Capítulo 87 "Tarde de futbol"

365 18 13
                                        

Y allí estaba yo, saliendo del carro de Edgar, disponiéndome a entrar en la cancha de futbol, situada en las afueras del pueblo. Si, ya sé que había dicho que no tenía ganas de ir, pero cuando Edgar me encontró, bastó una mirada de esos ojos grises para que toda mi determinación se fuera muy lejos. Es más, ni siquiera recordaba que tal determinación hubiera existido alguna vez.

Cuando entramos, todavía no había nadie allí. Muy típico de la gente llegar tarde a los sitios – lo digo yo, que soy experta en esa materia -. Me sentí algo nerviosa al saberme a solas con Edgar (ok, ya sé que también habíamos estado a solas en el coche, pero eran apenas dos minutos de trayecto, casi no me dio tiempo ni a saludarle), pero no dejé que se me notara demasiado. Me senté en el pasto y esperé, mejor dicho, recé, porque apareciera alguien rápido, aunque fuera mi amiga Mai la traidora, quien por cierto todavía no se había dignado a enviarme nada.

Se sentó a mi lado y no pude evitar recordar la íntima atmósfera que se había creado entre nosotros la noche anterior. Si Poncho hubiera tardado dos segundos en aparecer, ahora mismo estaría recordando como besaba Edgar. Es que este Poncho ni come ni deja comer.

- ¿Cómo te fue con la Caníbal? - me preguntó Edgar, supongo que para romper el muro de hielo que yo había creado.

- No sabría decirte ... - murmuré, pensativa. Noté como su expresión era de sorpresa -, no me puso ningún castigo exacto.

- ¿Castigo exacto?

- Ya sé que suena raro pero... me ofreció disculparme a cambio de mi libertad – cargué la última palabra con desdén.

- Obvio te disculpaste – entendió mal "ojos bonitos". Lo miré como si le estuvieran saliendo escamas.

- Obvio no me disculpé – lo corregí, con cierta indignación.

- ¿Por?

- Porque no hay nada por lo que disculparse, yo protesté por una injusticia que ella había cometido, nada más – me justifiqué con fervor, quizás más de lo que requería la situación.

- Eso se llama...

- Orgullo – completé yo -. Y ya lo sé, pero en este caso no me parece que sea algo tan malo, simplemente tengo que defenderme, quiere abusar de su poder para cometer una injusticia y a mi no se me da la gana. Punto.

Me miró algo cortado durante un momento, creo que pensó que me había invadido el espíritu de Pancho Villa o algo así. Respiré profundamente, recordándome que la cosa no era contra él, si no contra la Caníbal en particular y contra el mundo en general. El debió de apreciar mis esfuerzos por controlarme, porque me sonrió ligeramente.

- Creo que será mejor que dejemos el tema – dijo muy sabiamente.

- Por favor.

Nos quedamos en silencio un rato más, pero no fue uno de esos cómodos silencios en los que nadie tiene nada que decir y por eso están callados disfrutando de la luz de sol, el canto de los pájaros y todas esas cosas. Era un silencio tan cargado de tensión por parte de Edgar, que parecía que empezarían a salir chispas de su cabeza de un momento a otro.

- Entonces... ¿hay algún tema que quieras tocar? - decidí ayudarle. Luego también decidí que un hilo rojo sería perfecto para coserme la boca y no volver a andar metiendo la pata nunca más.

- Ahora que lo dices si. Me gustaría retomar lo de anoche – agregó con cierta vacilación, como si yo no fuera acordarme de aquello. ¡Vaya si me acordaba!

- Anoche... - murmuré, más que nada para ganar tiempo.

- En el Tequila, antes de que llegara...

Un Verano para RecordarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora