demasiado inocente como para contarle que había tenido una erección provocada por las curvas de Dul, Annie, por muy bien que me cayera, era una mujer y seguramente no podría entenderme como alguien que tuviera genitales masculinos, además de seguro le iba con el chisme a Dul o a Mai, y eso si que no; Aarón andaba atrás de Dul, así que ni modo que yo le fuera contando esas cosas y Ucker... pues Ucker no sabía que se traía con Dul, pero por si acaso preferí no arriesgarme. Solo me quedaba Giovanni, pues Christian todavía no había llegado al pueblo.
Estacioné la moto justo enfrente del bonito jardín de los Méndez, donde Luisa, que estaba regando sus rosas, me vio de inmediato saludándome con un grito. Me armé de toda la paciencia que hacía falta con esa mujer y bajé de la moto forzando una sonrisa.
- Hola Ponchito mi amor, ¿cómo estás? – me saludó viniendo hacia mi secándose el sudor de la frente con una mano.
- Bien Luisa, gracias – respondí tratando de ser agradable, aunque no me sentía con ánimos de entablar conversación en ese momento.
- Vienes a buscar a Juan ¿verdad? – preguntó y no pude evitar sorprenderme, Luisa era la única persona que no acababa de acostumbrarse al apodo con el que su primo había bautizado a Giovanni.
- Eh... si, vengo a platicar con él – respondí rezando para que estuviera en casa.
- Lo siento Ponchito pero no está, de hecho creí que estaba con ustedes en el Tequila – se extrañó la buena mujer, a lo mejor pensando que su hijo la engañaba y se fugaba por ahí.
- Si, si estaba, lo que pasa es que yo me fui antes y... pues creí que ya habría regresado – le aclaré antes de que se armara películas en la cabeza.
- Ah... pues pásale y espérale dentro m'hijito, de segurito no se tarda mucho – me invitó mientras a mí me entraban sudores fríos.
- No... yo no... no quisiera molestar Luisa – me negué todo lo amablemente que sabía.
- No digas tonterías chamaco, tú nunca molestas, es más, he hecho galletas, así las pruebas – insistió hablando muy deprisa
- Yo...
Y no sé cómo diablos hizo, pero aparecí sentado en una de las sillas de la cocina, con una vaso de leche caliente y comiendo galletas, tal y como hacía cuando salíamos del colegio y me quedaba a merendar en la casa de Giovanni. Estaba claro que no solo a mi madre se le había detenido el tiempo en mi tierna infancia.
- Están ricas ¿verdad? – preguntó con cara de ilusión.
- Si – afirmé al instante completamente convencido, pues era verdad, aunque creo que si hubieran sabido a rayos también lo hubiera dicho, pobre mujer, se veía tan complacida.
- Siempre te han gustado mis galletas – recordó nostálgica – todavía recuerdo cuando después del colegio venían tu y Giovanni con Maitecita y Dulcecita a merendar... – y suspiró a lo que yo asentí mientras trataba de tragar, pero es que al hablarme de Dul se me cerró la epiglotis – oye ¿qué te parece si en lo que no viene Giovanni miramos albums de fotos? – me propuso otra vez ilusionada
- Luisa, no es necesario de verdad, puedo volver más tarde – traté de escapar, pero era inútil, me sentía como un pobre mosquito que había caído en la tela de araña de una viuda negra.
- No digas tonterías hombre, como más tarde si ya casi son las siete, luego luego es hora de cenar! – protestó levantándose apuradamente
- Luisa – dije en tono quejumbroso, pero de nada valió, allí estaba con los álbums
- ¿Por cuál empezamos, por el de la función de navidad o por las del verano? – me preguntó emocionada
- El que tú quieras Luisa – me di por vencido.
Me pasé la siguiente hora y media con ganas de matarme. Primero porque en casi todas las fotos salía Dul, y segundo porque Luisa tenía cincuenta anécdotas de cada foto y la cosa se alargaba de forma increíble. Me mostró una en la que todos estábamos en la playa, celebrando el cumpleaños de Maite. Mai lloraba porque Giovanni se había tropezado y se había caído sobre el pastel y el estaba todo cubierto de nata y chocolate, mientras yo y Dul tratábamos de aprovechar lo poco que quedaba comestible del pastel, agarrándolo con las manos. En otra, cuando éramos más chiquitos, Mai abrazaba a Giovanni porque el se había caído de la bici, seguramente estaba empezando a andar en ella. Más adelante había otra en la que yo y Dul íbamos agarrados de la mano, seguramente en esa etapa de la infancia en la que fuimos "novios". Mi tierna Dul... no podía creer que estuviera tan cerca de perderla, por no haber sabido enfrentar las cosas. Luisa vio como se me empañaban los ojos, pero por suerte no supo porque era, así que se limitó a abrazarme y decir:
- Mi niño, te emocionaste al verlos tan chiquitos ¿verdad? – y me besó la frente.
- Si... – le di la razón como a los locos.
- A mi también me da mucha nostalgia verlos aquí en las fotos y saber que ahora están tan grandotes – me confesó con voz nasal, lo que me faltaba, echarnos los dos a llorar.
- Luisa, ¿estás así por algo que hizo Giovanni? – pregunté de pronto, recordando el día de mi llegada, cuando los escuché decir que Luisa se quejaba de que Giovanni, quien siempre había idolatrado a su mamá, estaba medio distante con ella porque la había cachado con su papá en la cama, haciendo uso del matrimonio.
- No Ponchito, si Juanito es un sol – me contradijo secándose las lágrimas que corrían por sus mejillas.
- Ya me enteré de que está medio distante, pero no te preocupes, son cosas de chavos, yo sé que él te adora – la tranquilicé frotándole un brazo.
- ¿En serio? – dudó sonándose con un pañuelo rosa, ruidosamente.
- Te lo juro, es más, cualquiera de los que te conocemos te adoramos – la consolé tratando de sonreírle.
- Que lindo eres Ponchito – declaró besándome la frente y seguramente dejando la huella de sus labios pintados de rosa en ella – la mujer que te lleve será afortunada.
- Gracias – le dije abrumado.
- Ma, ya llegué, así que si estás encuerada cúbrete en lo que cuelgo la chamarra – la avisó Giovanni desde la puerta principal.
- Ay Juanito... – suspiró su mamá limpiándose bien los restos de lágrimas de su cara – esta llantina queda entre nosotros ¿sí?
- Te lo prometo Luisa – aseguré mientras ella se levantaba.
- Juan, cariño, estoy en la cocina, está aquí Poncho también, tiene un ratote esperándote – le gritó mientras sacaba más galletas del horno.
Giovanni apareció en la cocina, le dio un breve beso en el cachete a su madre y agarró diez galletas mientras me observaba confundido. Por su parte Luisa sonrió complacida al ver que su hijo volvía a ser el mismo de siempre y siguió con las galletas.
- ¿Qué onda ardillo? ¿Para qué soy bueno? – preguntó al fin con la boca llena.
- Chamaco, traga eso antes de hablar – lo reprendió su madre tal y como llevaba haciendo diecisiete años.
- Necesito hablar contigo – dije esperando que entendiera que debía ser en privado.
- Está bien, vamos a mi cuarto y ahí me cuentas – decidió agarrando la charola de las galletas.
- Juan, tu papá también tiene derecho a probarlas – volvió a regañarlo dándole un golpe en las manos para que soltase las galletas.
- Ay ma, si yo lo hago por su bien, que ya está bien panzón el hombre – se excusó el pollo agarrando tres más.
- Y tu vas por su mismo camino – contraatacó su mamá dándole unos golpecitos en el abdomen, pero no era cierto, Giovanni era alto y flaco como una palmera.
- Ma, no frigues – se quejó el pollo.
- ¡Esa lengua! – y le dio un zape.
- Giovanni, si no te importa preferiría ir a dar una vuelta – sugerí viendo como el ambiente se caldeaba.
- Órale pues, ma, al rato vengo – la avisó saliendo de la cocina.
- No llegues muy tarde – le pidió su mamá distraídamente.
- Hasta luego Luisa – me despedí besándole un cachete.
- Adiós Ponchito, cuídate – me pidió afectuosamente.
Le sonreí mientras antes de ir agarrar mi chamarra del perchero, y salí junto a Giovanni.
- ¿Cómo está Dul? – preguntó, supongo que por sacar conversación.
- Mejor, aunque tuvieron que darle puntos – lo informé mientras echaba a andar.
Caminamos cinco minutos por las calles semidesiertas mientras anochecía, los dos estábamos callados, hasta que Giovanni, quien supongo no pudo aguantar más la curiosidad, rompió el silencio.
- ¿Ya me vas a decir? Porque desde ahorita te aclaro que no leo mentes – me apuró bien intrigado. Si es que era un chismoso...
- Si, pero antes de nada quiero que me jures por tu familia y por tu perro Pulgoso que no dirás nada – le exigí apuntándolo con el dedo.
- Óyeme, óyeme, ¿cómo que por mi familia y el Pulgoso? El Pulgoso también es de la familia guey – me aclaró indignado.
- Como sea... – bufé exasperado – júramelo
- Te lo juro – y se puso la mano en el pecho, supongo que en un intento de ponerla encima del corazón, lo malo es que o el era anormal y tenía el corazón del lado derecho o no había acertado.
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Un Verano para Recordar
RomanceEsta historia es una de las mejores que he leído, y me he leído muchiiiisimas.. La escribió una chica de España que se llama Miri (en el Foro de Univisión su usuario era chukypollito) y es simplemente hermosa, cuenta la historia de amor de Dulce y P...